Aquel álamo solitario de mi pueblo
Aquel tiempo de aquel entonces, era un tiempo en el que, no sé si por arte de magia –que parece ser que no-; o porque nosotros, los chavales, lo veíamos así, o, simplemente, por la lógica natural de nuestra naturaleza humana –que va a ser que sí-, nos dábamos cuenta de que poco a poco todos íbamos creciendo en el pueblo, haciéndonos más mayores paso a paso.
Pero, por momentos, a los chavales se nos encendían algún día las ideas y ahí estábamos prestos intentando desarrollarlas; porque resultaba que de pronto queríamos crecer mucho más deprisa todavía para hacernos mayores cuanto antes. Entre otras cosas, porque siempre teníamos puesto el punto de mira en nuestros hermanos mayores y en los mozos del pueblo, todos mayores que nosotros; porque a ellos –decíamos todos- se les permite hacer muchas cosas que a los chavales nos estaban vedadas. Así que con aquellas edades tan primigenias, tan de andar por casa tontos de nosotros, a veces se nos ocurría eso tan descabellado de que queríamos crecer mucho más rápido día a día, para llegar a ser pronto mayores y tener acceso libre a muchas de aquellas cosas que teníamos a nuestro lado; pero que hasta ahora se nos restringían simple y llanamente porque éramos todavía pequeños. ¡Qué crueldad! que nos hacían los mayores… Sin embargo, cuando por otra parte, veíamos también que, por el simple hecho de ser pequeños, en casa las responsabilidades eran las mínimas y que teníamos todo el día para poder estar en la calle con nuestros juegos sin fin, se nos olvidaba muy rápido esa peregrina idea de hacernos mayores cuanto antes. En nuestras correrías, visitábamos los arroyos cercanos al casco del pueblo con mucha frecuencia; ocupados la mayoría de las veces en el noble arte de la pesca, ya fuese a caña o se estilase el tiempo de los reteles para pescar cangrejos. Y en el lateral de uno de los arroyos, observábamos cómo aquel álamo solitario que había crecido allí en su orilla tiempo ha, esbelto y elegante a más no poder, cada año lo veíamos más crecido que el anterior, con infinidad de ramas, tallos y hojas nuevas que le iban saliendo por todos los lados, mientras él iba ganando en altura año a año. Y a medida que iba ganando en altura notábamos cómo al atardecer se iba poblando de los pájaros próximos al lugar, que acudían hasta él para resguardarse durante la noche, al cobijo de sus muchas hojas. Desconcertándonos un tanto el griterío tan descomunal que producía aquella gran cantidad de pájaros acomodados en su interior. Nos gustaba observar aquel álamo en toda su esbeltez desde la distancia, allí solitario en medio del campo. Y cuando estábamos junto a él y elevábamos nuestra vista tratando de llegar hasta el final del mismo, comentábamos entre nosotros que el próximo año llegaría casi hasta el cielo, y nosotros seríamos testigos de ello. Y entonces, en esa impulsión que de pronto teníamos de querer hacernos mayores pronto, añadíamos a la pretensión que también queríamos ser muy altos, casi tanto como aquel álamo solitario del arroyo. Pasaron los años, nosotros fuimos creciendo acordes con la naturaleza humana de cada cual. Y aquel álamo solitario del arroyo lo haría seguramente de acuerdo con las reglas de la madre naturaleza; y hasta nuestros días. Que al día hoy, aún sigue en pie y conservando su talle, su elegancia y su esbeltez; circunstancias de las que siempre gozó e hizo gala ante grandes y pequeños, vecinos y visitantes.

























