Tras la intrahistoria de mi Colegio
Parece ser que la palabra intrahistoria fue creada por el gran escritor español Miguel de Unamuno, entendiéndose, y cito palabras de la R.A.E., como “la vida corriente y tradicional de algo, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible de ese algo”.
Así las cosas, podría decirse que en nuestro Colegio de Cervera de Pisuerga tuvimos también durante aquellos años de nuestra estancia en él como internos, nuestra particular intrahistoria, ¡cómo no!; que hoy diríamos que era lo que en el día a día latía en el interior del Centro y que no trascendía al exterior.
Porque intrahistoria serían aquellas madrugadas a diario a una hora demasiado temprana a todas luces, o mejor sin luces todavía en ocasiones cuando, según el argot popular, ni se habían puesto las calles tan siquiera; y nosotros a esas horas tan tempranas de la madrugada contribuíamos cada día a su colocación. Es lo que tenía el levantarse de la cama a esas horas.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
Intrahistoria sería también la misa diaria de siete y media de la mañana, con los ojos todavía llenos de sueño, a la que era obligatorio asistir y participar en la misma con los cinco sentidos, aunque seguro que muchos de los días nos faltaba alguno o varios de ellos, que se habían tal vez difuminado o hasta perdido en el corto camino entre el dormitorio y la capilla. Otro inconveniente más de madrugar tanto cada día.
E intrahistoria era también, sin lugar a dudas, aquellos cortos minutos de recreo que a veces se nos otorgaban entre actividad y actividad, y que por su corta duración nos resultaban mucho más intensos y se disfrutaban mucho más, aprovechando cada minuto de más que, por una u otra causa, se nos regalaban de vez en cuando.
Y cómo no, intrahistoria podría ser también aquellas continuas reflexiones y charlas espirituales que, con motivos varios, se nos ponían por delante, en tiempos tal vez muertos de actividades o un tanto decaídos y bajos de moral, que nos reunían a todos en la capilla o en el salón de actos. Insistiéndonos siempre en que era preciso estar atentos en el día a día por si de pronto recibíamos la llamada de la vocación; que era la religiosa, obviamente; pues era evidente el lugar en el que nos encontrábamos.
Y, por supuesto, que la intrahistoria la constituían también aquellos momentos de la noche, en torno a las diez, en los que, camino de los dormitorios, nos retirábamos a descansar cada día. Porque allí, en la oscuridad y el silencio de la noche, era donde cada cual se encontraba consigo mismo. Y su pensamiento podía vagar sin cesar entre el Colegio, donde nos encontrábamos, y nuestra casa y nuestra familia, donde aspirábamos a poder regresar, mejor antes que después. Aunque supiésemos de antemano que eso sólo se iba a poder cumplir cuando llegase el tiempo de las vacaciones.
Y claro, intrahistoria sería también la que cada cual fue capaz de construirse con su propio yo y las cosas que le sucedían día a día dentro del Colegio.
SOBRE ESTA BITÁCORA
Esta bitácora nace en noviembre de 2008 con el ánimo de divulgar historias curiosas y entretenidas. Son 18 años acudiendo diariamente a la llamada de amigos que vienen de todo el mundo. Con +8.750.900 visitas, un mapa del románico abierto a finales de 2023 que ya ha recibido +1.264.940 consultas y +6.000 artículos en nuestra hemeroteca, iniciamos una nueva andadura. Comparta, Comente, síganos por nuestros canales de Facebook y Wasap. Y disfrute. ¡Es gratis!





















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