Albert Einstein (1879-1955) Científico alemán nacionalizado estadounidense.
📘 curioson | De cien en cien
● Al principio todos los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el amor pertenece a los pensamientos.
100 hermosas frases de amor
📕 FALTAN 7 DÍAS PARA EL PRIMER ECLIPSE
📒 MUNDO CURIOSO
👁️ El cielo guarda algunos de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza, y entre ellos, el eclipse solar total ocupa un lugar privilegiado. El próximo 12 de agosto de 2026, tendremos la oportunidad única de presenciar este fenómeno desde España. Se trata de uno de los eventos astronómicos más esperados de la década, y desde AstroAfición queremos ayudarte a entenderlo, prepararte para observarlo y, por supuesto, vivirlo de la forma más especial posible. [ASTROAFICIÓN]
El eclipse del 12 de agosto de 2026
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Camino del campo a segar
Era verano y, el sol, situado a aquellas horas de la tarde en su punto más elevado, apretaba de lo lindo aquellos días, lo que en esas fechas empujaba hasta límites insospechados a la canícula más asfixiante del momento.
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||||| José Luis Estalayo |
Por ello, los pasos en el camino devenían excesivamente lentos. A la par, el silencio en el campo, contra lo que pudiese pensarse, no parecía ser total. Pues al ruido que ya de por sí emitían nuestros pasos y el de las mulas, junto al de las ruedas de hierro de la máquina segadora al desplazarse, se unía el de las incansables chicharras al borde del camino. Y, de vez en cuando, el que producía algún pájaro que se veía en la necesidad de abandonar precipitadamente la sombra que le proporcionaba la maleza del camino o algún árbol de mediana altura. Nuestras miradas, sobre todo las de los chavales que acompañábamos a la familia tratando de ayudar en las diferentes faenas agrícolas, se mostraban cansadas y como perdidas en la lejanía del horizonte; con el pensamiento quizás embebido en los juegos que retomaríamos en la calle una vez regresásemos al pueblo. En cambio las de los mayores, firmes en un punto del fondo del camino y pensando en la mejor manera de encarar la próxima faena, para tratar de finalizarla antes de que la noche hiciese acto de presencia.
Llegados a la finca objeto de la siega, cada uno de nosotros teníamos ya definido el cometido que nos tocaba y a él nos aplicábamos con presteza. Paso a paso, la máquina segadora iba depositando en el suelo la mies cortada, que pronto los ayudantes convertíamos en una serie de morenas o montones de mies dispuestos ya para un ulterior acarreo de la misma hasta la era. Y, entretanto, el sol, por su parte, continuaba proyectando con una inusitada fuerza sus rayos más potentes sobre todos nosotros, que nos veíamos en la necesidad de tomar algunos minutos para el descanso; aprovechando entonces para dar el correspondiente tiento al botijo que guardaba aún fresca el agua recién recogida en la fuente del pueblo antes de la salida, lo que nos permitía un cierto respiro momentáneo al sentir cómo dentro de nosotros parecía mitigarse un tanto el calor. Concluida la faena agrícola, con la canícula ya desaparecida en gran parte coincidiendo en esencia con el final de la tarde, el camino de regreso a casa resultaba con diferencia mucho más gratificante que el de ida. Para los mayores, porque se había podido finalizar el trabajo programado y esperaba en casa el merecido descanso; y para los más pequeños, porque volveríamos en breve a coincidir en la calle con el resto de amigos del pueblo para retomar a nuestro aire los primeros juegos de las siguientes horas, hasta bien entrada la media noche.
Una especial representación de teatro
La nula coincidencia, en algún momento al menos, en nuestros paseos al exterior del internado con las chicas del otro Colegio de la localidad, que atestiguamos sin excepción todos los que por allí pasamos durante aquellos años, se quebró, sin embargo, como salvedad única, en aquella ocasión en la que, para sorpresa general de todos y cada uno de nosotros, se nos anunció que para el estreno en nuestro Colegio de la obra de teatro que algunos de nosotros estábamos ensayando, se había hecho una invitación en firme al otro Colegio existente en Cervera de Pisuerga, el de monjas, para que sus alumnas asistiesen al evento en nuestro Salón de Actos.
Excuso decir que tras escuchar la noticia, nos entró de pronto un temblor interior, rayano en el nerviosismo más severo, que permanecería dentro de nosotros durante unos cuantos días. Por lo que de inmediato nos apresuramos a comentarlo y ponerlo en común con nuestros amigos más cercanos. Pensando en qué tendríamos que hacer nosotros en tal momento, si saludarlas y darles la bienvenida a nuestro Colegio, entablar algún tipo de conversación de cortesía con las chicas más cercanas a nosotros en las sillas del Salón de Actos, responder a sus miradas y ser amables con ellas, o tal vez actuar con normalidad y sonreírlas solamente. Lo cierto es que aquello resultaba para nosotros un acontecimiento mucho más que extraordinario, novedoso al ciento por ciento, que estuvimos unos días con un reconcome interior rayano en el nerviosismo severo, que nos llevó a una cierta melancolía y a sentir en el estómago una especie de mariposillas revoltosas que no paraban de revolotear cada día de la mañana a la noche; produciéndonos incluso una cierta pérdida de apetito en algunos casos. Y claro, esperando que llegase cuanto antes el día del estreno de aquella obra de teatro; porque si no, no sabíamos qué iba a pasar con nosotros en un estado de emoción y nerviosismo así. Como era de esperar, en vísperas de la representación desde la dirección del Colegio se nos impartieron unas instrucciones meridianamente claras al respecto y severas por demás, sobre cuál debía ser nuestro comportamiento esa tarde en el Salón de Actos para con las chicas del otro Colegio. Que iban desde el que no nos alborotásemos innecesariamente y guardásemos silencio por encima de todo; que las respetásemos y mostrásemos nuestra educación en todo momento como anfitriones que éramos; que nos comportásemos ante ellas como lo hacíamos habitualmente, sin ninguna subida de tono, ni estridencias ni escándalos de ningún tipo; que no entablásemos conversación con ellas bajo ningún concepto, a pesar de que algunas de ellas estuviesen cercanas a nosotros por su distribución en el Salón. Y que allí estábamos sólo para ver la representación de teatro, aunque las tuviésemos a ellas como invitadas. Y que, por supuesto, si no cumplíamos las normas habría un castigo ejemplar y colectivo para todos nosotros. Así que, llegado el día y, en concreto la tarde de aquel estreno de nuestra obra de teatro, en la que habíamos puesto la confianza de que sería una tarde especial para nosotros que nos marcaría de alguna manera, pasaría en esencia con más pena que gloria, y con los nervios todavía presentes y las mariposas metidas en el estómago; que tardarían todavía algunas horas en desaparecer una vez finalizada la representación y que ellas abandonasen nuestro Colegio. Y es que, en verdad, nuestro deseo era hablar con ellas, preguntarles cosas de su internado y su vida en el mismo, sus juegos, sus paseos, sus aficiones y todo lo que fuese surgiendo al respecto. Pero la imposibilidad de hacerlo, ni siquiera intentarlo por las normas tan estrictas establecidas por nuestros superiores, nos dejaron al final un regusto demasiado agridulce y teñido de decepción, a pesar de nuestra corta edad. Quedándonos también con las ganas de conocer cómo lo habían pasado ellas, las chicas del otro Colegio, aquella tarde junto a nosotros. Si les gustó nuestra obra de teatro, si se divirtieron con ella, si al marcharse nos calificaron a nosotros como tristes, aburridos y nada simpáticos; o tal vez caballerosos y educados por encima de todo. Claro que ellas nunca sabrían tampoco las duras instrucciones que a nosotros se nos habían impartido al respecto de su presencia en nuestro Colegio. Que, muy probablemente, ellas las recibirían también en similares términos para tal ocasión.
