El chisme de los pastores del Valle Estrecho
Dicen que hace unos años, en pleno verano, cuando los pastores subían a los pastos altos del valle Estrecho, ocurrió un episodio que todavía se rumorea por las brañas, aunque nadie lo admite en voz alta.
Un chisme de pastores, de esos que se cuentan al calor de una lumbre o
mientras se sube con el rebaño hacia los puertos de verano.
Es ficción, pero podría ser verdad… porque en la Montaña Palentina siempre pasan cosas.
Un día, mientras todos estaban en el descansadero, Ovidio empezó a presumir otra vez:
—Mis ovejas me hacen caso como si fuera su hermano mayor. ¡No se me escapa ni una!
Tarsicio, sin levantar la vista del queso que estaba cortando, murmuró:
—Ya veremos.
Al día siguiente, temprano, los pastores comenzaron a subir hacia las camperas. Pero cuando llegó el momento de contar el ganado, Ovidio frunció el ceño. Le faltaban tres ovejas. Él, rojo de vergüenza, empezó a buscar desesperado por los piornos. Nada. Tarsicio lo miraba de lejos, con esa calma de quien se sabe mayor que el monte.
Al rato, uno de los mozos que ayudaban en verano apareció con una sonrisa sospechosa.
—Ovidio, creo que tus ovejas están buscando al “hermano mayor”…
Y las señaló. Las tres ovejas estaban dentro del redil de Tarsicio, que fingía sorpresa con una sutileza digna de teatro:
—Mira tú por dónde… Parece que mis ovejas han hecho amigas nuevas.
Los demás pastores estallaron en carcajadas. Ovidio, colorado hasta las orejas, intentó justificarlo:
—Sería el viento… o que olieron sal…
Pero ya nadie le escuchaba.
Desde entonces, cada vez que Ovidio abría la boca para presumir, alguien le decía:
—No hables muy alto, no sea que se te escapen…
Y todos se entendían sin necesidad de más palabras.
—Mis ovejas me hacen caso como si fuera su hermano mayor. ¡No se me escapa ni una!
Tarsicio, sin levantar la vista del queso que estaba cortando, murmuró:
—Ya veremos.
Al día siguiente, temprano, los pastores comenzaron a subir hacia las camperas. Pero cuando llegó el momento de contar el ganado, Ovidio frunció el ceño. Le faltaban tres ovejas. Él, rojo de vergüenza, empezó a buscar desesperado por los piornos. Nada. Tarsicio lo miraba de lejos, con esa calma de quien se sabe mayor que el monte.
Al rato, uno de los mozos que ayudaban en verano apareció con una sonrisa sospechosa.
—Ovidio, creo que tus ovejas están buscando al “hermano mayor”…
Y las señaló. Las tres ovejas estaban dentro del redil de Tarsicio, que fingía sorpresa con una sutileza digna de teatro:
—Mira tú por dónde… Parece que mis ovejas han hecho amigas nuevas.
Los demás pastores estallaron en carcajadas. Ovidio, colorado hasta las orejas, intentó justificarlo:
—Sería el viento… o que olieron sal…
Pero ya nadie le escuchaba.
Desde entonces, cada vez que Ovidio abría la boca para presumir, alguien le decía:
—No hables muy alto, no sea que se te escapen…
Y todos se entendían sin necesidad de más palabras.






























