Javier Marías, escritor, traductor y editor [Madrid, 20 de septiembre de 1951-Madrid, 11 de septiembre de 2022]
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Capitel de la profecía

📌Una propuesta de reconstrucción iconológica del antiguo claustro románico de la catedral de Jaca


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||     La cadena de la profecía. Virgilio, la Sibila y Gabriel en un capitel del antiguo claustro
románico de la catedral de Jaca. Propuesta para una reconstrucción iconológica.


Laura Alberich Lucea, Manuel Gila Puertas y Eduard Pallarés Ferrando.
(Grupo Salud y Románico)

Resumen


El presente trabajo propone una nueva interpretación iconológica de uno de los capiteles procedentes del desaparecido claustro románico de la catedral de Jaca, conservado actualmente en la iglesia de Santiago de la misma ciudad. Frente a las interpretaciones tradicionales, centradas en la identificación aislada de las figuras representadas, se plantea que la composición responde a un programa teológico unitario construido en torno a una secuencia de mediadores de la profecía. La hipótesis parte de la posible identificación del personaje masculino con Virgilio y de la figura femenina con la Sibila de Cumas, cuya incorporación al discurso cristiano fue ampliamente aceptada por la tradición patrística y medieval. Lejos de constituir una supervivencia del paganismo, ambos personajes fueron reinterpretados como testigos providenciales de la venida de Cristo, especialmente a través de la recepción cristiana de la Égloga IV y de los Oráculos Sibilinos. El estudio sostiene que el capitel no representa una simple yuxtaposición de escenas, sino una construcción iconológica articulada mediante una sucesión de autoridades que transmiten la palabra profética desde el relato del Génesis hasta el anuncio evangélico.
La serpiente, la Sibila, Virgilio y el arcángel Gabriel formarían parte de un único discurso sobre la continuidad de la Historia de la Salvación, donde la tradición clásica aparece integrada en la economía providencial del cristianismo medieval. Desde esta perspectiva, la identificación de Virgilio deja de constituir una hipótesis aislada para convertirse en el elemento que permite comprender la coherencia interna del programa escultórico.

Abstract


This article proposes a new iconological interpretation of one of the capitals from the lost Romanesque cloister of the Cathedral of Jaca, now preserved in the church of Santiago in Jaca. Rather than treating its figures as isolated iconographic motifs, the study argues that the composition forms a coherent theological programme structured around a sequence of prophetic mediators. Through an iconological methodology integrating formal analysis, comparison with medieval visual traditions, and textual evidence from patristic, liturgical, and exegetical sources, the article reconstructs the intellectual framework underlying the sculptural ensemble.
The central hypothesis identifies the male figure as Virgil and the female figure as the Cumaean Sibyl, both understood within their medieval Christian reception as providential witnesses to the coming of Christ. Their presence is interpreted not as a survival of pagan imagery but as the result of the Christian appropriation of Classical authority, grounded in the medieval reception of the Fourth Eclogue, the Sibylline Oracles, and the Ordo Prophetarum. Within this framework, the serpent, the Sibyl, Virgil, and the Archangel Gabriel constitute successive stages in the transmission of prophecy, from the Fall to the Annunciation and the fulfilment of salvation history. The proposed reconstruction offers a unified explanation for the capital's iconographic complexity and suggests that it formed part of a broader theological programme within the Romanesque cloister of Jaca. More broadly, the study contributes to the understanding of how Romanesque sculpture incorporated the Christianized Classical tradition into visual expressions of providential history.

1. Introducción


Entre los numerosos restos escultóricos procedentes del antiguo claustro románico de la catedral de Jaca existe un capitel cuya singularidad iconográfica ha suscitado interpretaciones diversas desde su redescubrimiento. Conservado hoy fuera de su emplazamiento original y descontextualizado respecto al programa monumental del que formó parte, presenta un conjunto de figuras cuya identidad continúa siendo objeto de debate.

Las propuestas formuladas hasta el momento han tendido a interpretar sus imágenes de manera aislada, identificando determinados personajes o episodios sin alcanzar una explicación satisfactoria de la lógica que articula el conjunto. Como consecuencia, el capitel ha permanecido entre las piezas más enigmáticas del repertorio escultórico jaqués.
El presente estudio parte de una premisa diferente. En lugar de preguntarse únicamente quiénes son los personajes representados, plantea una cuestión previa: ¿Qué discurso construyen conjuntamente? Este cambio metodológico desplaza el centro de la investigación desde la identificación iconográfica de cada figura hacia la reconstrucción del programa intelectual que pudo dar sentido a toda la composición.
La hipótesis defendida es que el capitel responde a un diseño iconológico unitario concebido para representar una secuencia de mediaciones proféticas que conduce desde el pecado original hasta el cumplimiento de la Redención. En esta lectura, las figuras no aparecen reunidas por afinidades narrativas, sino porque cada una desempeña una función específica dentro de una misma arquitectura teológica.
La originalidad de esta propuesta reside en considerar que la presencia de personajes procedentes de la tradición clásica no constituye un elemento marginal ni una supervivencia del paganismo, sino el resultado de un proceso de apropiación cultural plenamente asumido por el pensamiento cristiano del siglo XII. Virgilio y la Sibila, lejos de ser figuras ajenas a la espiritualidad medieval, habían pasado a formar parte del universo intelectual de las escuelas, de la apologética y de la liturgia como testimonios providenciales de la futura venida de Cristo.
Desde esta perspectiva, el personaje masculino del capitel puede interpretarse como Virgilio, no únicamente por determinados indicios iconográficos, sino porque su presencia resulta necesaria para completar el discurso teológico representado. El poeta latino actuaría como mediador entre la sabiduría clásica y la Revelación cristiana, incorporando al programa escultórico una de las ideas fundamentales de la exégesis medieval: que la verdad anunciada por los profetas había dejado también huellas en la mejor tradición intelectual del mundo antiguo.
No obstante, el objetivo principal del presente trabajo no consiste en demostrar una identificación concreta, sino en reconstruir el principio organizador del conjunto. La identificación de Virgilio constituye, en este sentido, una consecuencia de la hipótesis iconológica, no su punto de partida. Lo que se propone es que la totalidad del capitel puede entenderse como una representación visual de la continuidad providencial de la Historia de la Salvación, donde la palabra revelada atraviesa diferentes mediadores hasta alcanzar su plenitud en la Encarnación.
Con ello se pretende abrir una nueva vía de interpretación para uno de los testimonios más singulares del románico jaqués y, al mismo tiempo, contribuir al estudio de los mecanismos mediante los cuales la cultura medieval integró la herencia clásica dentro de su propio horizonte teológico.