Actualización jun2026 | 💥+505👀
San Andrés: Las chicas de Quintanilla
Este año por San Andrés, “nos iremos al baile a Quintanilla”, decíamos el grupo de chavales de Velillas del Duque, cuando veíamos que se acercaba el 30 de noviembre, la fiesta en la vecina Quintanilla de Onsoña, a dos kilómetros tan sólo. Y así fue. Por lo que llegado ese día, tras vestirnos especialmente para la ocasión con el traje de los domingos y recibir el correspondiente parabién de nuestros padres, una vez finalizada la escuela partimos como una exhalación carretera adelante hacia Quintanilla, ya de fiesta.
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||||| Quintanilla de Onsoña | Diario Palentino |
En la cantina del pueblo nos aprovisionamos de lo básico para nuestra edad, para poder pasar buena parte de la tarde de la mejor forma: un par de paquetes de pipas, un tercero de cacahuetes, algunos chicles y una selecta selección de dulces. Tras salir de la cantina, nos pusimos a recorrer las calles del pueblo, siempre con nuestras provisiones abultando nuestros bolsos del pantalón de manera ostensible. Buscábamos el poder encontrarnos con algún grupo de chicas del pueblo para invitarles con algunos de nuestros presentes y proponerlas que nos enseñasen todos los rincones importantes de su pueblo. Entrando así en animadas conversaciones que, a la postre, terminaríamos compartiendo en conjunto algunos juegos de calle, residentes frente a visitantes casi siempre. Lo importante era pasarlo bien compartiendo experiencias de uno y otro lugar; y el ganar o perder el juego en cuestión, no pasaba de la simple anécdota. Y así, entre risas y bromas, llegó la hora del comienzo del baile; y la alegría parecía inundar de pronto la era. Nosotros y nuestras amigas recién conocidas, que nos habíamos situado en un lateral de la era formando un aparte con respecto al resto de parejas, pronto nos contagiamos de la alegría de la música, y no dejaríamos de saltar y movernos al compás de la misma. La noche, entretanto, estaba ya a punto de cubrirlo todo con sus sombras, marcándonos el momento en el que debíamos abandonar la fiesta y regresar a nuestras casas. Así que, aunque nos costaba un tanto el abandonar Quintanilla y su fiesta, justo cuando el baile estaba en su momento más divertido, nos despedimos amistosamente de nuestras amigas agradeciéndoles la tarde en su compañía. Con la promesa, por su parte, de visitarnos en Velillas en una próxima fecha. Así que la pena por tener que abandonar la fiesta la aminoró ostensiblemente esta promesa de nuestras amigas. Pasados unos meses desde que nosotros acudiésemos a Quintanilla en el día de su fiesta de San Andrés, llegada la fiesta grande de nuestro Velillas del Duque, Santiago, el 23 de mayo siguiente, los chavales recibimos sin esperarlo la grata visita –tal y como nos lo habían prometido- de nuestras amigas las chicas de Quintanilla. Fue una sorpresa para nosotros cuando las vimos llegar por la calle principal en dirección a la era donde se tenía previsto que se realizase el baile; y donde también se habían instalado ya el almendrero y un puesto de dulces.
Así que nos acercamos a ellas y, tras agradecerles su cortesía para con nosotros, las invitamos a almendras y a una selección de dulces; con lo que conseguimos entablar una pequeña conversación tratando de romper el hielo y los nervios que, sin duda, estaban muy presentes por ambas partes. Y así, bien pertrechados de almendras y golosinas, nos convertimos sin esperarlo en anfitriones para las recién llegadas, recorriendo el pueblo en conjunto para mostrárselo a nuestras amigas en toda su extensión. Nosotros ese día nos habíamos vestido de fiesta dado el día que era, y ellas también lucían, entendíamos, sus mejores vestidos, porque estaban en un pueblo que se encontraba de fiesta. Fiesta que corroboraba aún más el sonido festivo de los cohetes que de cuándo en cuándo estallaban en el cielo, y el especial volteo de las campanas de la iglesia que de pronto venían a anunciar la tarde de fiesta y a romper el silencio de la misma; como si todos aquellos sonidos hubiesen sido la particular bienvenida para nuestras amigas de Quintanilla. Avanzada la tarde, con el sol ya a punto de esconderse por sus lugares de costumbre, los primeros sonidos de la orquesta inundarían de música el pueblo, cuyos habitantes comenzaban a concentrarse en la era, a la que también llegamos nosotros y nuestras amigas, esperando pasar un tiempo agradable en su compañía. Y así fue; lo que hizo que, antes de lo deseado por ambas partes, porque el tiempo había corrido que se las pelaba, nuestras amigas nos asegurasen, no sin una cierta pena en sus rostros, que debían emprender el camino de vuelta. Así que nosotros, agradeciéndoles su visita a Velillas, y mientras la música seguía sonando de fondo, nos fuimos despidiendo de ellas acompañándoles un buen trecho del camino de vuelta carretera adelante hasta que comenzaban a divisarse ya las primeras luces de Quintanilla, apenas a unos metros del pueblo. En la despedida, por ambas partes prometimos volver a celebrar ambas fiestas con sendas visitas a ambos pueblos. Mientras regresábamos al nuestro, la luna, desde su posición sobre nuestras cabezas, parecía alumbrar aquella noche la carretera con una especial nitidez, que nosotros agradecimos muy mucho.
Tras la intrahistoria de mi Colegio
Parece ser que la palabra intrahistoria fue creada por el gran escritor español Miguel de Unamuno, entendiéndose, y cito palabras de la R.A.E., como “la vida corriente y tradicional de algo, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible de ese algo”.
