100 DOSIS DE AMOR [34] [SAWABONA]

Son muchos los momentos que recoge una vida. Son muchas las historias, pero a veces, la mente nos hace jugar a un juego, sea el amor, sea la vida, en el que actúas movido por resortes extraños, donde no puedes marcar un paso propio, de donde no puedes escapar cuando tú quieres. Cuando tu viaje lo haces sin llevar al lado a la persona de la que estás enamorado, no lo disfrutas de igual modo. Falta algo esencial en tu vida. Es como un piloto que no va bien, que se enciende cuando le tocas, pero que se apaga cuando lo necesitas.

EL LOBO NO COME AL LOBO [Arturo Pérez González] [DICHOS POPULARES]

Quien posee, es lobo; quien no tiene, lobo es también. La riqueza es lobuna, la miseria es lobera. Lo ígneo y lo gélido. No nos engañemos. No engañemos a los demás que ¡ay!, podemos recordar al mendaz pastor que gritaba: ¡labradores, que viene el lobo! Y al fin, llegó el lobo para su escarmiento.

Lucero del alba



En San Jacinto del Río Hondo los eclipses eran visitas breves, rarezas de almanaque.




Llegaban, asustaban a las gallinas, mareaban los relojes y se iban dejando un olor a vela apagada. Pero aquel -el del verano en que los sapos engordaron de tanto silencio- se instaló sin pedir permiso. Dicen que empezó con un bostezo del cielo y que Tiburcio, mercader de santos sin milagro y filósofo por descuido, fue el primero en notar que la claridad cojeaba. El sol se retiró con modales de huésped agotado. En menos de una hora todo quedó inmóvil, como retrato empolvado en una sala abandonada. Las ponedoras se declararon en paro, los gallos recitaron epitafios, las matas de tomate florecieron oliendo a rosario de la aurora. Tiburcio, con su sombrero horadado por los años, afirmaba que el astro no se había ido, que solo se escondía por pudor ante tanto ojo curioso. Sin tiempo ni rumbo, el pueblo se volvió susurro. El río reflejaba figuras delirantes: peces con semblante de difunto, mujeres lavando recuerdos que no eran suyos. Los niños cazaban gamusinos creyendo rescatar chispas del astro perdido. Tiburcio, entretanto, coleccionaba sombras en frascos vacíos y aseguraba que cada una tenía aroma propio: unas sabían a miedo rancio, otras a infusión triste y culpa recién horneada. Cuando la penumbra se volvió costumbre, fueron a buscarlo. Hallaron su sombrero cerca de la noria y al fondo de la nada, una brizna palpitando como un corazón cansado. Desde entonces, la aldea aprendió a caminar a tientas. El eclipse se quedó, testarudo y doméstico, como figura pobre a la que nadie mira. Y a veces, en la noche más cerrada, una luciérnaga del tamaño de un perro cruza la plaza y se detiene frente a las casas donde aún suspiran por la luz. Dicen que es Tiburcio, convertido en guardián del crepúsculo, vigilando que ningún imprudente vuelva a encender el día antes de tiempo. Así es. En la pared de la cantina todavía puede leerse su sentencia, escrita con tiza desvaída: la luminaria es un lujo que los ciegos administran mejor que nadie. Nos lo cuenta hoy, como si no fuera con él la película. Vamos pidiendo café para todos, mientras afirma que estaba hablando del lucero del alba, con ¿Venus? de protagonista, que tiene otro brillo y pose.

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2 comentarios en el blog:

  1. Qué forma tan peculiar, en tu estilo literario habitual Julio Cesar, de contarnos esta historia del eclipse de sol en ese supuesto pueblo, y con tu inseparable amigo Tiburcio, siempre presente y dando el toque final a la historia. Saludos.

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  2. Siempre con ese tono suyo, en ese diario a medias, que una vez que lo conoces se te hace necesario verlo al sol, aunque no luzca. Buen día desde esta Onda.

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