Porque era el tiempo en el que la Cuaresma, como tiempo de preparación para la Pascua, que la veníamos teniendo presente desde aquel renombrado Miércoles de Ceniza de la más pura tradición religiosa, comenzaba a dar sus primeros pasos; tras aquel alegre martes de Carnaval con el antruido y sus disfraces y los siempre fieles y esperpénticos chiborras a pie de calle. Así que, acercándose ya la Pascua, la actividad de los próximos días giraría en torno a la iglesia y los diferentes actos religiosos. Comenzando por el diseño y preparación en la propia iglesia de lo que llamábamos el Monumento, una especie de altarcillo en un lateral de la misma, que acogería durante los próximos días al Santísimo representado en la Sagrada hostia. A continuación vendría el no menos importante momento de tapar a los Santos del retablo mayor y altares laterales con aquellas grandes telas, como señal de luto y de dolor.

En el orden personal, con los vecinos habiendo tomado conciencia ya de los próximos acontecimientos religiosos que se avecinaban, era casi de obligado cumplimiento el acercarse hasta la sacristía de la iglesia y hacerse con la “bula” –especie de documento pontificio- que, previo pago de la misma, dispensaba del ayuno y la abstinencia de consumir carne durante los viernes, y te eximía también de tener que comer de vigilia en ciertos días. Comida de vigilia que se refería por ejemplo a los famosos garbanzos de viernes –también llamados “viudos”-, o a bacalao al ajo arriero en exclusiva, entre otros preparados más.

Luego, el Domingo de Ramos, que era por antonomasia el más alegre de aquellos días, venía con el añadido de ser propicio para estrenar algo: unos zapatos, un pantalón nuevo… Y es que si no, caía sobre cualquiera de nosotros ese refrán, de que “quien no estrena algo el Domingo de Ramos, no tiene manos”, o las manos se le caen, o se queda sin manos. Y entretanto, nosotros los chavales, encantados con aquel pequeño ramo que nos habían entregado a la entrada de la iglesia. Claro que, si había un momento durante esos días en el que los chavales actuábamos como verdaderos protagonistas, era cuando, provistos de aquel simpático instrumento que llamábamos carraca, éramos nosotros los que con repetitivos toques de la misma a lo largo de todo el pueblo, anunciábamos a los vecinos que los Oficios de aquel día iban a comenzar y era preciso irse acercando ya hasta la iglesia. Y ello porque las campanas de la torre estaban en silencio como señal de luto. Otro de los actos de la Semana Santa de aquellos años, que también gozaba de una multitudinaria presencia era el momento de las procesiones: la del Domingo de Ramos y la del encuentro el Domingo de Resurrección. Siempre con el incansable volteo de la campanas de la iglesia, con los mozos del pueblo volteándolas sin parar.