Así las cosas, podría decirse que en nuestro Colegio de Cervera de Pisuerga tuvimos también durante aquellos años de nuestra estancia en él como internos, nuestra particular intrahistoria, ¡cómo no!; que hoy diríamos que era lo que en el día a día latía en el interior del Centro y que no trascendía al exterior.
Porque intrahistoria serían aquellas madrugadas a diario a una hora demasiado temprana a todas luces, o mejor sin luces todavía en ocasiones cuando, según el argot popular, ni se habían puesto las calles tan siquiera; y nosotros a esas horas tan tempranas de la madrugada contribuíamos cada día a su colocación. Es lo que tenía el levantarse de la cama a esas horas.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
Cuaderno de anotaciones
🚩Expolio y abandono del Colegio Regina Pacis de Cervera
Esta Congregación de Misioneros de la Sagrada Familia, se estableció en Cervera de Pisuerga en la década de los cincuenta del pasado siglo, teniendo como rector al P. Francisco, nacido cerca de Dresde, en la conocida como “La Florencia del Elba”.
Ver Artículo Completo: José Luis Medina Gallo Expolio y abandono del Colegio Regina Pacis
Ver Artículo Completo: José Luis Medina Gallo Expolio y abandono del Colegio Regina Pacis
🚩Aquél Cristo de Bronce
Recuerdo bien aquel día del año 2023, cuando, casi por casualidad, entré en una pequeña capilla en Cervera de Pisuerga.
Ver Artículo Completo: José Luis Estalayo
Aquel álamo solitario de mi pueblo
Aquel tiempo de aquel entonces, era un tiempo en el que, no sé si por arte de magia –que parece ser que no-; o porque nosotros, los chavales, lo veíamos así, o, simplemente, por la lógica natural de nuestra naturaleza humana –que va a ser que sí-, nos dábamos cuenta de que poco a poco todos íbamos creciendo en el pueblo, haciéndonos más mayores paso a paso.
Pero, por momentos, a los chavales se nos encendían algún día las ideas y ahí estábamos prestos intentando desarrollarlas; porque resultaba que de pronto queríamos crecer mucho más deprisa todavía para hacernos mayores cuanto antes. Entre otras cosas, porque siempre teníamos puesto el punto de mira en nuestros hermanos mayores y en los mozos del pueblo, todos mayores que nosotros; porque a ellos –decíamos todos- se les permite hacer muchas cosas que a los chavales nos estaban vedadas. Así que con aquellas edades tan primigenias, tan de andar por casa tontos de nosotros, a veces se nos ocurría eso tan descabellado de que queríamos crecer mucho más rápido día a día, para llegar a ser pronto mayores y tener acceso libre a muchas de aquellas cosas que teníamos a nuestro lado; pero que hasta ahora se nos restringían simple y llanamente porque éramos todavía pequeños. ¡Qué crueldad! que nos hacían los mayores… Sin embargo, cuando por otra parte, veíamos también que, por el simple hecho de ser pequeños, en casa las responsabilidades eran las mínimas y que teníamos todo el día para poder estar en la calle con nuestros juegos sin fin, se nos olvidaba muy rápido esa peregrina idea de hacernos mayores cuanto antes. En nuestras correrías, visitábamos los arroyos cercanos al casco del pueblo con mucha frecuencia; ocupados la mayoría de las veces en el noble arte de la pesca, ya fuese a caña o se estilase el tiempo de los reteles para pescar cangrejos. Y en el lateral de uno de los arroyos, observábamos cómo aquel álamo solitario que había crecido allí en su orilla tiempo ha, esbelto y elegante a más no poder, cada año lo veíamos más crecido que el anterior, con infinidad de ramas, tallos y hojas nuevas que le iban saliendo por todos los lados, mientras él iba ganando en altura año a año. Y a medida que iba ganando en altura notábamos cómo al atardecer se iba poblando de los pájaros próximos al lugar, que acudían hasta él para resguardarse durante la noche, al cobijo de sus muchas hojas. Desconcertándonos un tanto el griterío tan descomunal que producía aquella gran cantidad de pájaros acomodados en su interior. Nos gustaba observar aquel álamo en toda su esbeltez desde la distancia, allí solitario en medio del campo. Y cuando estábamos junto a él y elevábamos nuestra vista tratando de llegar hasta el final del mismo, comentábamos entre nosotros que el próximo año llegaría casi hasta el cielo, y nosotros seríamos testigos de ello. Y entonces, en esa impulsión que de pronto teníamos de querer hacernos mayores pronto, añadíamos a la pretensión que también queríamos ser muy altos, casi tanto como aquel álamo solitario del arroyo. Pasaron los años, nosotros fuimos creciendo acordes con la naturaleza humana de cada cual. Y aquel álamo solitario del arroyo lo haría seguramente de acuerdo con las reglas de la madre naturaleza; y hasta nuestros días. Que al día hoy, aún sigue en pie y conservando su talle, su elegancia y su esbeltez; circunstancias de las que siempre gozó e hizo gala ante grandes y pequeños, vecinos y visitantes.
Feliz día del Libro
Trasteando por Internet uno de estos días, próximo al 23 de abril, marcado en el calendario como “Día Internacional del Libro”, se te ocurre, sin otro motivo más que un cierto grado de curiosidad, invocar a la Inteligencia Artificial y pedirle que te defina a grandes rasgos qué significa el libro para ella.
| Coco, el perrito de Mai, promocionando la novela de Froilán de Lózar, "Castilla, una nación, una misión, un gran amor"
Y, a renglón seguido, te encuentras con esto: "Un libro es un jardín que se lleva en el bolsillo. Hoy celebramos la magia de abrir una página y aparecer en otro mundo, de vivir mil vidas y de encontrar respuestas que no buscábamos...”.
Y te quedas parado, pensando qué lista es nuestra Inteligencia Artificial, que lo suelta así como el que no quiere la cosa; y a continuación se queda tan ancha. Pero sabes que tiene toda la razón; aunque tú no seas capaz de definirlo así en tan poco espacio de tiempo. Y es que uno tiene bien metido en la cabeza cuán importantes son los libros, incluso desde la más tierna edad infantil. Desde nada más aprender a leer, incluso, en aquella escuela del pueblo de feliz recuerdo. Donde cada día, la primera tarea escolar que organizaba nuestra maestra, era depositar en nuestras manos un ejemplar del “Quijote”, el magnífico libro de nuestro internacional Miguel de Cervantes y, por riguroso turno, leer a diario en voz alta desde su mesa para el resto de compañeros una serie de párrafos del mismo; para al día siguiente continuar con el próximo capítulo y así sucesivamente.
