San Pelayo de Perazancas de Ojeda
Lo que voy a contar empezó el 2 de junio, a punto de ser vencida la tarde, con el sol ocultándose tras las lomas que separan el valle del Burejo y el de Maderano. Recuerdo la fecha porque hace 48 años, ese día, una maestra, recién estrenado pueblo y profesión, y yo empezamos a recorrer el camino del amor en un lugarejo perdido de nuestra montaña, Villaverde de la Peña, adonde habíamos subido a bailar pues era su fiesta o algo parecido. Y, frecuentemente, si estábamos libres de compromisos, hacemos un recorrido por aquellos parajes y recalamos en el Bar del Sevillano de Cervera de Pisuerga que es donde, en realidad, tuvo nacimiento la aventura.
Este año repetimos el recorrido, sentimental, añorante y masoquista, para contemplar esos pueblos que fueron vida y donde, cada vez, duele más el pisar sus calles. En Cubillo de Ojeda, aldea en la que tenía escuela aquella maestra que me enamoró, la ruina es especialmente dolorosa –¡y mira que era airosa para ese pueblo tan menudo aquel edificio cuando se levantó!– porque nadie ha querido cerrar sus ventanas y, así, la ruina le viene desde dentro y fuera. Y, en Perazancas, la que fue mi escuela es hoy un pequeño museo en el que se guardan aperos y objetos de oficios desaparecidos y ayer necesarios, para subsistir.
De regreso a casa, y a poco más de un km. del pueblo donde durante tres años fui maestro de su escuela de niños, hasta 52 de éstos la llenaron- al pasar por frente a la ermita de San Pelayo, algo como un puñetazo profundo, me entró por los ojos hasta llegar al alma. ¡Mira, Carmen, el ábside de San Pelayo sostenido por maderos! No quise parar pues ya había –en otro tiempo– llorado bastante. El primer llanto me salió en el mes de abril de 1960, que es cuando las nubes lloraban sobre los campos. Al llegar a la ermita, llave en mano, dejada por el cura D. Indalecio, abrí la puerta –no vas a ver nada– me había dicho, y contemplé, atónito, las pinturas del s. XII que imaginaba impresionantes. ¡Dios! ¿Y por esto había yo elegido Perazancas de Ojeda como primer destino de maestro nacional? Lloré de rabia y de impotencia maldiciendo el tiempo, tan poco respetuoso con lo humilde. Porque el templo lo era. Cuanto fuera un gran monasterio, del que existen documentos solo quedaba la mínima compostura de un ábside lombardo-catalán construido en 1076, es decir, a la vez que San Martín de Frómista o San Salvador de Nogal de las Huertas, románico primerizo de Palencia, sostenido por cuatro –y no enteros– paredones en uno de los cuales se abría una puertuca cuyas jambas coronaban sendos capiteles mozárabes traídos –supone García Guinea– del primitivo monasterio de Cozuelos o del antiguo de San Pelayo. El ábside, en su interior, presentaba restos de una composición típica románica con su pantocrátor y sus estaciones temporales. El resto estaba cubierto por una capa basta de pintura aldeana hecha –seguramente por lo barato– de cal y azulete de lavar atravesada en vertical y horizontal por rectas blancas parodiando perfectamente piedras talladas. Y bien lisa porque antes lo que sonaba a hueco, había sido picado y rellenado con yeso.
Pero la ermita es Historia. Historia que a nadie importa y se puede caer, qué más da, si no va a pasar nada. Cosas más gordas ocurrieron por aquí como, por ejemplo, la venta por 20 duros del siglo XIX, eso sí, del primer Beato que poseía el monasterio de San Andrés de Arroyo y, hoy, es propiedad de la Biblioteca Nacional de París, o el desaparecido relieve de una piedra del interior de la ermita de La Encina, de Moarves, del que solo da constancia de existencia una fotografía de García Guinea en su libro “El románico en Palencia”.