2. Estado de la cuestión


El antiguo claustro románico de la catedral de Jaca constituye uno de los conjuntos escultóricos más relevantes del románico hispano, pese a que su destrucción y dispersión han impedido conservar íntegro el programa iconográfico concebido para este espacio. Los capiteles que han llegado hasta nosotros representan únicamente una parte de un discurso visual cuya estructura original resulta hoy difícil de reconstruir, circunstancia que explica la diversidad de interpretaciones suscitadas por algunas de sus piezas más singulares.
Entre ellas destaca el capitel objeto del presente estudio, conservado actualmente en la iglesia de Santiago de Jaca. Desde un punto de vista técnico y objetivo este capitel conocido como el de las Cuatro Estaciones está realizado en piedra caliza con anchura de 48, altura de 40 y base diametral de 28 centímetros, medidas que coinciden con las del resto de capiteles exentos conservados del antiguo claustro, lo que confirma que pertenecían a un mismo proyecto arquitectónico.
Su carácter exento, el desconocimiento de su emplazamiento primitivo dentro del claustro y la complejidad de su repertorio figurativo han favorecido lecturas muy diversas, ninguna de las cuales ha alcanzado un consenso generalizado.
Las investigaciones precedentes han centrado su atención principalmente en la identificación individual de las figuras representadas y en la búsqueda de paralelos iconográficos capaces de explicar determinados atributos o gestos. Este procedimiento ha permitido avanzar en la descripción formal de la pieza, pero no ha resuelto una cuestión fundamental: la razón por la que personajes de apariencia tan heterogénea fueron reunidos en una misma composición.
La dificultad deriva, en gran medida, del propio estado de conservación del conjunto. La desaparición del claustro ha privado al capitel de las relaciones espaciales y narrativas que probablemente mantenía con las esculturas vecinas, obligando a interpretarlo como una obra aislada cuando, en origen, formaba parte de un programa iconográfico cuidadosamente planificado. Como ha señalado reiteradamente la historiografía del arte románico, el significado de un capitel rara vez depende exclusivamente de la escena que representa; su plena comprensión exige atender también a la secuencia monumental en la que se integra.
A esta circunstancia se añade otro factor metodológico. La investigación sobre la escultura románica ha oscilado tradicionalmente entre dos tendencias. La primera privilegia la identificación iconográfica mediante la comparación con fuentes textuales o modelos figurativos conocidos. La segunda, desarrollada especialmente desde los trabajos de Erwin Panofsky y enriquecida posteriormente por autores como Meyer Schapiro y Serafín Moralejo, insiste en la necesidad de interpretar las imágenes dentro de las estructuras intelectuales que les confieren sentido.
El presente estudio se sitúa deliberadamente en esta segunda línea metodológica. No pretende sustituir el análisis iconográfico, indispensable para reconocer los motivos representados, sino integrarlo dentro de una interpretación iconológica que permita comprender la lógica interna del conjunto. La cuestión fundamental deja así de ser exclusivamente quiénes son los personajes para convertirse en otra más amplia: ¿Qué idea articula su presencia conjunta?
Este cambio de perspectiva resulta especialmente pertinente en el caso del románico. La escultura monumental de los siglos XI y XII no debe entenderse como una sucesión de ilustraciones narrativas, sino como un lenguaje visual destinado a expresar conceptos teológicos mediante asociaciones tipológicas, correspondencias simbólicas y relaciones exegéticas que, en numerosas ocasiones, trascienden el relato bíblico literal.
En consecuencia, la identificación propuesta en las páginas siguientes deberá valorarse no tanto por la fuerza aislada de cada argumento como por la capacidad del conjunto para explicar de forma coherente todos los elementos de la composición. La hipótesis será considerada tanto más sólida cuanto mayor sea su poder integrador y menor el número de aspectos que deje sin explicación.
Desde esta perspectiva, la posible presencia de Virgilio y de la Sibila no constituye una afirmación previa al análisis, sino el resultado de un proceso interpretativo que intenta reconstruir el programa intelectual subyacente a la obra. La propuesta no aspira a establecer una identificación incontrovertible, sino a demostrar que dicha lectura resulta históricamente plausible y ofrece una explicación más coherente del conjunto que las alternativas disponibles hasta el momento.