Dada nuestra corta edad, todavía no conocíamos la importancia de este libro para nuestra cultura; cosa que aprenderíamos andando los años. Ni tampoco la relevancia del mismo para el mundo; ni, incluso, la trascendencia que aquella pequeña actividad lectora nuestra de manera diaria, iba a representar para todos nosotros en los años siguientes. Allí en nuestra pequeña escuela del pueblo, con aquel gesto diario de leer un trozo de tan importante libro, surgiría para muchos la afición a la lectura desde tan temprana edad. Y luego, andando el tiempo, la necesidad de seguir leyendo, adecuando la lectura al momento evolutivo de nuestras vidas. Porque allí, en aquellos mundos imaginarios que nos proporcionaban los libros, éramos felices en aquellos primeros años, disfrutando de las aventuras que en muy diferentes escenarios se nos presentaban sin necesidad de movernos del lugar. Luego, a medida que íbamos creciendo, fuimos necesitando ampliar nuestros conocimientos en situaciones y circunstancias nuevas, para que así nuestras mentes se nos abriesen a otro tipo de pensamientos y realidades. Pero, en efecto, la raíz de aquella afición por la lectura, convertida en buena manera en un tipo de necesidad de la mente, pudo tener muy fácilmente su origen y sustento en aquellas primeras lecturas de nuestro “Quijote”.
Que este 23 de abril, tras muchos años ya de aquella pequeña aventura escolar en torno a los libros, no te falte un café, un amigo y un libro. Y porque, “leer es soñar con los ojos abiertos; y es también viajar sin moverse del sitio…”, ¡Feliz Día del Libro!.
Fragmentos de la vida: La felicidad y la mariposa
Alguien dijo una vez que la felicidad podía asemejarse a una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella vendrá y, suavemente, se posará sobre tu hombro.
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| Mariposa, por José Luis Estalayo |
Claro, llevando este argumento a distintas situaciones concretas de la vida de cada cual, se me ocurre en mi caso una muy específica vivida en aquellos años 60 en el interior de un internado en un Colegio de frailes –como se decía entonces-. Donde cabría preguntarse si nosotros, aquellos chavales de en torno a 12, 13, 14 años que estábamos internos en el Centro, éramos felices o no; allí alejados por completo de nuestras familias, y viviendo día a día bajo una disciplina restrictiva y limitadora de ciertas libertades en muchos órdenes de la vida. La pregunta que surgiría entonces es, si a pesar de todo aquello, era posible que fuésemos felices en nuestro diario existir en aquellos años. Pensando de otra parte en que, de manera general, a esas edades se es feliz porque sí, casi por definición. Si hoy en día, gozando de toda la libertad de movimiento de la que somos capaces, hay momentos en los que, debido a determinadas situaciones personales de la vida, no llegamos a ser totalmente felices; qué podría pensarse entonces de aquellos años en los que nos movíamos cada día bajo el peso de una marcada disciplina restrictiva.
La respuesta inmediata que habría que dar sería que, probablemente y según en qué momentos, no fuésemos todo lo felices que cabría aplicarse a unos chavales de aquella edad; o no del todo siempre. Comparando esta situación con otra que rondase la plena libertad en cualquier otro ámbito diferente fuera de aquel recinto colegial. Pero claro, en aquellos años éramos todavía unos pre adolescentes que, mayoritariamente, encontrábamos en los juegos, libre y particularmente elegidos dentro de un orden, buena parte de esa felicidad, al menos en los momentos en los que estos se estaban ejecutando, libres de cualquier otro pensamiento. Porque luego, en el día a día del resto de las realidades que debíamos afrontar dentro de unas pautas de comportamiento y de restricciones muy marcadas en el proceder, la situación era muy otra; aunque, lógicamente, a cada uno de nosotros nos afectaría aquel proceder de una manera diferente. Y es que, restringirle a alguien de manera casi permanente ciertas conductas, ciertas normas de relación y convivencia, o una libertad de movimiento, a pesar de una tan corta edad como era la nuestra, qué duda cabe que marca muy mucho y hace que se desarrollen tanto el carácter como la personalidad de una o de otra manera. Claro que, a renglón seguido, lo que vendría a continuación sería analizar si todo eso pesaba lo suficiente en nuestras vidas como para que, nosotros en aquel entonces, no fuésemos todo lo felices según el grado esperable, que debiera corresponder a nuestra corta edad.
Ahí estaría el “quid” de la cuestión y el verdadero punto de discusión al respecto.
Ahí estaría el “quid” de la cuestión y el verdadero punto de discusión al respecto.
Aquellas otras Semanas Santas
Llegaban los días de Semana Santa y el pueblo entero entraba en una especie de calma en cuanto a las actividades diarias, para concentrarse sus habitantes en la preparación de los Oficios religiosos de Semana Santa, que marcarían el devenir de los próximos días.
Porque era el tiempo en el que la Cuaresma, como tiempo de preparación para la Pascua, que la veníamos teniendo presente desde aquel renombrado Miércoles de Ceniza de la más pura tradición religiosa, comenzaba a dar sus primeros pasos; tras aquel alegre martes de Carnaval con el antruido y sus disfraces y los siempre fieles y esperpénticos chiborras a pie de calle. Así que, acercándose ya la Pascua, la actividad de los próximos días giraría en torno a la iglesia y los diferentes actos religiosos. Comenzando por el diseño y preparación en la propia iglesia de lo que llamábamos el Monumento, una especie de altarcillo en un lateral de la misma, que acogería durante los próximos días al Santísimo representado en la Sagrada hostia. A continuación vendría el no menos importante momento de tapar a los Santos del retablo mayor y altares laterales con aquellas grandes telas, como señal de luto y de dolor.
En el orden personal, con los vecinos habiendo tomado conciencia ya de los próximos acontecimientos religiosos que se avecinaban, era casi de obligado cumplimiento el acercarse hasta la sacristía de la iglesia y hacerse con la “bula” –especie de documento pontificio- que, previo pago de la misma, dispensaba del ayuno y la abstinencia de consumir carne durante los viernes, y te eximía también de tener que comer de vigilia en ciertos días. Comida de vigilia que se refería por ejemplo a los famosos garbanzos de viernes –también llamados “viudos”-, o a bacalao al ajo arriero en exclusiva, entre otros preparados más.