Otro llanto me brotó una noche de vinos en la cantina de Lorenzo, cuando un viejo de barbas venerables, el señor Macario, me comentó que en el año 1931, con motivo de la declaración de la ermita como Monumento Nacional, entre el cura y el alcalde de entonces –no me quiso decir sus nombres –porque vivían en el pueblo familiares de éste- decidieron, por temor a que se llevaran las pinturas o vaya usted a saber qué, cometer –en lugar sagrado– un sacrilegio artístico. El alcalde, oiga, podía ser analfabeto, pero al cura se le suponen, como al soldado el valor, unos estudios de arte en el seminario, y de respeto, por sentido común, ante lo viejo. Parece ser que allí solo importaba la imagen de bulto de San Pelayo para la celebración de una fiesta con procesión el día 26 de junio. Esta ermita es para mí un lugar especialmente querido porque junto a sus muros, o a la sombra del silvestre saúco -ahora hay unos árboles jardinescos y domésticos -escribí más de un poema, o visitaba –en buen tiempo– cuando camino de un robledo cercano, salía de la escuela a descansar el alma y el cuerpo. Y menudo susto nos llevamos una víbora y yo un día en el que bajo los robles nos descubrimos –los dos tendidos en el suelo, ella por obligación y yo por descanso– que nos hizo saltar en direcciones contrarias. Ya no volví al robledo.
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| | Ermita de San Pelayo, Perazancas de Ojeda | Imágenes, José Luis Estalayo |
De regreso a casa, y a poco más de un km. del pueblo donde durante tres años fui maestro de su escuela de niños, hasta 52 de éstos la llenaron- al pasar por frente a la ermita de San Pelayo, algo como un puñetazo profundo, me entró por los ojos hasta llegar al alma. ¡Mira, Carmen, el ábside de San Pelayo sostenido por maderos! No quise parar pues ya había –en otro tiempo– llorado bastante. El primer llanto me salió en el mes de abril de 1960, que es cuando las nubes lloraban sobre los campos. Al llegar a la ermita, llave en mano, dejada por el cura D. Indalecio, abrí la puerta –no vas a ver nada– me había dicho, y contemplé, atónito, las pinturas del s. XII que imaginaba impresionantes. ¡Dios! ¿Y por esto había yo elegido Perazancas de Ojeda como primer destino de maestro nacional? Lloré de rabia y de impotencia maldiciendo el tiempo, tan poco respetuoso con lo humilde. Porque el templo lo era. Cuanto fuera un gran monasterio, del que existen documentos solo quedaba la mínima compostura de un ábside lombardo-catalán construido en 1076, es decir, a la vez que San Martín de Frómista o San Salvador de Nogal de las Huertas, románico primerizo de Palencia, sostenido por cuatro –y no enteros– paredones en uno de los cuales se abría una puertuca cuyas jambas coronaban sendos capiteles mozárabes traídos –supone García Guinea– del primitivo monasterio de Cozuelos o del antiguo de San Pelayo. El ábside, en su interior, presentaba restos de una composición típica románica con su pantocrátor y sus estaciones temporales. El resto estaba cubierto por una capa basta de pintura aldeana hecha –seguramente por lo barato– de cal y azulete de lavar atravesada en vertical y horizontal por rectas blancas parodiando perfectamente piedras talladas. Y bien lisa porque antes lo que sonaba a hueco, había sido picado y rellenado con yeso.
Pero la ermita es Historia. Historia que a nadie importa y se puede caer, qué más da, si no va a pasar nada. Cosas más gordas ocurrieron por aquí como, por ejemplo, la venta por 20 duros del siglo XIX, eso sí, del primer Beato que poseía el monasterio de San Andrés de Arroyo y, hoy, es propiedad de la Biblioteca Nacional de París, o el desaparecido relieve de una piedra del interior de la ermita de La Encina, de Moarves, del que solo da constancia de existencia una fotografía de García Guinea en su libro “El románico en Palencia”.