3. Jaca y el horizonte intelectual de un gran taller románico


Toda interpretación iconográfica debe comenzar por una cuestión previa: determinar si el contexto histórico en el que surgió la obra hacía posible la presencia de los referentes culturales cuya identificación se propone.
En el caso que nos ocupa, esta pregunta resulta esencial. La hipótesis desarrollada en este estudio presupone que el medio intelectual vinculado a la catedral de Jaca conocía no solo la tradición bíblica, sino también determinados autores y motivos procedentes de la Antigüedad clásica reinterpretados por el cristianismo. Antes de analizar el capitel es preciso, por tanto, valorar la plausibilidad histórica de este supuesto.
Durante las últimas décadas del siglo XI y las primeras del XII, Jaca se convirtió en uno de los principales centros políticos y religiosos del reino de Aragón. La consolidación de la sede episcopal, la estrecha relación con la reforma gregoriana y la creciente importancia del Camino de Santiago favorecieron la circulación de clérigos, manuscritos, modelos artísticos e ideas procedentes de diversos territorios del Occidente latino.
Lejos de constituir un ámbito periférico, la ciudad participaba activamente en las transformaciones culturales que caracterizaron el denominado «renacimiento del siglo XII». La renovación de las escuelas catedralicias, el desarrollo de los estudios gramaticales y la recuperación sistemática de la tradición clásica crearon un ambiente intelectual especialmente receptivo a la integración de la herencia antigua dentro del pensamiento cristiano.
En este contexto, la escultura monumental desempeñaba una función que trascendía ampliamente la decoración arquitectónica. Los capiteles del claustro no eran concebidos como imágenes aisladas destinadas únicamente a embellecer el edificio, sino como parte de un complejo sistema visual orientado a la enseñanza, la meditación y la interpretación tipológica de la historia de la salvación. El lenguaje escultórico constituía una prolongación de la cultura escrita y de la reflexión teológica desarrollada en los ámbitos capitulares.
Conviene, sin embargo, evitar una simplificación frecuente. La riqueza intelectual de estos programas no debe atribuirse exclusivamente al escultor. La investigación actual considera que los grandes conjuntos monumentales medievales fueron el resultado de una estrecha colaboración entre promotores eclesiásticos, teólogos, responsables litúrgicos y talleres especializados. La elaboración del programa iconográfico respondía, por tanto, a un proceso colectivo en el que confluyen diferentes niveles de conocimiento.
Esta observación posee una importancia metodológica decisiva para el presente estudio. La eventual presencia de Virgilio o de la Sibila en el capitel no exige imaginar a un escultor leyendo directamente la Eneida o los Oráculos Sibilinos. Basta con reconocer que tales referencias formaban parte del patrimonio cultural compartido por el medio eclesiástico que concibió el programa y que pudieron transmitirse al taller mediante instrucciones iconográficas precisas.
La pregunta pertinente deja así de ser si el escultor conocía personalmente a Virgilio para convertirse en otra más amplia: ¿podía un programa escultórico concebido en el entorno de la catedral de Jaca incorporar una tradición clásica ya cristianizada? La respuesta, como se mostrará en los capítulos siguientes, es afirmativa. La recepción medieval de Virgilio, de las sibilas y de la literatura profética de origen clásico constituye uno de los fenómenos culturales mejor documentados de la Europa latina y ofrece el marco histórico indispensable para comprender la singularidad del capitel objeto de este estudio.

4. Virgilio y la Sibila en el pensamiento cristiano medieval


La posibilidad de reconocer en el capitel figuras pertenecientes a la tradición clásica depende, en última instancia, de un hecho histórico fundamental: la cultura medieval no percibía la Antigüedad pagana como un bloque homogéneo destinado al rechazo, sino como un legado susceptible de ser depurado, reinterpretado e incorporado al discurso cristiano. La recepción de Virgilio y de las sibilas constituye uno de los ejemplos más significativos de este proceso de apropiación intelectual.
Desde los primeros siglos del cristianismo, diversos autores recurrieron a la literatura pagana para mostrar que la Providencia había permitido que determinadas verdades fueran conocidas, aunque de manera imperfecta, también fuera del ámbito de la revelación bíblica. Esta estrategia apologética respondía a una doble finalidad. Por un lado, permitía presentar el cristianismo como culminación de la historia universal y no como una tradición exclusivamente hebrea. Por otro, facilitaba el diálogo con una cultura romana que seguía considerando a los grandes escritores clásicos como modelos insuperables de sabiduría.
En este contexto, Virgilio ocupó una posición absolutamente singular. Ningún otro poeta latino alcanzó durante la Edad Media una autoridad comparable a la suya. Su obra se convirtió en texto fundamental de la enseñanza gramatical, de la formación retórica y de la educación moral de los clérigos. Las escuelas catedralicias lo leían no únicamente como ejemplo de perfección literaria, sino como uno de los autores capaces de transmitir enseñanzas compatibles con la verdad cristiana cuando eran interpretadas mediante la exégesis alegórica.
Esta recepción no implicaba ignorar el carácter pagano del poeta. Al contrario, precisamente porque Virgilio pertenecía al mundo antiguo, su incorporación al pensamiento cristiano adquiría un profundo valor apologético. Si el mayor poeta de Roma había sido capaz de anunciar, aunque involuntariamente, la futura venida del Salvador, ello significaba que la Providencia actuaba también sobre la historia de las naciones gentiles.
La interpretación mesiánica de la Égloga IV constituye la expresión más conocida de este fenómeno. Los versos que describen el nacimiento de un niño destinado a inaugurar una nueva edad del mundo fueron leídos por numerosos autores cristianos como un anuncio providencial de Cristo. La crítica histórica moderna ha demostrado que tal interpretación no responde al sentido original del poema; sin embargo, este hecho resulta secundario para comprender la mentalidad medieval. Lo verdaderamente importante es que durante siglos el Occidente cristiano creyó reconocer en aquellos hexámetros una anticipación poética de la Encarnación.
Esta convicción transformó profundamente la imagen de Virgilio. El poeta dejó de ser exclusivamente un autor clásico para convertirse en un testigo privilegiado de la preparación providencial del Evangelio. Su autoridad no descansaba ya únicamente sobre la excelencia de su estilo, sino sobre la posibilidad de leer su obra como un anuncio involuntario de la verdad cristiana.
Paralelamente, la figura de la Sibila experimentó un proceso de reinterpretación semejante. Diversos apologistas cristianos incorporaron a sus escritos oráculos atribuidos a las sibilas con el propósito de demostrar que incluso entre los pueblos paganos habían existido voces capaces de anunciar acontecimientos relacionados con la venida del Mesías y el Juicio Final. El prestigio alcanzado por estos textos favoreció la progresiva integración de la Sibila en la cultura religiosa medieval, donde acabó compartiendo protagonismo con los profetas veterotestamentarios.
Esta transformación alcanzó una especial intensidad a partir de la difusión de los Oráculos Sibilinos, colección de escritos de origen complejo que combinan elementos procedentes de la tradición helenística, judía y cristiana. Aunque su composición se prolongó durante varios siglos y su autoridad canónica nunca fue reconocida por la Iglesia, ejercieron una influencia considerable sobre la imaginación religiosa medieval al ofrecer una interpretación providencial de la historia humana que culminaba con la llegada del Mesías y el establecimiento del Juicio Universal.
Lo relevante para el presente estudio no es determinar si el promotor del programa escultórico conocía directamente estos textos, cuestión imposible de demostrar, sino constatar que las ideas fundamentales contenidas en ellos circulaban ampliamente a través de sermones, compilaciones patrísticas, colecciones de exempla y repertorios litúrgicos. Virgilio y la Sibila formaban ya parte de un imaginario cristiano consolidado que hacía perfectamente posible su incorporación a un programa escultórico del siglo XII.
Este fenómeno alcanzó su expresión más visible en la liturgia. El denominado Ordo Prophetarum, difundido en numerosos centros eclesiásticos europeos, reunía en una misma representación a profetas bíblicos y personajes de la Antigüedad pagana llamados a testimoniar conjuntamente la venida de Cristo. Entre estos últimos, la Sibila ocupaba un lugar privilegiado. Su intervención no constituía una concesión a la tradición clásica, sino la afirmación de que toda la historia —incluida la cultura gentil— convergía providencialmente en la Encarnación.
El célebre Canto de la Sibila, conservado hasta nuestros días en diversas tradiciones litúrgicas del ámbito mediterráneo, constituye el ejemplo más conocido de esta integración. Durante la celebración navideña, una figura femenina caracterizada como Sibila anunciaba solemnemente el Juicio Final y la segunda venida de Cristo. Al finalizar el canto, comparecían los profetas para confirmar la verdad de su anuncio, estableciendo una continuidad simbólica entre la profecía bíblica y la tradición clásica.
Esta dimensión litúrgica resulta particularmente significativa para la interpretación del capitel de Jaca. La reunión de personajes pertenecientes a horizontes culturales diversos deja de parecer una anomalía cuando se contempla a la luz de una tradición que acostumbraba a representarlos conjuntamente como testigos de una misma economía de la salvación.