Luego, el Domingo de Ramos, que era por antonomasia el más alegre de aquellos días, venía con el añadido de ser propicio para estrenar algo: unos zapatos, un pantalón nuevo… Y es que si no, caía sobre cualquiera de nosotros ese refrán, de que “quien no estrena algo el Domingo de Ramos, no tiene manos”, o las manos se le caen, o se queda sin manos. Y entretanto, nosotros los chavales, encantados con aquel pequeño ramo que nos habían entregado a la entrada de la iglesia. Claro que, si había un momento durante esos días en el que los chavales actuábamos como verdaderos protagonistas, era cuando, provistos de aquel simpático instrumento que llamábamos carraca, éramos nosotros los que con repetitivos toques de la misma a lo largo de todo el pueblo, anunciábamos a los vecinos que los Oficios de aquel día iban a comenzar y era preciso irse acercando ya hasta la iglesia. Y ello porque las campanas de la torre estaban en silencio como señal de luto. Otro de los actos de la Semana Santa de aquellos años, que también gozaba de una multitudinaria presencia era el momento de las procesiones: la del Domingo de Ramos y la del encuentro el Domingo de Resurrección. Siempre con el incansable volteo de la campanas de la iglesia, con los mozos del pueblo volteándolas sin parar.
En el orden personal, con los vecinos habiendo tomado conciencia ya de los próximos acontecimientos religiosos que se avecinaban, era casi de obligado cumplimiento el acercarse hasta la sacristía de la iglesia y hacerse con la “bula” –especie de documento pontificio- que, previo pago de la misma, dispensaba del ayuno y la abstinencia de consumir carne durante los viernes, y te eximía también de tener que comer de vigilia en ciertos días. Comida de vigilia que se refería por ejemplo a los famosos garbanzos de viernes –también llamados “viudos”-, o a bacalao al ajo arriero en exclusiva, entre otros preparados más.
Luego, el Domingo de Ramos, que era por antonomasia el más alegre de aquellos días, venía con el añadido de ser propicio para estrenar algo: unos zapatos, un pantalón nuevo… Y es que si no, caía sobre cualquiera de nosotros ese refrán, de que “quien no estrena algo el Domingo de Ramos, no tiene manos”, o las manos se le caen, o se queda sin manos. Y entretanto, nosotros los chavales, encantados con aquel pequeño ramo que nos habían entregado a la entrada de la iglesia. Claro que, si había un momento durante esos días en el que los chavales actuábamos como verdaderos protagonistas, era cuando, provistos de aquel simpático instrumento que llamábamos carraca, éramos nosotros los que con repetitivos toques de la misma a lo largo de todo el pueblo, anunciábamos a los vecinos que los Oficios de aquel día iban a comenzar y era preciso irse acercando ya hasta la iglesia. Y ello porque las campanas de la torre estaban en silencio como señal de luto. Otro de los actos de la Semana Santa de aquellos años, que también gozaba de una multitudinaria presencia era el momento de las procesiones: la del Domingo de Ramos y la del encuentro el Domingo de Resurrección. Siempre con el incansable volteo de la campanas de la iglesia, con los mozos del pueblo volteándolas sin parar.
Este es el viacrucis de mi pueblo que estaba condenado a desaparecer. Lo encontré de chiripa envuelto en papel de periódico y fui tomando estas fotos para que rescates alguna que te pueda servir.
| José Luis Estalayo
Y si la maestra nos había machacado en sus charlas que en la iglesia se nos exigía una correcta compostura, que incluía el recato y el decoro en todo momento; y, por lo tanto, no debíamos volver la vista hacia atrás bajo ningún concepto; en el acto del Vía Crucis el Viernes Santo dentro de la iglesia, pasaba todo lo contrario, pues debíamos girarnos en el banco en todas las direcciones siguiendo al sacerdote que recorría todas las estaciones. Y eso nos parecía nuevo para los chavales y hasta nos gustaba seguir el ritual. Al hilo del tiempo de Cuaresma, alguien me contó una vez una curiosa adivinanza que circulaba por aquel entonces entre los más viejos del lugar. Dice así:
“De siete hermanitas que somos,
yo la primera nací;
y soy la más pequeñita.
¿Cómo puede ser esto así”?
La respuesta es fácil: “La Cuaresma”. Porque La Cuaresma la forman siete semanas, del Miércoles de Ceniza al Domingo de Resurrección. Por eso la primera, que empieza en miércoles, es la más pequeñita.
Espero os haya gustado.
Actualización abr2026 | 💥+700👀
“De siete hermanitas que somos,
yo la primera nací;
y soy la más pequeñita.
¿Cómo puede ser esto así”?
La respuesta es fácil: “La Cuaresma”. Porque La Cuaresma la forman siete semanas, del Miércoles de Ceniza al Domingo de Resurrección. Por eso la primera, que empieza en miércoles, es la más pequeñita.
Espero os haya gustado.
Actualización abr2026 | 💥+700👀
Fragmentos de la vida: el pueblo
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| | Panorámica de Velillas del Duque |
Es lo que me ocurre cada vez que me acerco hasta mi querido Velillas del Duque –que cada día se va achicando un poquito más-; que siento como si de pronto se detuviese el tiempo a mi alrededor, se me parase la agenda de las horas y de los días; y, desde los primeros paseos por sus calles, se me enciende la emoción y se me enternece por momentos el corazón. Y cara al pensamiento, se me instala en la mente una pequeña reflexión que trato de desarrollar y que en esencia me hace considerar que cómo fue posible que en aquellas pocas calles que forman el esqueleto del pueblo, junto a las gentes de aquel entonces y sus casas y a sus alrededores más cercanos: el río, los arroyos, el molino, los palomares, las tierras de labor, las eras, la carretera, la escuela, la iglesia, pudieran haber sucedido tantas cosas y tantas vivencias en aquellos años de chaval, que ahora, pasados un considerable número de años, es indiscutible que forman parte incuestionable e insustituible, a la par que necesaria, de mi vida. Y a cuyas referencias en su lugar y tiempo el recuerdo me traslada tantas y tantas veces.
Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.
Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.
Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.
Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.
