Libro del Agua
Recordé mi Libro del Agua en el que participaron personas destacadas del mundo de la cultura en política, religión, poetas y escritores y... ¡Cómo no!, mis alumnos.
Soy Carmen Arroyo. El jueves, día de la Virgen del Carmen cumpliré 83 años. Nunca oculté mi edad en ninguna época de mi vida. Llegué desde Acebo, mi pueblo extremeño, a Valladolid para ir al cole. Mis padres alquilaron un piso frente al Grupo Escolar San Fernando que se inauguró ese mismo año. Los trece años en los que viví en esa hermosa ciudad los aproveché bien. Por eso decía que me gustaba presumir de mis años. Un ejemplo, con trece años aprobé cuarto y reválida en junio y, en septiembre, aprobado el Ingreso, comencé mis estudios de Magisterio. Al haber nacido en julio, siempre acababa cada curso siendo la más pequeña pues era en mayo/junio cuando nos daban las notas. Por eso mi título de Maestra está fechado en 4 de julio de 1960, con la calificación de Sobresaliente y el día 16 cumplí los 17. Con 18, aprobé la Oposición a Magisterio. Me quedé sola en Valladolid en la casa que habían comprado mis padres en Paseo de Zorrilla, junto a la Plaza de Toros. Hubo pocas plazas. Se colocaron en septiembre. Con mi número 16 en la lista, hasta el final de la misma, en febrero, nos repartieron. Me tocó Palencia.
Fue un 23 de Febrero. Tenía 19 años. Elegí la nieve. Un pueblo cercano a Cervera. Y precisamente, aquel sábado, la vacación era los días jueves, Marcelino estaba dando clase. Nos tocó esperar en la cantina. Yo había hablado con Teo, la maestra. Marcelino me pareció un señor muy mayor. Me equivoqué, como tantas veces habrá sucedido a lo largo de mi vida. Sí que me llevaba años, casi siete, pero las mujeres envejecemos más deprisa, así lo dice mi buen amigo poeta, Miguel de Santiago, no podía ser de otro modo, quizá porque Dios -al ser varón- (Esto es de mi cosecha) evitó que los mozos concibieran y llevaran mejor vida. Aunque ahora hay milagros milagrosos con la inseminación, que me sigue oliendo a cosa de caballos y demás animalitos. En resumen, me decía que nosotras nos arreglábamos la cara y teñíamos el pelo... Ja, ja, y las arrugas ¿qué? digo yo. Porque no todas podemos hacernos la cirugía estética. Madre mía y encima algunas mueren en el intento.
Soy persona religiosa, no fanática ni beata y hasta el Papa en su visita a España, dijo que la vejez es signo de sabiduría y las arrugas significan que hemos vivido y ganado experiencias que compartir. Estoy de acuerdo. Aunque por sabia no me tengo. Mi vida es como la de todo ser que no busque aquello que no podrá alcanzar. Simplemente, vivo, y espero en paz, ojalá no me equivoque, reunirme de algún modo con Marcelino cuando llegue mi hora y con la familia que se me adelantó por el tiempo en el que nació y lleva mi misma sangre.
Trabajé en mis oficio/vocación de enseñar al que no sabe, 40 años, seis meses y 10 días. Y fui una maestra feliz. Esta mañana, en la parroquia en la que han recogido ayuda económica para Venezuela, encontré a la madre de Marta, una niña de mi último curso en Modesto Lafuente. La madre siempre me tuvo simpatía y mantuve la convicción personal de que si los padres hablan bien de los educadores, los niños aprenden con su ejemplo. Recordé mi Libro del Agua en el que participaron personas destacadas del mundo de la cultura en política, religión, poetas y escritores y... ¡Cómo no!, mis alumnos. Siempre trabajé el tema de Medio Ambiente y mi colegio recibió muchos premios. Profesor y alumnos ecológicos, regalo de bicicleta para la profe y la alumna más destacada Estefanía Coco, 175.000 pesetas para material escolar sobre el tema que no sé dónde fueron a parar y que me costó trabajo que el director aceptase porque me avisaron a casa y eran vacaciones pero había que decir sí al premio antes de que acabase Julio. Lo recuerdo porque, además, con aquella ilusión que ponía en estos temas, hice una fotografía con mis alumnos sentadas delante de un lindísimo invernadero que -por amistad- me hizo Chelo quien, por entonces, estaba en la Escuela Taller, y salió la fotografía en Diario Palentino. Dentro, ella había puesto sendos sacos de tierra y tiestos para que cada alumno sembrase y se llevase a casa una planta. Yo había programado la observación de las plantas desde primavera hasta las frías heladas y... la nieve que en aquellos años caía a copos hermosos que dejaban El Salón hermoso y reluciente y subíamos al Monte a hacer muñecos de nieve con mis tres hijos.
Os cuento: Mis alumnos no pudieron disfrutar del invernadero pues el director dijo que era peligroso colocarlo en el patio. Estaba situado, al lado de un ailanto, el árbol sagrado de la cultura maya... Al día siguiente, apareció atado con cuerdas y ya no lo pudimos usar pues lo bajaron a la antigua carbonera que ya con fuel no se utilizaba. La fotografía ya estaba enviada.
Quise, en mi despedida a los alumnos en 2003, hacer algo bonito que comencé dos años antes: lograr que esas personas destacadas a las que me he referido antes, colaborasen hablando sobre el agua y logré que lo hicieran. Al final pondré sus nombres. Luego busqué financiación. El libro es de los trabajos más completos que he logrado y me siento muy orgullosa de lo conseguido. Estuvieron implicados los padres y madres de los alumnos que escribieron unos cuentos infantiles maravillosos, siempre con el tema del agua. Aún, esta mañana, la madre a la que encontré en la parroquia me lo recordaba. Quizá por ello me decidí a escribir este texto para El Curioson, sin tilde, ahora. La portada es una hermosa fotografía del mejor artista palentino en su género: Javier Marín. La torre de San Miguel luce entre el cielo y una exuberante vegetación. Se refleja en el río Carrión. Esa toma ya fue imposible después de que la pasarela se colocó de noche y con alevosía, son palabras de mi poeta.
Voy a transcribir solo un cuento, ya habrá tiempo para otros. Lo escribió Marta con la colaboración familiar. Se titula CLARITA:
¡Ay! ¡Ya llego! Me llamo Clarita, soy una gota de agua alegre y juguetona. Me encanta deslizarme desde mi nube de algodón y bajar a la tierra. Me siento orgullosa porque sé que soy imprescindible., conmigo las mamás y los papás limpian los platos, lavan la ropa...Hasta gracias a mis saltos pueden obtener luz en sus casas y calles. Me pongo muy contenta cuando los peques van colegio y los espero en los charquitos, en los que chapotean con sus botas. Pero hay una cosa por la que me siento muy triste y es que, a veces, no me hacen caso y se cepillan los dientes con el grifo abierto y me dejan correr y correr. Entonces no me siento útil, me desperdician y muy triste me deslizo por las tuberías de las casas. Termino en un riachuelo y al final me reconforta un poco ya que vuelvo a ser útil para los pececillos y para, finalmente, encontrarme con muchas gotas hermanas en el mar. ¡Ay! suspiramos, mirando con nostalgia y... ¡Zas!...De nuevo un salto a nuestra nube. Me lo he pasado muy bien y sueño con subir y bajar...Pero eso sí:
¡No me desperdicies, quiero ayudarte y serte útil siempre.!




































