A la sombra de la Colegiata
¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer, un mes de agosto, a últimos del siglo pasado, cuando me encontré con Luis Guzmán Rubio en Tremaya y asistimos en la iglesia del pueblo a los oficios. El sacerdote Eduardo de la Hera nos invitó a cantar la Salve tradicional que se cantaba por estos pueblos de montaña y que data del siglo XIII.
Luis era un tío campechano, que me cuenta cómo era la montaña cuando llegó a los 21 años como maestro a estas comarcas, primero a San Felices, en la Castillería, y después a Tremaya, donde se enamoró de una perniana que le acompañaría toda la vida. En una larga entrevista, ya en las hemerotecas, Luis me habla de su padre, que vino de Barcarrota a escudriñar el folklore de nuestra montaña, sin dejar la batuta de director en la banda de música de Palencia, y por resumirlo un poco para que otros palentinos lo sepan, Luis estuvo al frente durante siete años de la Banda de Música de Guardo, fue fundador de la Coral Castellano-Leonesa de Tarragona y consiguió grabar un disco donde se incluye el himno de Palencia, además de las obras más destacadas de su padre. Me viene a la mente el pasado uno de agosto, mientras un buen puñado de pernianos nos deleitamos con la actuación del Grupo de Teatro La Pernía, en un escenario que recibirá más tarde a los hermanos Cosío, que vienen de la tierruca hermana de Cantabria. Este ejercicio viene como conmemoración a los cincuenta años del ayuntamiento, donde se recuerda la labor de todos los alcaldes que pasaron por él y, el teatro, sin querer, nos trae a la memoria también al poeta Gabriel González, que mantuvo en su día un grupo como este en el que trabajó también mi querida madre Josefina. En esta ocasión, los actores nos entretienen con la historia de nuestro Conde Munio que atacado de celos, le manda a Elvira peña Tremaya abajo por la parte más abrupta, en una noche de tormenta, acompañada de la criada sordomuda, fieles a la historia que se fue transmitiendo. La recreación tiene sus problemas técnicos, pues no llega bien el sonido a las doscientas personas que allí nos congregamos, y la mula que venía de Lebanza para la ocasión, novata en estas lides, no avanzó ni un palmo por más que tiraron de ella. No hubo forma de que se acercara al escenario, como parte fundamental también de aquella tragicomedia que interpretaron a la sombra de la colegiata.










