5. Los Oráculos Sibilinos y la unidad de la historia


Uno de los aspectos menos estudiados en relación con la iconografía románica es la influencia ejercida por los Oráculos Sibilinos sobre la construcción de determinados programas visuales. Aunque no existen pruebas que permitan establecer una dependencia directa entre estos textos y el capitel de Jaca, su estructura narrativa ofrece un marco conceptual extraordinariamente próximo al discurso que aquí se propone reconstruir.
Los libros sibilinos presentan la historia humana como un proceso unitario que comienza con la creación, continúa con la caída provocada por el pecado y culmina con la intervención definitiva de Dios mediante la venida del Mesías y el establecimiento del Juicio Universal. Entre ambos extremos se desarrolla una larga sucesión de anuncios proféticos destinados a preparar la restauración del orden perdido.
Esta concepción lineal del tiempo coincide plenamente con la interpretación cristiana de la historia elaborada por san Agustín y desarrollada posteriormente por la exégesis medieval. La humanidad aparece conducida por la Providencia desde el pecado original hasta la Redención, de modo que todos los acontecimientos adquieren sentido únicamente cuando son contemplados desde su culminación en Cristo.
Precisamente esta estructura parece organizar el programa iconográfico del capitel. La serpiente remite al origen de la historia caída. La Sibila representa la permanencia de la esperanza. Virgilio testimonia la incorporación de esa esperanza a la cultura clásica. Gabriel anuncia el momento en que la promesa se hace historia. No se trata de una simple secuencia cronológica. Se trata de una arquitectura providencial.
La composición entera parece construida para expresar que la verdad divina atraviesa las distintas edades de la humanidad sin perder nunca su continuidad.
Esta observación permite comprender un aspecto decisivo de la obra. El escultor no parece interesado en narrar episodios, le interesa representar funciones. Cada personaje ocupa un lugar porque desempeña una misión específica dentro del itinerario de la palabra revelada. Esta forma de organizar el discurso resulta plenamente coherente con la sensibilidad intelectual del siglo XII, profundamente marcada por la lectura tipológica de la Escritura y por la convicción de que la historia constituye una unidad gobernada por el plan divino.
En consecuencia, la eventual presencia de Virgilio y de la Sibila deja de depender exclusivamente de una identificación iconográfica para encontrar su justificación dentro de una concepción histórica ampliamente difundida en el pensamiento medieval.

6. Análisis iconográfico del capitel


6.1. Consideraciones metodológicas


Toda propuesta de identificación iconográfica debe partir de un principio elemental: la escultura medieval constituye un lenguaje visual sometido a convenciones propias. Sus imágenes no reproducen la realidad, sino que seleccionan aquellos rasgos considerados esenciales para expresar una determinada idea teológica. Por ello, el análisis de un personaje no puede limitarse a la enumeración de sus atributos, sino que debe atender igualmente a su posición dentro de la composición, a las relaciones que establece con las restantes figuras y a la lógica general del programa. Esta observación adquiere una importancia especial en el caso del capitel objeto del presente estudio. Ninguno de sus personajes aparece acompañado por inscripciones identificativas, circunstancia frecuente en la escultura monumental románica. La interpretación debe construirse, por tanto, mediante la convergencia de diversos indicios iconográficos cuya fuerza probatoria depende de su coherencia conjunta y no de la existencia de un único atributo inequívoco. El método seguido en las páginas siguientes responde precisamente a este criterio. Cada identificación será valorada atendiendo simultáneamente a cuatro niveles de análisis:

  1. El examen formal de la escultura.
  2. La comparación con modelos iconográficos contemporáneos.
  3. La correspondencia con las fuentes textuales medievales.
  4. La coherencia de cada figura dentro del programa iconológico reconstruido.

Solo cuando estos cuatro niveles convergen resulta legítimo proponer una identificación concreta.

6.2. La composición como unidad narrativa


Una primera observación permite distinguir este capitel de numerosas composiciones románicas basadas en la simple yuxtaposición de escenas independientes. Aquí las figuras mantienen una evidente continuidad espacial y visual. Sus miradas, gestos y direcciones de movimiento generan un recorrido que obliga al espectador a leer el conjunto como un único discurso. Nada parece dispuesto arbitrariamente. La propia distribución de las figuras revela una voluntad de ordenar la lectura de la composición.
La serpiente introduce el relato.
La figura femenina ocupa el eje articulador.
El personaje masculino recibe visualmente la atención de aquella.
Finalmente, el ángel cierra el recorrido.
La secuencia posee una direccionalidad interna perfectamente reconocible. No estamos ante cuatro personajes aislados. Estamos ante una narración conceptual. Este aspecto constituye el primer indicio de que el programa responde a un diseño intelectual previo.

6.3. La serpiente


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||       Aquí comienza el relato. Es el origen del drama de la humanidad.


