100 DOSIS DE AMOR [96] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Debo aprovechar estas últimas dosis. Debo esmerarme para llegar a esta última hoja del cuaderno. Quedan ya pocos días para un año nuevo, que quiere decir más de lo mismo, porque no es una fecha en el calendario lo que modificará la situación que padecemos. Todo el mundo está pendiente de las uvas, del traje, del reloj. Ninguno de esos solemnes fastos cambiará el mundo. Y no me refiero a la bola del mundo, a los Continentes, a los Estados, a los Gobiernos. No. Me refiero a nuestro mundo, a nuestra ciudad, a nuestro pueblo. Cambiar nosotros, nuestra actitud, nuestra disposición. Y amar, por descontado, amar siempre, a cualquier precio. Eso es lo único que puede cambiar la vida en nuestro entorno, lo único que puede contagiarnos de una nueva ilusión. Lo único que merece la pena. Lo único que de verdad importa para seguir en el camino de la vida.



Tierra sin futuro

Miren, yo tengo muy claro que Palencia es lo mejor que me ha podido suceder. Sé desde hace tiempo que todo aquello que nuestros políticos nos han negado, desarrollo, nivel de vida, reconocimiento institucional, influencia, nos lo ha compensado Dios con generosidad. Y meto a Dios en esto con ganas, porque sí, porque me gusta llevar la contraria a la sociedad biempensante y ser políticamente incorrecto.



Miren, yo tengo muy claro que Palencia es lo mejor que me ha podido suceder_Pedro de Hoyos

Y nos lo ha compensado con tierras y paisajes de ensueño, que en manos más acertadas y capacitadas arrastrarían multitud de beneficios, pero nos gobiernan (y se les oponen) gentes incapaces o que tienen las manos atadas, me da igual. El caso es que pocas cosas hay más embriagadoras en Castilla que ver un amanecer de primavera desde un otero del Cerrato, comprobando como con el paso de los minutos la niebla se va disipando y en el fondo del valle aparece, difuminado al principio, brillante al final, uno de tantos pueblos dulces e hipnotizadores pero de los que el futuro ha salido huyendo hace varias décadas. Contemplar cómo las sombras van desapareciendo y cómo la torre de la parroquia aparece diáfana sobre el caserío al mismo tiempo que la voz del último niño llama a su madre y ver los tractores salir a las tierras, es sentirse en contacto con la naturaleza y gozar de sus mimos maternales y de su protección segura. El sur de la provincia es un homenaje a la historia, a la naturaleza, a nuestros antepasados, al esfuerzo, a la vida, a nosotros mismos.

Pero dejando atrás Ampudia y sus recatadas calles, o Cevico o Baltanás, la ciclópea Tierra de Campos, ese pelado horizonte infinito donde los godos aposentaron sus reales, sigue siendo una experiencia catedralicia, una existencia de sillares y adobes, de vientos gélidos o asfixiantes, hecha solo para superhombres. Y para supermujeres, lo digo para que no se me cabree el tonto de todas las semanas. Atravesar Tierra de Campos es duro, una experiencia casi mística, comparable a los grandes éxodos por los desiertos de los pueblos epopéyicos. La recompensa está en la mirada sin fin, la ausencia de límites y, pronto, en el dibujo aterciopelado que lenta y enternecedoramente va apareciendo en el límite norte. La montaña palentina exhibe su imponente estructura desde bien lejos y es un referente ético, moral y estético para el viajero. En medio, las tierras frescas y feraces de Boedo, Valdavia y Ojeda, que entretienen al viajero con arroyos y bosquecillos que juegan al escondite o al corre que te pillo con arquivoltas, canecillos y capiteles románicos.

Y detrás está Cervera, recientemente titulado El pueblo más bonito, en una montaña palentina llena de pueblos y ciudades bonitos, de ríos y arroyos seductores, de valles y montañas con ese encanto especial que solo conservan quienes saben ser bellos sin petulancia. Solo la belleza en humildad sabe conquistar, solo la belleza con discreción sabe enamorar, a lo demás llámenlo sexo de pago.

Les confieso que me gustaría ser bígamo, que estoy casado con quien conmigo va desde hace más de treinta años pero que me gustaría casarme con La Pernía, con Campoo, con Valdivia. Les confieso que mantengo un romance eterno con Cervera desde que paseé bajos sus soportales hospitalarios e impasibles cuando la más pura infancia. Cervera es un regalo, otro como Aguilar, que Cantabria hizo a Palencia, quizá porque, no lo olviden, Cantabria fue Castilla y puerto de Castilla hasta que alguien prefirió que fuese cabeza de ratón.

Palencia es una tierra de hermosura con título oficial, de belleza con premio organizado, de galanura con pancarta, como esa que acaban de otorgar a Cervera, pero que ha tenido la desgracia de caer en tierra olvidada, de caer en manos torpes, de caer en gentes sin poder ni influencia, de caer en ninguna parte. A Palencia, lo mejor que me ha podido pasar en esta vida, le habría ido mejor de haber caído en Cataluña o en Baviera, o en… Nos sobra historia, nos sobra belleza, nos sobra elegancia, pero nos falta industria, nos faltan proyectos, nos falta gente, nos falta poder, nos falta decisión. Futuro.

Por Twitter me tienen, señores, aún algo deprimido y malhumorado, en tuiter sigo a su disposición. @pedrodehoyos se despide hasta la semana que viene, si seguimos aquí.

Actualización feb2026 | 💥+1533 |👀






Es Palencia; es Castilla, oiga

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