
Sabed que no hay mayor desventura que ignorar lo propio, pues tal ceguedad allana el camino a cuantas ideas, modas y zarandajas nos llegan de otros pagos.
No porque sean malas en sí, que no todo lo forastero es pernicioso, sino porque, hallando la casa sin cimiento firme, entran como mercachifle en feria y se aposentan sin recato. Eso dice Tiburcio, añadiendo que, en esta Castilla y León nuestra, donde la prisa nunca fue virtud, lo que antaño tuvo enjundia y asiento se nos va tornando en cosa desvaída. Que no hay quiebra ni algarada, sino una suerte de descaecimiento manso, como de pan candeal que se torna duro antes de tiempo. Y así, lo que era sustancia se muda en mixtura, en ese menjurje sin fuste ni meollo que no alimenta, aunque se trasmute en lorzas del saber casero. Bien. Hase predicado, con voz engolada y aparato de fundación, que abrir la mollera es señal de seso y que todo ha de mezclarse en aras de modernidad. Y uno, que no es lerdo, lo concede. Mas en tal doctrina se desliza una treta: confundir la apertura con la renuncia, como si para acoger lo ajeno hubiésemos de desleír lo nuestro hasta no reconocerlo ni en lienzo de altas miras. Véase luego el ardid mayor: la identidad de la patria chica no muere -que sería afrenta notoria-, sino que queda reducida a cumplido de víspera. Se la saca a pasear en días de boato, se la nombra de refilón y presto se la devuelve al arcón, no vaya a ser que parezca rancio. Tal disimulo, que algunos llaman fineza, no es sino desabrimiento exento de todo pudor. Reza pues, para sus adentros descarnados, por la pena que no se aboga aquí por cerrazón ni por alzar tapias contra el mundo. Que bien está la puerta abierta y mal derribar la teja. Que lo propio, cuando se conoce y se ejerce con naturalidad, no riñe con lo de otros. Todo lo contrario; antes convive y aun lo sazona. El mal comienza cuando el global se vuelve canje y cambalache y nada queda que no pueda trocarse por su contrario. Así concluye su filípica nuestro amigo del alma, con sorna salpimentada: quien no guarda su nombre, acaba respondiendo al de cualquiera. Y entonces, sin estruendo ni duelo, lo de aquí se nos despeina como azucarillo en agua tibia. Lo demás, por indolencia, será coser y cantar. Va.

Actualización may2026 | 💥+333 👀
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Bien sabe nuestro amigo Tiburcio de lo que habla, bien; él que nació en el pueblo que tanto quiere, para que ahora vengan otros a venderle lo ajeno como de mejor condición. No, que a él no le engañan. Él fiel a lo suyo y a su condición de habitante del lugar, cada tarde en el café de reunión amigable con los suyos. Saludos.
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