Aquí comienza el relato. Es el origen del drama de la humanidad.
La identificación de la serpiente como referencia al relato del Génesis apenas plantea dificultades.
Su protagonismo, su relación con la figura femenina y el lugar que ocupa dentro de la composición remiten de forma inmediata al episodio de la tentación.
Sin embargo, reducir su significado exclusivamente al pecado original supondría empobrecer considerablemente la riqueza simbólica del conjunto.
En la cultura medieval la serpiente constituye uno de los símbolos más polisémicos heredados de la Antigüedad.
Puede representar al demonio.
Puede representar la sabiduría.
Puede representar la renovación de la vida.
Puede representar el conocimiento oculto.
Puede representar incluso la profecía.
Esta última dimensión resulta particularmente relevante.
En el santuario de Delfos la serpiente Pitón custodiaba el lugar donde la Pitia pronunciaba sus oráculos.
Aunque el cristianismo rechazó el carácter pagano de este culto, conservó el profundo valor simbólico de la serpiente como imagen de una palabra dotada de poder extraordinario.
El escultor parece servirse precisamente de esta ambivalencia. La serpiente pertenece al Génesis, pero su presencia prepara igualmente el tránsito hacia el universo oracular representado por la figura femenina. No cambia el símbolo, cambia su función: La palabra que había inducido al error será sustituida por la palabra que anuncia la restauración.
La continuidad visual entre ambos personajes constituye uno de los elementos fundamentales sobre los que descansa la hipótesis aquí propuesta.

6.4. La figura femenina


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||       Una lectura estrictamente narrativa conduciría naturalmente a reconocer en ella a Eva.


Es la palabra recibida. El punto de inflexión entre Caída y Esperanza.
La identidad de la figura femenina constituye el principal punto de inflexión de toda la interpretación.
Una lectura estrictamente narrativa conduciría naturalmente a reconocer en ella a Eva, sin embargo, diversos elementos invitan a considerar una solución más compleja. Su actitud no responde al modelo habitual de la mujer sorprendida en el acto de la tentación. La disposición corporal, la relación establecida con la serpiente y determinados atributos asociados a la fecundidad parecen desplazar el centro del episodio desde la desobediencia hacia la recepción de un mensaje.
Esta observación resulta particularmente significativa cuando se compara con la tradición iconográfica de la Sibila.
Desde la Antigüedad tardía, la profetisa aparece frecuentemente caracterizada como una mujer vinculada a la naturaleza, depositaria de una sabiduría inspirada y mediadora entre el mundo humano y la voluntad divina que escribía sus vaticinios y respuestas en hojas de árboles colocadas a la entrada de su cueva, donde las corrientes de viento entendidas como el soplo divino de Apolo, movían y desplazaban interpretando el destino a través de ellas.
La recepción medieval acentuó todavía más esta dimensión profética. La Sibila dejó de representar exclusivamente una sacerdotisa pagana para convertirse en una figura capaz de anunciar el nacimiento de Cristo y el Juicio Final.
En consecuencia, la identificación propuesta no pretende sustituir a Eva por la Sibila, sino que propone reconocer una construcción tipológica mucho más elaborada. La mujer sintetiza ambas tradiciones. Es Eva porque representa el comienzo de la historia humana. Es Sibila porque introduce la promesa de su restauración.
Lejos de resultar contradictoria, esta doble identidad responde plenamente al pensamiento tipológico medieval, acostumbrado a superponer diversos niveles de significado sobre una misma imagen.

6.5. La ofrenda del ave


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||       La presencia de un ave sostenida por uno de los personajes.

Uno de los detalles más llamativos del capitel es la presencia de un pequeño ave sostenida por uno de los personajes.
Tradicionalmente este motivo ha sido interpretado de formas diversas, sin que ninguna explicación haya conseguido integrar satisfactoriamente su significado dentro del conjunto.
La hipótesis desarrollada en este estudio permite atribuirle una función mucho más precisa.
En el mundo antiguo las consultas oraculares iban frecuentemente acompañadas de ofrendas destinadas a la divinidad. El cristianismo conocía igualmente la importancia simbólica de determinadas aves dentro del ritual sacrificial.
Especialmente significativa resulta la ofrenda de las dos tórtolas o dos pichones prescrita por la Ley mosaica para la purificación después del parto (Levítico 12,8), cumplida por José y María durante la Presentación de Jesús en el Templo (Lucas 2,24).
No se propone aquí una dependencia directa entre ambos rituales, lo que interesa subrayar es la posibilidad de que el escultor establezca deliberadamente una analogía entre el sacrificio veterotestamentario y la tradición oracular cristianizada.
La ofrenda deja de pertenecer exclusivamente al ámbito pagano quedando integrada dentro del proceso providencial que conduce hacia Cristo.
Este procedimiento responde exactamente a la lógica apologética desarrollada durante siglos por la patrística: asumir determinados elementos de la cultura antigua para reinterpretarlos desde la economía de la salvación.

6.6. El personaje masculino


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||     Actitud serena, dignidad de su porte y carácter intelectual de su presencia


Virgilio. La transmisión de la profecía al mundo clásico.
Es en esta figura donde converge toda la argumentación desarrollada hasta ahora.
Desde un punto de vista estrictamente formal, el personaje aparece diferenciado del resto por su actitud serena, por la dignidad de su porte y por el carácter intelectual de su presencia dentro de la composición.
No participa en ninguna acción violenta.
No combate.
No bendice.
No realiza gesto litúrgico alguno.
Su función parece residir exclusivamente en su autoridad.
Precisamente esta singularidad ha dificultado tradicionalmente su identificación. Sin embargo, cuando la figura se analiza dentro del contexto reconstruido en los capítulos precedentes, comienza a adquirir una notable coherencia.
Si la mujer representa la Sibila cristianizada, la presencia de Virgilio deja de ser una posibilidad remota para convertirse en la consecuencia natural del programa.
Durante toda la Edad Media ambos personajes constituyen una pareja inseparable.
Virgilio transmite el anuncio pronunciado por la Sibila.
La Sibila confiere legitimidad profética a la autoridad del poeta.
Ambos aparecen unidos en la tradición literaria, en la exégesis y, posteriormente, en numerosas representaciones monumentales.
La incorporación de Virgilio a un programa escultórico románico no significaría, por tanto, la introducción de un personaje pagano extraño al cristianismo, sino la representación del más prestigioso testigo de la sabiduría antigua incorporada al designio providencial.
Su presencia posee además una función estructural.
No anuncia.
No interpreta.
No cumple la profecía.
La conserva.
La transmite.
La convierte en patrimonio cultural del Occidente latino.
Por ello comparte lugar con la Sibila y Gabriel, pues aunque no pertenece plenamente al tiempo de la promesa ni tampoco pertenece todavía al tiempo del cumplimiento, representa el puente entre ambos. Y precisamente esa función explica su necesidad dentro del programa.