Historia de un sueño
Hubo un día que soñé que volaba; que volaba y volaba, y no dejaba de volar... Y ocurría que, en tu ausencia, te perseguía, y te perseguía porque no quería que te fueses. No quería quedarme sin ti. Porque tu presencia a mi lado me hacía mucho bien. Yo te necesitaba y suponía que tú también a mi…
Pero por mucho que volaba -¡y mira que lo intentaba!-, más te alejabas tú, como huyendo a toda prisa; no sé si tratando de romper decididamente con el pasado o porque en realidad nunca quisiste amarrar nuestro amor; un amor que tal vez imaginaste feliz y único, pero que quizá viste imposible. No conseguía darte alcance ni aun cuando el sueño más avanzaba hacia su final y yo más de prisa pedaleaba. Porque en el sueño –no sé si te lo he dicho-, yo iba comandando una bicicleta que, aunque ágil y ligera de equipaje, no conseguía acercarme lo suficiente a ti como para que me escuchases. Y es que en el sueño se producía un incesante ruido y confusión de voces en el camino por el tráfico constante de idas y venidas de gentes, pensamientos y sentimientos, no precisamente silenciosos estos últimos. Y, aunque tú también te movías en bicicleta, quizás el deseo inexorable de huida que te habías marcado, te hacía pedalear con mucho mayor ímpetu. ¿Sería quizá demasiado egoísta por mi parte el querer que permanecieses junto a mí?. Pero pronto lo desechaba, porque yo sabía también de tu amor hacia mí. De ahí mi interés en conocer de tus propios labios el motivo de tu huida tan precipitada y tan sólo con un “gracias” y “ha sido bonito”… Y de pronto, advierto cómo el paisaje del sueño comienza a hacerse borroso por momentos y que te pierdo en el horizonte… A continuación, el sueño se interrumpe bruscamente y mi mente pasa a negro. Al despertarme, tras una primera impresión un tanto desagradable y llena de zozobra, siento cómo en realidad tú duermes plácidamente junto a mí. En el paisaje exterior que se adivina tras la ventana, el pico Almonga, verdadero emblema de la localidad palentina de Cervera de Pisuerga, comenzaba a recibir los primeros rayos de sol de la mañana. Te abracé con inusitada fuerza durante muchos minutos. Y me quedé con la intriga de conocer cuál pudiera ser el tema o el motivo que dominaba tus sueños en aquellos momentos…
¿Sería también el mismo por el que yo había transitado?.
Tardes de sábado frente a nuestra ventana indiscreta
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Cervera de Pisuerga | José Luis Estalayo |
Aunque más bien habría que comenzar con la referencia al sábado en su conjunto, como día de la semana ya medio festivo por sí –no lectivo por lo tanto-, y víspera del domingo, el gran día de fiesta. Por lo que las clases quedaban durante estos dos días clausuradas, cerradas a cal y canto hasta el lunes. Así que el sábado era un día para el tiempo libre en esencia: los recreos más amplios, los paseos sin prisas al exterior, las excursiones más extensas por los alrededores y, si nos lo habíamos merecido a lo largo de la semana, sesión de cine a toda pantalla en el salón de actos. Una tarde de sábado que nos sabía siempre a tiempo libre; a tiempo de conversación más distendida y plagada de secretos con y entre los amigos para tratar de limpiarnos el alma; a tiempo de duchas para poder limpiarnos el cuerpo cansado del resto de días de la semana; a tiempo de caras mucho más alegres y sonrientes por parte de todos en los pasillos, entre otras opciones más susceptibles de ejecutarse una tarde de sábado en aquellas circunstancias nuestras en concreto. Casi, casi, y salvando las distancias, era como estar en un mundo muy diferente al vivido durante el resto de días de la semana. Pero por encima de todo, y para unos cuantos de nosotros en concreto; la tarde de sábado nos sabía también a nueva sesión de ventana indiscreta que, una vez abierta de par en par al campo que nos rodeaba, nos proporcionaba la libertad exterior que nos faltaba el resto de los días. Porque allí frente a ella, mirásemos en la dirección que mirásemos sentíamos que éramos libres. Que, aunque fuese sólo con el pensamiento, podíamos obviar las circunstancias actuales y adentrarnos en ese otro mundo que se nos mostraba frente a nosotros. Que teníamos fácil el comunicarnos con el exterior; que casi casi hasta podíamos tocar con nuestros dedos el paisaje que teníamos allí frente a nosotros. Que nos parecía que entonces nos encontrábamos inmensamente felices. Aunque no tan felices como aquel grupo de chavalas que jugaban en una plaza, al fondo de nuestra visión, al aire libre y sin ningún tipo de preocupación ni cortapisa; por lo que de pronto entendíamos que nuestra libertad pudiera ser que no fuese plena. Veíamos la escena y nuestra imaginación se nos disparaba; pudiendo escuchar algunas de sus voces. Y aunque sabíamos que era imposible, no por ello no nos surgían deseos de deslizarnos hasta la calle a través de la ventana y partir en su busca para participar en sus juegos. Tratando de reconocer entre todas ellas a aquella muchacha cuya voz parecíamos haber escuchado. Ver si ella y sus amigas eran guapas y lucían una bonita y larga cabellera. Ponerlas cara, charlar con ellas y proponerles pasar el resto de la tarde juntos. Regresando al Colegio al anochecer con la suficiente cautela para no ser descubiertos; y con el regusto interior de haber pasado una tarde de sábado extraordinaria.
Aspirando al final a lo máximo; que aquella sensación de felicidad extrema que sentíamos, se prolongase en el tiempo mucho más allá de aquella tarde de sábado. Todo eso nos encontrábamos de facto frente a nosotros cuando los sábados por la tarde, con la excusa de limpiar los zapatos, coser algún botón de nuestra ropa o echarle un vistazo a nuestro armario y ordenarlo con más tiempo, nos acercábamos hasta la zona de los dormitorios y abríamos nuestra sin par ventana indiscreta. Y, de pronto, sentíamos que, con el aire puro que recibíamos del exterior, nos entraba una gran bocanada de vida que, en nuestros respectivos pensamientos rápidamente transformábamos en grandes dosis de libertad que sentíamos nos rodeaba por todos los lados. Así que en los días de la semana restantes, las horas se nos hacían muy largas, excesivamente largas hasta que llegaba el sábado siguiente.
Y esa era una pena que nos embargaba y envolvía muchos de nuestros pensamientos.
Aspirando al final a lo máximo; que aquella sensación de felicidad extrema que sentíamos, se prolongase en el tiempo mucho más allá de aquella tarde de sábado. Todo eso nos encontrábamos de facto frente a nosotros cuando los sábados por la tarde, con la excusa de limpiar los zapatos, coser algún botón de nuestra ropa o echarle un vistazo a nuestro armario y ordenarlo con más tiempo, nos acercábamos hasta la zona de los dormitorios y abríamos nuestra sin par ventana indiscreta. Y, de pronto, sentíamos que, con el aire puro que recibíamos del exterior, nos entraba una gran bocanada de vida que, en nuestros respectivos pensamientos rápidamente transformábamos en grandes dosis de libertad que sentíamos nos rodeaba por todos los lados. Así que en los días de la semana restantes, las horas se nos hacían muy largas, excesivamente largas hasta que llegaba el sábado siguiente.
Y esa era una pena que nos embargaba y envolvía muchos de nuestros pensamientos.
Carnaval en Venecia
A cuerpo gentil y sin máscara alguna porque, en realidad, ya no nos hacían falta. Así nos presentamos tú y yo al día siguiente; luego de aquel episodio del encuentro casual en aquella fiesta del famoso baile de Máscaras del Carnaval de Venecia, en el que participábamos cada uno de nosotros independientemente como uno de los atractivos más de aquel viaje de placer a aquella bella ciudad italiana.