Otro llanto me brotó una noche de vinos en la cantina de Lorenzo, cuando un viejo de barbas venerables, el señor Macario, me comentó que en el año 1931, con motivo de la declaración de la ermita como Monumento Nacional, entre el cura y el alcalde de entonces –no me quiso decir sus nombres –porque vivían en el pueblo familiares de éste- decidieron, por temor a que se llevaran las pinturas o vaya usted a saber qué, cometer –en lugar sagrado– un sacrilegio artístico. El alcalde, oiga, podía ser analfabeto, pero al cura se le suponen, como al soldado el valor, unos estudios de arte en el seminario, y de respeto, por sentido común, ante lo viejo. Parece ser que allí solo importaba la imagen de bulto de San Pelayo para la celebración de una fiesta con procesión el día 26 de junio. Esta ermita es para mí un lugar especialmente querido porque junto a sus muros, o a la sombra del silvestre saúco -ahora hay unos árboles jardinescos y domésticos -escribí más de un poema, o visitaba –en buen tiempo– cuando camino de un robledo cercano, salía de la escuela a descansar el alma y el cuerpo. Y menudo susto nos llevamos una víbora y yo un día en el que bajo los robles nos descubrimos –los dos tendidos en el suelo, ella por obligación y yo por descanso– que nos hizo saltar en direcciones contrarias. Ya no volví al robledo.
Una vez en Palencia no quise escribir sobre este dolor, que harto he escrito sobre otros similares y nunca se me hizo el menor caso –verdor de los tesos testigos de la ciudad, Cristo Rey de Victorio Macho, uno– Pero se lo comuniqué a Paco Ramos para que intentase desde su voz en La Cortes de Castilla y León exponer la situación. Y subió a Perazancas y sacó fotos y con ellas denunció en el Parlamento autonómico el estado por el que pasaba un monumento de 1076, único lombardo catalán –sigo a García Guinea– seguramente debido a dos obispos catalanes que ocuparon la sede palentina en tiempos de Alfonso VI.
He escrito este artículo porque hace días leí en la prensa que la Junta ha reaccionado positivamente ante las quejas de Paco Ramos y encarga a la Fundación Santa María de Aguilar de Campoo la consolidación de este monumento. Y ahora me pregunto, sin ánimo de ofender a nadie, ¿quién mandó colocar los maderos para evitar la pronta ruina total de la ermita? Porque Perazancas ya no es Ayuntamiento -con lo que luché yo contra él por falta de leña para la gloria de mi escuela con que matar el frío y el arreglo de mi vivienda- y fue absorbido por el de Cervera. ¿Lo realizó el Ayuntamiento de esta localidad? ¿Y qué más hizo el alcalde responsable de velar por todos los bienes, incluidos los artísticos, de su municipio?
Porque bastó una comunicación a Paco Ramos para que éste subiera a Perazancas, viera la situación y la dejadez -llevaba más de un año San Pelayo con los maderos a cuestas- con la que se actuaba desde el Ayuntamiento cerverano, porque cuidado que bajaba veces su alcalde por su condición de diputado provincial hasta Palencia por la carretera que le traía a la capital, ¿o es que miraba a la derecha para o ver que San Pelayo seguía aguantando en pie -¡hasta cuándo señor!- por los maderos hasta que estos se pudrieran?
El último llanto me lo provocó la visión de esos maderos y como en el fandango de Alonso “Volví la cara llorando”.
Para saber más, en Curioson
🚩Durante años, técnicos y especialistas investigaron sin encontrar una respuesta al porqué del deterioro del edificio. Las grietas y el paulatino hundimiento de parte del inmueble obligaron a abordar una intervención en 2008. Desmontaje y sustitución de la cubierta del ábside, atirantado del mural del hastial y adecuación del entorno, donde la Junta invirtió 271.921€.
Por Froilán de Lózar & José Luis Estalayo
🚩Perazancas de Ojeda es una pequeña población, pero de gran interés patrimonial, que conserva dos importantes monumentos románicos, que se pueden considerar como dos joyas del Románico Palentino: La iglesia parroquial de la Asunción y la ermita de San Pelayo.
Actualización abr2026 | 💥+655 👀
SOBRE ESTA BITÁCORA
Esta bitácora nace en noviembre de 2008 con el ánimo de divulgar historias curiosas y entretenidas. Son 18 años acudiendo diariamente a la llamada de amigos que vienen de todo el mundo. Con +8.264.000 visitas, un mapa del románico abierto a finales de 2023 que ya ha recibido +1.141.000 consultas y +6.000 artículos en nuestra hemeroteca, iniciamos una nueva andadura. Comparta, Comente, síganos por nuestros canales de Facebook y Wasap. Y disfrute. ¡Es gratis!



























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