6.7. El arcángel Gabriel y la culminación del discurso profético


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca

|||||||      Gabriel. El cumplimiento de la revelación, de la Profecía: caída- profecía- tradición-
cumplimiento.

La última figura del capitel ocupa una posición decisiva dentro de la composición. Su función no consiste únicamente en cerrar visualmente la secuencia, sino en conferir sentido retrospectivo al conjunto del programa iconográfico. Si la identificación propuesta resulta correcta, la presencia del arcángel Gabriel constituye el momento en que la palabra anunciada desde el inicio de la historia alcanza finalmente su cumplimiento.
En la tradición bíblica, Gabriel aparece siempre vinculado a la revelación de acontecimientos decisivos para la historia de la salvación. En el libro de Daniel (Dn 8,16; 9,21-27) interpreta las visiones proféticas relativas al futuro de Israel; en el Evangelio de Lucas anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista (Lc 1,11-20) y comunica a María el misterio de la Encarnación (Lc 1,26-38). En todos estos episodios desempeña una misma misión: revelar el momento en que el designio divino entra de manera visible en la historia.
La teología medieval concedió a Gabriel un papel privilegiado como mensajero de la Encarnación y heraldo de la consumación escatológica. Aunque su atributo más difundido en la iconografía occidental es el lirio de la Anunciación, también aparece asociado, en determinados contextos, a la trompeta del Juicio Final y, de forma más excepcional, a la espada. Lejos de constituir atributos inconexos, todos ellos expresan distintas manifestaciones de una misma función: anunciar y hacer eficaz la palabra de Dios.
En la exégesis medieval, la espada simboliza con frecuencia la fuerza irresistible de la palabra divina. El Apocalipsis describe al Cristo glorioso con una espada de doble filo que sale de su boca (Ap 1,16; 19,15), imagen que los comentaristas interpretaron como representación del juicio pronunciado por el Verbo. Cuando la iconografía atribuye este símbolo a Gabriel, no lo convierte en un guerrero, sino en el heraldo de una palabra cuyo veredicto resulta definitivo e inapelable.
Esta dimensión resulta especialmente significativa para la interpretación del capitel. Si la espada constituye efectivamente uno de los atributos representados, su presencia no remite a un combate, sino a la proclamación del cumplimiento escatológico de las antiguas profecías. Gabriel no introduce una revelación distinta de la anunciada por la Sibila o anticipada por Virgilio; confirma que el tiempo de la espera ha concluido y que la promesa entra definitivamente en la historia.
La posición terminal del arcángel dentro de la composición refuerza esta lectura. La secuencia no concluye con un personaje humano, sino con un mensajero celestial. El recorrido visual abandona progresivamente el ámbito de la palabra inspirada y alcanza la autoridad directa de Dios. La arquitectura del discurso queda así cerrada con una lógica rigurosamente coherente: la historia comienza con una palabra pronunciada por la serpiente y termina con la palabra pronunciada por el mensajero divino.
Desde esta perspectiva, Gabriel no representa únicamente la Anunciación. Representa el cumplimiento de toda la economía profética.

7. La cadena de la profecía: reconstrucción del programa iconológico


Capitel de la profecía_Jaca_Huesca


Los análisis precedentes permiten formular la hipótesis central de este trabajo. El capitel no parece responder a una mera acumulación de escenas o personajes de procedencia diversa, sino a un programa iconológico unitario cuya coherencia depende de la función desempeñada por cada figura dentro de un mismo discurso teológico.
El elemento organizador de la composición no es la cronología, sino la transmisión progresiva de la palabra revelada. Cada personaje constituye un eslabón dentro de una cadena que conduce desde el origen del pecado hasta la consumación de la Redención.
La serpiente inaugura el relato mediante una palabra ambigua. Su discurso introduce la ruptura entre Dios y el hombre, pero al mismo tiempo sitúa el escenario donde comienza la historia de la salvación. La caída constituye el punto de partida indispensable para comprender toda la economía posterior de la Redención.
La figura femenina, identificada aquí con una síntesis tipológica entre Eva y la Sibila, representa el tránsito entre el drama del pecado y la esperanza de la restauración. Como Eva, permanece ligada al origen de la humanidad caída; como Sibila, anticipa el anuncio de un futuro Mesías. La escultura concentra así en una sola imagen el paso de la culpa a la esperanza.
Virgilio ocupa el tercer momento del discurso. Su función no consiste en profetizar de manera autónoma, sino en asumir y transmitir la tradición profética dentro del horizonte intelectual de la cultura clásica. El poeta representa la incorporación providencial de la sabiduría gentil al plan divino. La autoridad de Roma queda así subordinada a la verdad del Evangelio sin perder por ello su dignidad cultural.
Finalmente, Gabriel proclama el cumplimiento de cuanto había sido anunciado. En él desaparece toda ambigüedad. La palabra deja de ser promesa para convertirse en acontecimiento. La Encarnación inaugura el tiempo nuevo y orienta simultáneamente la mirada hacia la consumación escatológica del Juicio Final.
La estructura resultante puede representarse del siguiente modo:

FIGURA

FUNCIÓN TEOLÓGICA

MOMENTO DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

 

 

 

Serpiente

Introducción del pecado y de la palabra ambigua

La Caída

Eva-Sibila

Anuncio de la restauración

La Promesa

 

