El cuquero y los chavales
¡Mamá!, ¡mamá!, que ya ha llegado el cuquero al pueblo, que ya está en la plaza.
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|||||||| José Luis Medina Gallo |
—¡Corre mamá, que estoy muy nervioso! Dame aquella propina especial que me prometiste si me portaba bien en la escuela y estudiaba mucho. Que he quedado con mis amigos ahora mismo para ir rápidos a la plaza y comprar muchas chuches. ¡Corre mamá!, que ya llego tarde y se me está haciendo la boca agua… Y no te preocupes, mamá, que te traeré unos dulces para ti.
Y tras, seguro, un parecido corto diálogo en el resto de casas, mientras de prisa y corriendo depositábamos un ligero beso en la mejilla de nuestras madres, allá que nos íbamos a toda prisa los chavales, hasta la plaza del pueblo, en una carrera sin frenos, tratando de llegar los primeros. Porque allí nos esperaba el puesto del cuquero, que había extendido hábilmente su mercancía de todo tipo de dulces a lo largo de aquella gran mesa que hacía nuestras delicias durante la fiesta. Porque a nosotros se nos iban los ojos ante tanta variedad de golosinas como teníamos frente por frente. Y, por momentos, hasta se nos hacía un tanto difícil el poder elegir de entrada varias de ellas para acallar las ansias de dulces que nada más ver aparecer en la plaza al cuquero, se habían apoderado de nosotros. Del primer golpe, llenábamos uno de los bolsillos del pantalón de dulces y nos íbamos hasta la era junto a la carretera para disputar un pequeño partido de fútbol. Y allí, entre patada y patada al balón, dulce que llegaba hasta nuestra boca. Que recibía agradecida el regalo, y cuyo elixir parecía darnos un vigor extra para no cansarnos durante el juego. Pero al rato notábamos que por mucho que rebuscásemos en el bolsillo de nuestro pantalón, el pequeño depósito de golosinas se había agotado; por lo que de pronto sentíamos que el cansancio físico se estaba apoderando de nosotros. Y de común acuerdo decidíamos finalizar el partido de fútbol, tuviese éste el resultado que fuese. Y encaminar nuestros pasos de nuevo hasta el puesto del cuquero para tratar de proveernos de otro pequeño cargamento de dulces, previo cotejo del dinero que aún nos quedaba en el otro bolsillo del pantalón. Hacíamos nuestros cálculos a grandes rasgos y, aunque todavía quedase la tarde por el medio, entendíamos que a aquella hora del mediodía aún podíamos aprovisionarnos de algunos dulces más. Y así lo hacíamos sin mayor pensamiento. Además, como era el día de la fiesta, siempre ocurría que los abuelos, los hermanos mayores, los tíos y otros familiares más cercanos se mostraban generosos con nosotros y nos dotaban de una propina especial. Que, una vez en nuestras manos, bien sabríamos nosotros en qué emplearla.
A aquella corta edad que disfrutábamos, nuestra máxima diversión durante el día de fiesta en el pueblo era estar siempre próximos al puesto del cuquero en su ubicación en la plaza. Y, llegada la tarde, corretear por entre las parejas que bailaban al aire libre al ritmo que iba marcando la orquesta con su música. Y eso sí, estar pendientes de que no faltase un dulce en nuestro bolsillo del pantalón; que ya sabríamos nosotros dar buena cuenta de él. Si, por un casual, el grupo de aquellos amigos de entonces nos juntásemos hoy por unos minutos, hasta podríamos traer al presente con absoluta fidelidad el recuerdo del rostro de aquel cuquero que, cada fiesta, acudía presto con su especial cargamento de dulces a nuestro pueblo para hacer las delicias sobre todo de los más pequeños; que éramos nosotros: los chavales y chavalas de aquel entonces en el pueblo; cuando corrían los años 60 y a nosotros nos quedaban todavía unos cuantos años para entrar en el mundo de los adultos. Que, si por un lado queríamos que llegase pronto para poder tener acceso a tantas cosas como a los más pequeños nos tenían vedadas; por otro lado había momentos en los que considerábamos que el mundo de los adultos era muy aburrido y era preferible alcanzarlo despacio, cuanto más tarde, mejor.
SOBRE ESTA BITÁCORA
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Que época tan divertida. Yo la viví de modo parecido en los Maristas de Palencia, cuando toda la chiquillería se arremolinaba en torno al carro de Félix, que nos vendía obleas, pipas, caramelos y helados. Y todos lo respetábamos, como vosotros respetabais al cuquero. Todo eso que cuentas, amigo Terán, sirve para recordar la mejor etapa del ser humano, la infancia, que es cuando se forja el carácter de los que luego serán adultos. Y recordar las correrías de los chiguitos es de lo más esclarecedor...y divertido.
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