Recuerdos de mi abuela Ninfa
La primera nevada llegó a Tremaya una madrugada silenciosa, de esas en las que uno despierta sin saber bien por qué. Quizá fue el viento que cambió de tono, quizá la casa que cruje distinto cuando pesa el frío. O quizá fue simplemente que recordé a mi abuela Ninfa, que siempre decía:
—El invierno avisa, pero hay que saber escucharlo.
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Ninfa | Piedad Isla |
Me levanté y abrí la puerta con ese respeto que ella me enseñó para las cosas que vienen de la montaña. Allí estaba: una capa blanca cubriendo el camino, los corrales, los tejados que parecían dormidos bajo una manta recién tendida. La nieve todavía era fina, como espolvoreada por unas manos tímidas, pero el silencio… ese silencio era de nevada buena.
Recordé entonces cómo mi abuela salía siempre antes que nadie, envuelta en su pañuelo oscuro. No necesitaba barómetro ni pronóstico; le bastaba mirar el horizonte.
—Si ves que el cielo baja y se arremolina en el Peña Labra, mañana nieva, me decía.
Y yo, pequeño, la seguía con la boca abierta, intentando descubrir qué veía ella en las nubes que a mí me parecían todas iguales. Caminé hasta el inicio del sendero que sube a los altos. Los robles estaban salpicados de nieve, igual que cuando ella se detenía allí para observar el vuelo de las aves.
—Mira al tordo, me decía. Si baja al prado tan temprano, la nevada no tarda.
Me acuerdo de cómo entrecerraba los ojos, como si leyera un libro que solo ella entendía. A veces tocaba la tierra con los dedos, la olía, y decía:
—Huele a nieve vieja… de la buena.
Sonreí al recordarlo. Aquellas enseñanzas no eran solo sobre el clima; eran sobre la vida. Sobre prestar atención, sobre leer lo que otros pasan por alto, sobre entender que la naturaleza no habla en gritos, sino en avisos suaves. Seguí caminando. Los copos empezaron a caer otra vez, grandes, lentos, como si no pesaran nada. Me vino a la memoria otra imagen: mi abuela observando el comportamiento de los animales.
—Cuando las gallinas no quieren salir del corral, algo se avecina, decía.
Y acertaba. También decía que las vacas, antes de una nevada fuerte, se quedaban quietas, mirando al monte como si ellas también recordaran algo. Llegué a la loma desde donde se ve todo el valle de Tremaya. La nieve lo cubría casi por completo, salvo algunos pardos que resistían en las laderas. El cielo estaba bajo, gris, cargado. Mi abuela habría dicho:
—Este cielo no se levanta hasta dentro de dos días.
Me quedé allí, quieto, sintiendo caer los copos en el rostro. Y fue entonces cuando la memoria me dolió un poco. No de tristeza, sino de gratitud. Porque entendí que cada vez que miro el cielo, que observo cómo se comportan los pájaros o cómo se encienden las nubes sobre el Peña Labra… sigo viendo con los ojos de ella. Regresé al pueblo despacio, dejando mis huellas sobre la nieve recién caída. Y mientras caminaba, tuve la sensación de que mi abuela seguía allí, caminando a mi lado, señalando el horizonte con su gesto firme, enseñándome una vez más a escuchar el lenguaje secreto de la montaña. Porque en Tremaya, la primera nevada no solo anuncia al invierno: trae consigo las voces de quienes supieron leer la tierra, entender el cielo y caminar con la sabiduría de lo vivido.
Y mi abuela Ninfa fue una de esas voces que nunca se apagan.






