Virgilio

Transmisión providencial de la profecía a la

Cultura Clásica

La Espera

Gabriel

Proclamación del cumplimiento

La Encarnación y el Juicio



La coherencia de esta secuencia permite comprender por qué el escultor reunió personajes aparentemente heterogéneos dentro de una misma composición. No los une su origen cultural, sino la misión que desempeñan en la economía de la salvación.
Esta lectura encuentra además un sólido paralelismo en la concepción medieval de la historia. Para los grandes autores del siglo XII, la Providencia no actuaba únicamente sobre el pueblo de Israel, sino sobre la totalidad de la humanidad. La historia pagana, correctamente interpretada, constituía también una preparación para Cristo. En consecuencia, la presencia de Virgilio y de la Sibila dentro de un programa cristiano no representaba una anomalía, sino una manifestación particularmente elaborada de la teología de la historia desarrollada por la exégesis medieval.
Desde esta perspectiva, el capitel puede entenderse como una síntesis visual de la pedagogía divina. Dios conduce progresivamente a la humanidad mediante una sucesión de mediaciones cuya finalidad última consiste en preparar la plena revelación del Verbo encarnado. La escultura no narra episodios; representa el modo en que la historia adquiere sentido a través de la Revelación.
Esta interpretación permite explicar simultáneamente la presencia de la serpiente, la singularidad de la figura femenina, la posible identificación de Virgilio y la función conclusiva del arcángel Gabriel. Ninguno de estos elementos resulta suficiente por separado; es su articulación dentro de un único sistema de significado lo que otorga consistencia a la hipótesis aquí defendida.

8. Discusión: hacia una nueva lectura iconológica del capitel


La interpretación propuesta en este estudio no pretende negar el valor de las investigaciones precedentes, sino replantear el problema desde una perspectiva distinta.
La mayor parte de los trabajos dedicados a este capitel han concentrado sus esfuerzos en identificar individualmente las figuras representadas o en establecer paralelos iconográficos para determinados atributos. Este procedimiento ha permitido realizar observaciones de gran interés, pero ha dejado sin resolver una cuestión esencial: la lógica interna que explica la reunión de personajes tan heterogéneos en una misma composición.
La dificultad deriva, en gran medida, de un presupuesto metodológico. Cuando cada figura se interpreta de forma aislada, el programa escultórico acaba fragmentándose en una sucesión de episodios cuya relación mutua resulta difícil de justificar. Por el contrario, si se parte de la hipótesis de que el capitel responde a un diseño iconológico unitario, la identidad de cada personaje pasa a depender de la función que desempeña dentro del conjunto.
Este cambio de perspectiva modifica sustancialmente el alcance de la interpretación. La cuestión deja de ser exclusivamente quién es cada personaje para convertirse en otra más amplia: ¿Qué discurso construyen conjuntamente?
La respuesta que aquí se propone consiste en reconocer una estructura organizada mediante una sucesión de mediadores de la palabra profética. Esta secuencia permite explicar de manera coherente la presencia simultánea de motivos veterotestamentarios, personajes procedentes de la tradición clásica y figuras pertenecientes al Nuevo Testamento sin recurrir a yuxtaposiciones arbitrarias.
En este contexto adquiere especial relevancia la identificación del personaje masculino con Virgilio. Considerada aisladamente, esta propuesta podría parecer una simple posibilidad iconográfica entre otras. Sin embargo, integrada en el conjunto del programa, deja de ser una identificación independiente para convertirse en la pieza que articula la continuidad entre la profecía pagana cristianizada y su cumplimiento evangélico.
Precisamente ésta constituye la principal diferencia respecto de otras interpretaciones posibles. La hipótesis no se sostiene porque exista un atributo exclusivo de Virgilio, sino porque su presencia explica la totalidad de la composición con un grado de coherencia superior al ofrecido por otras identificaciones.
Desde un punto de vista metodológico, éste constituye un criterio ampliamente aceptado en iconología. Las identificaciones no dependen únicamente de semejanzas formales, sino también de la capacidad de integrar todos los elementos de una obra dentro de una estructura significativa única.
En consecuencia, la propuesta aquí defendida debe valorarse como una hipótesis interpretativa cuya principal fortaleza reside en su poder explicativo. No pretende ofrecer una certeza absoluta —objetivo inalcanzable en ausencia de testimonios documentales directos—, sino construir un modelo histórico verosímil capaz de dar razón del conjunto de la evidencia disponible.

La pedagogía providencial como principio organizador


La reconstrucción realizada permite reconocer un aspecto que, hasta donde alcanza nuestro conocimiento, no había sido formulado expresamente para este capitel.
La composición parece responder a una concepción providencial de la historia.
No se trata únicamente de una sucesión de anuncios mesiánicos.
Se trata de una representación visual del modo en que Dios conduce progresivamente a la humanidad hacia la plenitud de la Revelación.
La serpiente introduce la fractura original.
La Sibila mantiene viva la esperanza incluso fuera de Israel.
Virgilio incorpora esa esperanza al patrimonio intelectual de la Antigüedad.
Gabriel proclama el cumplimiento definitivo de la promesa.
La historia aparece así concebida como una continuidad y no como una suma de episodios independientes.
Esta concepción coincide plenamente con la exégesis desarrollada durante los siglos XI y XII. La historia universal se entendía como una única economía de la salvación, dentro de la cual cada acontecimiento encontraba su verdadero significado únicamente a la luz de Cristo.
En consecuencia, el capitel no estaría ilustrando un episodio concreto del Génesis, de la Eneida o del Evangelio, sino una idea mucho más ambiciosa: la unidad providencial del tiempo.

La integración de la Antigüedad clásica


Otro de los aspectos que la presente interpretación permite comprender con mayor claridad es la presencia de referencias clásicas dentro de un contexto plenamente cristiano.
La cultura medieval no incorporó a Virgilio porque admirara el paganismo. Lo incorporó porque creyó descubrir en él una preparación providencial del cristianismo. La misma lógica explica la presencia de la Sibila en la liturgia, en la escultura monumental y en los grandes ciclos iconográficos del Occidente medieval.
El programa del capitel participa precisamente de esta tradición. No yuxtapone dos culturas. Representa una única historia.
La Antigüedad clásica aparece subordinada a la historia de la salvación sin perder por ello su prestigio intelectual.
Esta síntesis constituye una de las características más originales del pensamiento medieval y explica la extraordinaria naturalidad con la que un poeta latino podía aparecer representado en un claustro románico sin que ello supusiera contradicción alguna con la doctrina cristiana.

