Fragmentos de la vida: el pueblo
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| | Panorámica de Velillas del Duque |
Es lo que me ocurre cada vez que me acerco hasta mi querido Velillas del Duque –que cada día se va achicando un poquito más-; que siento como si de pronto se detuviese el tiempo a mi alrededor, se me parase la agenda de las horas y de los días; y, desde los primeros paseos por sus calles, se me enciende la emoción y se me enternece por momentos el corazón. Y cara al pensamiento, se me instala en la mente una pequeña reflexión que trato de desarrollar y que en esencia me hace considerar que cómo fue posible que en aquellas pocas calles que forman el esqueleto del pueblo, junto a las gentes de aquel entonces y sus casas y a sus alrededores más cercanos: el río, los arroyos, el molino, los palomares, las tierras de labor, las eras, la carretera, la escuela, la iglesia, pudieran haber sucedido tantas cosas y tantas vivencias en aquellos años de chaval, que ahora, pasados un considerable número de años, es indiscutible que forman parte incuestionable e insustituible, a la par que necesaria, de mi vida. Y a cuyas referencias en su lugar y tiempo el recuerdo me traslada tantas y tantas veces.
Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.
Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.
Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.
Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.


