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Carnaval en Venecia | Por Frank Kovalchek commons.wikimedia |
Nuestras respectivas máscaras nos hacían irreconocibles a primera vista. Tú ibas de bella dama y figura estilizada a más no poder. Y yo, de simpático bufón, a secas; ambos, con colores vivos a rabiar en nuestros respectivos disfraces. Pero así, de esta y parecida guisa disfrazadas, había infinidad de personas más. Y ciudadanos de los países más remotos hablando idiomas diferentes en medio de aquellos grandes salones que nos daban acogida; bajo el denominador común de la diversión a raudales que nos proporcionaba aquel gran baile de Máscaras de Carnaval de aquel año.
Por lo que resultó una verdadera casualidad nuestro encuentro. Algo, que sería propiciado por un motivo tan simple como caballeroso; como fue el hecho de cederte el paso en el momento de cruzar de un salón de baile a otro. Quizás tu disfraz de dama de alta alcurnia te daba un cierto privilegio sobre mí, pobre bufón de corte; por lo que yo accedí gustoso a cederte el paso.
Y fue al salir de tu boca aquel “¡gracias, gentil bufón!”, tremendamente sensual para mí, en agradecimiento al gesto, cuando noté que algo invisible me traspasaba y me hacía detener el paso. Y apenas si pude reaccionar contestando apresuradamente un “¡no hay de qué, bella dama!”. Aunque lo que sí me salió con meridiana claridad fue la invitación que te hice a continuación: “Pues este gentil bufón, le invita a Vd., bella dama, a tomar un refrigerio en el cálido ambigú del salón de baile, si a Vd. le place”, y te hice una especie de reverencia a la antigua usanza. Tu aceptación y el posterior tiempo de conversación; eso sí, con las respectivas máscaras adornando siempre nuestros rostros, no en vano se trataba de un baile de máscaras, marcaron el principio de algo que prometía continuidad. Y llegó un momento en el que, de común acuerdo, decidimos salir al exterior y pasear por las calles de Venecia nuestra reciente amistad y nuestros disfraces todavía impecables e intactos a la contemplación.
Y como cruzábamos un nuevo puente, nos regalamos un nuevo, sensual y prolongado beso...
Joaquín Galán, In Memoriam
Lamentablemente, hace unos días nos ha dejado el gran poeta palentino Joaquín Galán Díez, oriundo de Villaviudas, en pleno Cerrato palentino. Joaquín residía en Barcelona donde ejercería como catedrático de Filosofía en la Universidad.
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Joaquín Galán | Imagen vista en Tello Téllez |
Joaquín Galán era un enamorado de su pueblo y su paisaje cerrateño, al que regresaba todos los veranos con su familia para reencontrarse con su esencia y hablar con sus paisanos, de los que gustaba escuchar sus historias del pasado; que luego él transcribía y adaptaba convenientemente en sus poemas y relatos en prosa. Y en el plano personal, porque sentía la necesidad de volver a empaparse del sabor y el olor de su tierra y sus campos, que después plasmaba en muchos de sus poemas; que pasarían luego a verse editados y compilados en varios libros.
En una de sus últimas publicaciones: “El libro de Villaviudas”, se puede leer esta frase:
Y en ese orden de cosas, algo debió intuir el consistorio de la localidad, que un año le invitó para que diese el Pregón de fiestas. O en uno de sus últimos libros de poemas, “Los puentes de Wheat City”, con sus referencias constantes a su querido Palencia y a su amado Villaviudas, y su permanente necesidad de regresar a estos lugares. Joaquín Galán habita ya en el Parnaso de las letras, la patria de los poetas. En el orden particular y familiar que me toca directamente, resaltar que corría el año 2000, y una conversación casual con Joaquín, allá en su Villaviudas natal, supuso para mí el espaldarazo definitivo y el punto y seguido de mis colaboraciones semanales desde aquel entonces en el “Diario Palentino”.
Joaquín me puso en contacto con otro gran escritor y periodista palentino, Gonzalo Ortega, a la sazón, redactor del mismo, a quien me dirigí un buen día con un primer artículo que le mostré orgulloso. Él lo leyó y me felicitó, diciéndome que haría las gestiones oportunas ante el director para su publicación en una próxima edición; animándome a seguir escribiendo. Y cuál no sería mi sorpresa al verlo publicado en el rotativo días después. A este artículo le seguirían, por supuesto, otros cuantos más, siempre bajo el recuerdo y el agradecimiento a Joaquín por su incondicional apoyo. Hasta que un día se me daba la posibilidad de colaborar asidua y regularmente con el rotativo. Y desde aquel entonces han pasado ya en torno a 25 años miércoles a miércoles. Así que, si ya le admiraba por su vasta cultura, desde entonces, le he venido considerando como mi gran mentor en estas lides. Te vamos a echar mucho de menos, por el gran vacío que dejas en nuestras vidas, Joaquín. Si bien nos legas tu poesía y tu prosa, donde podremos refugiarnos siempre que lo necesitemos. Y es que tú, con tus referencias permanentes al lugar donde naciste y creciste muy unido a tu familia, y tus regresos constantes al mismo para estar entre tus gentes de siempre, donde realmente te sentías feliz paseando por sus calles y remontando sus páramos, nos enseñaste a amar siempre la tierra donde nacemos. Descansa en paz en tu pueblo y con los tuyos, como tú quisiste, Joaquín Galán, familiar y amigo.
En una de sus últimas publicaciones: “El libro de Villaviudas”, se puede leer esta frase:
“Sentirse de un pueblo es haber entrado en un círculo de imantación; porque estés donde estés, algo te tira hacia allí, la imaginación te devuelve tercamente al lugar de origen”.
Joaquín me puso en contacto con otro gran escritor y periodista palentino, Gonzalo Ortega, a la sazón, redactor del mismo, a quien me dirigí un buen día con un primer artículo que le mostré orgulloso. Él lo leyó y me felicitó, diciéndome que haría las gestiones oportunas ante el director para su publicación en una próxima edición; animándome a seguir escribiendo. Y cuál no sería mi sorpresa al verlo publicado en el rotativo días después. A este artículo le seguirían, por supuesto, otros cuantos más, siempre bajo el recuerdo y el agradecimiento a Joaquín por su incondicional apoyo. Hasta que un día se me daba la posibilidad de colaborar asidua y regularmente con el rotativo. Y desde aquel entonces han pasado ya en torno a 25 años miércoles a miércoles. Así que, si ya le admiraba por su vasta cultura, desde entonces, le he venido considerando como mi gran mentor en estas lides. Te vamos a echar mucho de menos, por el gran vacío que dejas en nuestras vidas, Joaquín. Si bien nos legas tu poesía y tu prosa, donde podremos refugiarnos siempre que lo necesitemos. Y es que tú, con tus referencias permanentes al lugar donde naciste y creciste muy unido a tu familia, y tus regresos constantes al mismo para estar entre tus gentes de siempre, donde realmente te sentías feliz paseando por sus calles y remontando sus páramos, nos enseñaste a amar siempre la tierra donde nacemos. Descansa en paz en tu pueblo y con los tuyos, como tú quisiste, Joaquín Galán, familiar y amigo.