Un programa para un gran claustro


La interpretación propuesta invita igualmente a reconsiderar el desaparecido claustro de la catedral de Jaca. Si un solo capitel manifiesta un grado tan elevado de elaboración conceptual, resulta razonable pensar que el conjunto respondía a un programa iconográfico cuidadosamente planificado.
La historiografía reciente ha insistido repetidamente en la existencia de proyectos unitarios en los grandes claustros románicos europeos. Jaca difícilmente habría constituido una excepción.
La calidad escultórica de las piezas conservadas, la sofisticación de sus recursos iconográficos y el contexto intelectual de la sede episcopal permiten pensar en un proyecto de gran ambición teológica.
La pérdida del claustro impide reconstruirlo íntegramente. Sin embargo, cada uno de los capiteles conservados constituye un fragmento de ese discurso desaparecido.
El presente estudio propone que este elemento escultórico que avanzamos en denominar como Capitel de la Profecía, representa uno de los núcleos conceptuales de aquel programa: la continuidad de la Revelación desde el Génesis hasta Cristo mediante una cadena de mediadores que une la tradición bíblica con la herencia clásica cristianizada.

9. Conclusiones


El análisis realizado permite proponer una nueva lectura del capitel procedente del antiguo claustro de la catedral de Jaca, basada en la consideración de la obra como un programa iconológico unitario y no como una simple acumulación de escenas independientes.
La principal aportación del presente estudio consiste en desplazar el eje de la interpretación desde la identificación aislada de los personajes hacia la reconstrucción del discurso teológico que articula toda la composición.
Desde esta perspectiva, la serpiente, la figura femenina, el personaje masculino y el arcángel Gabriel no representan episodios inconexos, sino las distintas etapas de un mismo proceso histórico y espiritual: la transmisión progresiva de la palabra profética desde el origen del pecado hasta el cumplimiento de la Redención.
La identificación de la figura masculina con Virgilio constituye una consecuencia de esta reconstrucción y no su punto de partida. El poeta latino adquiere pleno sentido únicamente cuando se integra dentro de una secuencia en la que la Sibila representa la tradición profética pagana cristianizada y Gabriel proclama el cumplimiento definitivo de aquello que ambos habían anunciado.
La originalidad del programa radicaría precisamente en esta integración de la Antigüedad clásica dentro de una visión providencial de la historia. Lejos de representar un simple préstamo cultural, Virgilio y la Sibila aparecen incorporados a una arquitectura teológica donde toda verdad auténtica encuentra su origen y su culminación en Cristo.

En consecuencia, el capitel puede interpretarse como una síntesis visual de una de las ideas fundamentales del pensamiento medieval: la unidad de la historia de la salvación.
La Revelación no pertenece exclusivamente a un momento determinado ni a un único pueblo, sino que se manifiesta progresivamente mediante una pluralidad de mediaciones cuya convergencia alcanza su plenitud en la Encarnación.
Naturalmente, esta propuesta debe entenderse como una hipótesis iconológica. La ausencia de testimonios documentales directos impide atribuir un carácter definitivo a cualquiera de las identificaciones planteadas. Sin embargo, el modelo interpretativo aquí desarrollado presenta una notable capacidad para explicar de manera integrada la totalidad de los elementos figurativos conservados y resulta plenamente compatible con el horizonte intelectual y teológico de la Jaca del siglo XII. Si futuras investigaciones, apoyadas en nuevos estudios comparativos y en un examen más amplio del conjunto escultórico jaqués, confirmaran la plausibilidad de esta lectura, el capitel dejaría de ser una pieza enigmática dentro del románico hispano para revelarse como una de las formulaciones más elaboradas de la relación entre tradición clásica y pensamiento cristiano en la escultura monumental medieval.
Finalmente, el presente trabajo pretende abrir una línea de investigación más que cerrarla. La reconstrucción propuesta invita a reconsiderar no solo este capitel, sino el conjunto del desaparecido claustro de Jaca como un programa de extraordinaria densidad intelectual, concebido para expresar mediante la piedra la continuidad providencial de la historia desde el Génesis hasta la consumación escatológica.

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Bibliografía consultada

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—CASTIÑEIRAS, Manuel (2007): “Serafín Moralejo y la procesión de los profetas en el pórtico de la gloria”, Ordo Prophetarum: frama litúrxico do século XII, Consello da Cultura Gallega, Santiago de Compostera, pp. 27-30).

—GÓMEZ MUNTANÉ, M. Carmen (2007): “Del Iudicii signum al canto de la sibila: primeros testimonios”

—MANZARBEITIA VALLE, Santiago (2018): “Iconografía e iconología de la sibila”, Revista Digital de Iconografía Digital, nº19, pp. 47-63

—PINTOS, Mercedes: “El desfile de los profetas”, Revista Románico nº6, junio 2006, pp 42-48.

—PONS PONS, Guillermo (2011): “La Egloga IV de Virgilio y san Agustín”, Revista agustiniana, nº52 (159), pp. 747-774

—VALTIERRA, Ana: “La sibila de Cumas: Revalorización y cristianización medieval de una iconografía de origen romano”.


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7 comentarios en el blog:

  1. Para los amantes del Románico abrimos este interesante ensayo, que nos hacen llegar los miembros de Salud y románico entre los que se encuentra nuestro colaborador Manuel Gila Puertas "Mongui", autor de la Gran Guía de Templos Románicos, a la que regresamos el primero de septiembre.

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  2. Manuel Martín | Valladolid03 septiembre, 2026 11:00

    Muy interesante.

    ResponderEliminar
  3. Vuestro estudio resulta sugerente y ofrece una explicación alternativa a interpretaciones anteriores . No pretende convertir vuestra propuesta en una certeza sino abrir otra vía de lectura . La relación del capitel con Virgilio ,la tradición sibilina y el pensamiento cristiano propone una lectura coherente que intenta no sólo descubrir quiénes son las figuras representadas sino qué operación intelectual realiza el programa al unirlas.
    Un estudio bien planteado,documentado y con una hipótesis sugerente.
    Gracias por compartirlo

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  4. Exactamente esa era la intención. Gracias, Marga por comprenderlo.

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    Respuestas
    1. A vosotros por vuestra dedicación a profundizar y encontrar los mensajes generalmente ocultos del románico .

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