Historia de un reencuentro
Tu camino y el mío siempre fueron a la par; aun en los peores momentos de nuestro caminar juntos, que los hubo. Y siempre corrieron parejos, al igual que nuestros destinos, que fuimos labrándonos al unísono paso a paso, por azares de la vida tal vez...
Todo comenzó en el pasado, en nuestra dulce época de estudiantes, cuando el azar quiso que aquel año coincidiésemos en aquella clase del Instituto –primer año en el que las autoridades académicas decidieron que las clases fuesen mixtas: se abrieron a que chicos y chicas compartiésemos un mismo aula-, contra la inveterada costumbre que venía de antiguo, de mantener la separación de la educación por sexos.
Y no sé si en realidad fue porque coincidía que vivíamos en la misma zona de la ciudad y la ida y el regreso del Instituto lo hacíamos juntos; porque nos rodeaban unos intereses comunes por ser compañeros de estudios, o porque por nuestro carácter y nuestra personalidad congeniamos rápido; el caso es que muy pronto surgirían entre nosotros las primeras confidencias a la luz de la luna, y los primeros secretos a escondidas de todos. Así como un claro y evidente hilo de simpatía y compenetración, que pronto terminó en cariño. Y luego, en un compartir posterior de algo más que una simple amistad, junto a los primeros escarceos amorosos. Los posteriores estudios, camino de la obtención de una titulación, fueron también los mismos por ambas partes. Y durante ellos, nuestra relación personal y amorosa caminó a la par que nuestros estudios: viento en popa y a toda vela. Y fue entonces, en aquella edad joven, cuando vinieron los grandes e inolvidables días de amor y pasión a solas los dos, aunque unidos también a los inevitables días de estudio puro y duro. Si bien, al final de los mismos una especie de nube inmensamente negra y cargada de incomprensiones por ambas partes, injustos malentendidos en ambos sentidos, celos sin duda no justificados…., y un nerviosismo agudizado quizás por la falta de tiempo para aclarar dudas, como consecuencia de los largos y exigentes exámenes finales, pareció instalarse de pronto sobre nuestras cabezas, haciendo que nuestro amor flaquease de manera cierta. Y todas las esperanzas acumuladas con gran esfuerzo a lo largo de los años, cara a una vida en común, se fuesen al traste de la noche a la mañana.
Así las cosas y con el devenir de aquellos días, todo hacía presagiar que nuestros caminos, por primera vez en tantos años, iban a tomar rumbos diferentes. Y así ocurrió, en efecto, cuando además, debimos afrontar y encarar el difícil momento de iniciar la actividad laboral, y cada uno de nosotros debimos buscarla en lugares diferentes y bastante alejados entre sí. Pero el tiempo, que es sabio, entendió que una relación así, fraguada a través de muchos años, no podía desperdiciarse y olvidarse sin más. Y bien pronto, cada uno de nosotros, como si hubiésemos escuchado una voz en nuestro interior a modo de advertencia, pusimos nuestros recuerdos a caminar y echamos el resto para tratar de reconquistar nuestro perdido amor. Del posterior reencuentro, cuentan las crónicas que aquella fiesta de dos se extendió más allá del amanecer del tercer día…










































