Tardes de sábado frente a nuestra ventana indiscreta
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Cervera de Pisuerga | José Luis Estalayo |
Aunque más bien habría que comenzar con la referencia al sábado en su conjunto, como día de la semana ya medio festivo por sí –no lectivo por lo tanto-, y víspera del domingo, el gran día de fiesta. Por lo que las clases quedaban durante estos dos días clausuradas, cerradas a cal y canto hasta el lunes. Así que el sábado era un día para el tiempo libre en esencia: los recreos más amplios, los paseos sin prisas al exterior, las excursiones más extensas por los alrededores y, si nos lo habíamos merecido a lo largo de la semana, sesión de cine a toda pantalla en el salón de actos. Una tarde de sábado que nos sabía siempre a tiempo libre; a tiempo de conversación más distendida y plagada de secretos con y entre los amigos para tratar de limpiarnos el alma; a tiempo de duchas para poder limpiarnos el cuerpo cansado del resto de días de la semana; a tiempo de caras mucho más alegres y sonrientes por parte de todos en los pasillos, entre otras opciones más susceptibles de ejecutarse una tarde de sábado en aquellas circunstancias nuestras en concreto. Casi, casi, y salvando las distancias, era como estar en un mundo muy diferente al vivido durante el resto de días de la semana. Pero por encima de todo, y para unos cuantos de nosotros en concreto; la tarde de sábado nos sabía también a nueva sesión de ventana indiscreta que, una vez abierta de par en par al campo que nos rodeaba, nos proporcionaba la libertad exterior que nos faltaba el resto de los días. Porque allí frente a ella, mirásemos en la dirección que mirásemos sentíamos que éramos libres. Que, aunque fuese sólo con el pensamiento, podíamos obviar las circunstancias actuales y adentrarnos en ese otro mundo que se nos mostraba frente a nosotros. Que teníamos fácil el comunicarnos con el exterior; que casi casi hasta podíamos tocar con nuestros dedos el paisaje que teníamos allí frente a nosotros. Que nos parecía que entonces nos encontrábamos inmensamente felices. Aunque no tan felices como aquel grupo de chavalas que jugaban en una plaza, al fondo de nuestra visión, al aire libre y sin ningún tipo de preocupación ni cortapisa; por lo que de pronto entendíamos que nuestra libertad pudiera ser que no fuese plena. Veíamos la escena y nuestra imaginación se nos disparaba; pudiendo escuchar algunas de sus voces. Y aunque sabíamos que era imposible, no por ello no nos surgían deseos de deslizarnos hasta la calle a través de la ventana y partir en su busca para participar en sus juegos. Tratando de reconocer entre todas ellas a aquella muchacha cuya voz parecíamos haber escuchado. Ver si ella y sus amigas eran guapas y lucían una bonita y larga cabellera. Ponerlas cara, charlar con ellas y proponerles pasar el resto de la tarde juntos. Regresando al Colegio al anochecer con la suficiente cautela para no ser descubiertos; y con el regusto interior de haber pasado una tarde de sábado extraordinaria.
Aspirando al final a lo máximo; que aquella sensación de felicidad extrema que sentíamos, se prolongase en el tiempo mucho más allá de aquella tarde de sábado. Todo eso nos encontrábamos de facto frente a nosotros cuando los sábados por la tarde, con la excusa de limpiar los zapatos, coser algún botón de nuestra ropa o echarle un vistazo a nuestro armario y ordenarlo con más tiempo, nos acercábamos hasta la zona de los dormitorios y abríamos nuestra sin par ventana indiscreta. Y, de pronto, sentíamos que, con el aire puro que recibíamos del exterior, nos entraba una gran bocanada de vida que, en nuestros respectivos pensamientos rápidamente transformábamos en grandes dosis de libertad que sentíamos nos rodeaba por todos los lados. Así que en los días de la semana restantes, las horas se nos hacían muy largas, excesivamente largas hasta que llegaba el sábado siguiente.
Y esa era una pena que nos embargaba y envolvía muchos de nuestros pensamientos.
Aspirando al final a lo máximo; que aquella sensación de felicidad extrema que sentíamos, se prolongase en el tiempo mucho más allá de aquella tarde de sábado. Todo eso nos encontrábamos de facto frente a nosotros cuando los sábados por la tarde, con la excusa de limpiar los zapatos, coser algún botón de nuestra ropa o echarle un vistazo a nuestro armario y ordenarlo con más tiempo, nos acercábamos hasta la zona de los dormitorios y abríamos nuestra sin par ventana indiscreta. Y, de pronto, sentíamos que, con el aire puro que recibíamos del exterior, nos entraba una gran bocanada de vida que, en nuestros respectivos pensamientos rápidamente transformábamos en grandes dosis de libertad que sentíamos nos rodeaba por todos los lados. Así que en los días de la semana restantes, las horas se nos hacían muy largas, excesivamente largas hasta que llegaba el sábado siguiente.
Y esa era una pena que nos embargaba y envolvía muchos de nuestros pensamientos.