Cuaderno de anotaciones
Su obra es extensa y variada, y abarca diferentes géneros literarios (poesía, narrativa y crítica literaria). Su lenguaje poético, muy influido por sus raíces y su tierra y de gran riqueza estética. Su poesía se caracteriza por la profundidad, reflexión y compromiso con la palabra, mientras que su narrativa se distingue por su prosa cuidada. Su labor como crítico literario también es muy valorada, ya que ofrecía análisis perspicaces y bien fundamentados de obras literarias y autores.
Algunas de sus obras
Los ojos de la piedra (1977)
Ni el desorden del fuego (1978)
Un pregón en Palencia (1988)
El peso de las sombras (1990)
El aire original (1983)
El silencio imposible (1995)
La perdición de Ulises (2004)
Teseo en el laberinto (2009)
Cierta cantidad de silencio (2010)
Poetas del Cerrato (2012)
Un poema de su libro "Los puentes de Wheat City"
NADIE, O SEA, TÚ
Bajo los soportales
un bullicio sin nombre
te da campechanía.
De repente,
tras el espejo de una tienda
avanza sin aviso un hombre, o sea,
un bulto infame
cuya estampa suscita indiferencia o menos.
¿Quién, si pobre y de paso, necesita
ver su precariedad multiplicada?
Y aunque, no sin desgana, admites
que acaso sea igual que tú,
pronto el neón vocea
que alguien ahí se ha personado,
al menos por azar.
En esta agitación de formas, ¿quién,
quién, bajo el guiño torpe de la duda,
te mira, gesticula, finge
el furor de vivir? Acaso sea el mismo
que, esclavo de tu insignificancia,
se aturde
por haber incurrido en el error
de estar delante de un espejo
donde aparece nadie, o sea, tú
con el rostro de ayer.
Para saber más
editorial menoscuarto
Bajo los soportales
un bullicio sin nombre
te da campechanía.
De repente,
tras el espejo de una tienda
avanza sin aviso un hombre, o sea,
un bulto infame
cuya estampa suscita indiferencia o menos.
¿Quién, si pobre y de paso, necesita
ver su precariedad multiplicada?
Y aunque, no sin desgana, admites
que acaso sea igual que tú,
pronto el neón vocea
que alguien ahí se ha personado,
al menos por azar.
En esta agitación de formas, ¿quién,
quién, bajo el guiño torpe de la duda,
te mira, gesticula, finge
el furor de vivir? Acaso sea el mismo
que, esclavo de tu insignificancia,
se aturde
por haber incurrido en el error
de estar delante de un espejo
donde aparece nadie, o sea, tú
con el rostro de ayer.
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editorial menoscuarto
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🔻 Una Mirada al pasado
📒Marta Redondo | Periodista | Escribe desde Aguilar de Campoo
📒 Se cumplen este año las bodas de oro del embalse de Aguilar de Campoo. Sin duda alguna, la peor experiencia de sus vidas para los ceneranos, tal y como explican algunos de sus vecinos, Tiqui Rojo, Rafael Paradelo, Antonio Rojo y César Varona, que cuando dejaron su pueblo tenían entre 10 y 20 años. © curioson
Ver Artículo Completo: Cenera emerge más de medio siglo después | +858👀
🔻 Palencia en mis Recuerdos
📒 Alfonso Santamaría Diez | Castrojeriz (Burgos). Vive y escribe desde Palencia
📒 No todos los días se pueden ver juntos los cuadros de los pintores palentinos de primera fila: Onecha, Capel, De la Peña, Reja, Quirce, Paniagua, Ruesga, Chema Manzano, Eulogio Gómez Iglesias, Pilar Calonge, Carlota Reja, Fernando Escobar… y de los escultores Sergio García, Carlos Mediavilla, Ana Llavador, Paulino Mena, Inmaculada Amor, Pilar Centeno, Chis…, la inconfundible y creativa Rosana Largo. © curioson
Ver Artículo Completo: Artistas palentinos | +2.378👀
🔻 Autores de Nuestra Historia
📒 Beatriz Quintana Jato | Catedrática de Literatura
📒 Este trabajo tiene como tema El Libro de Alexandre. Además de un recorrido por la obra y por el ambiente cultural del siglo XIII, se intentan descubrir en él las probables relaciones del poema con el Studium generale de Palencia. También se reflexiona acerca de su posible autor, llegando a conclusiones argumentadas de que éste podría haber sido un palentino de Naveros de Pisuerga. © curioson
Ver Artículo Completo: El libro de Alexandre y la Universidad de Palencia | +818👀
🔻 Románico Curioso
📒 Cristina Párbole | Historiadora | Escribe desde Aguilar de Campoo
📒En el centro de la sala la maqueta que refleja como eran nuestros pueblos en época románica. Dicha aldea nos acerca al proceso de construcción que se seguía a la hora de levantar el edificio y los diferentes oficios que intervenían en la labor. © curioson
Ver Artículo Completo: Cómo eran nuestros pueblos en época románica | +1.788👀
🔻 Dentro de mi mochila
📒 Eduardo Gutiérrez | Escritor y Fotógrafo nacido en Guardo | Escribe desde Palencia
📒Una de las rutas más populares, en aquellos albores del peregrinaje a Santiago de Compostela, era la Ruta de la Montaña, hoy conocida como Viejo Camino de Santiago, también como el Camino Olvidado. En nuestra provincia, dicho recorrido transita por las localidades de Aguilar, Cervera, Santibáñez, Guardo... Hoy dicha ruta ostenta un excelso patrimonio que es de visita obligada. © curioson
Ver Artículo Completo: En el corazón del Viejo Camino de Santiago | +2929👀
🔻 Mejor no comprender
📒 Fernando Martín Aduriz | Psicólogo | Alma del Ateneo de Palencia
📒El encuentro con gente bondadosa siempre me ha resultado un alivio, un respiro, un oasis en medio de los disgustos de la vida productos de las maledicencias, los circuitos de la envidia, las animadversiones. © curioson
Ver Artículo Completo: Bondad y amargura | +727👀













































