Tiburcio, eterno peregrino de veredas polvorientas, contemplaba cómo cada partícula levantada por el viento escondía destinos insospechados.
Y sí, entre ellas viajaba un humilde adobe, nacido de arcilla, agua y sol, que soñaba con alturas imposibles. Que se dejó arrastrar por grúas metálicas, confundiendo su textura ancestral con la frialdad del pulido moderno. Allí, en la cima, creyó alcanzar la gloria vertical, mirando el horizonte entre cristales, acero, antenas y tráfico incesante. Creyó escuchar a Nietzsche cuando dijo que quien mira largo tiempo al abismo acaba encontrándose dentro, pues aquel vértigo urbano deshacía las raíces. Así, el pequeño adobe recordaba las canciones rurales impregnadas en la cal de las casas bajas, los juegos infantiles en patios desconchados, los atardeceres rojizos reflejados sobre paredes rendidas. Comprendió, como enseñaba Machado, que se hace camino al andar, no al elevarse en falso firmamento. En la picota, rodeado de estructuras impersonales, notó su fragilidad. No era hormigón; era memoria. No era mortero; era abrazo. Su esencia pertenecía al rumor de Campos, no al estruendo de los ascensores. Tiburcio, testigo melancólico, entendía aquella nostalgia. En sus paseos había aprendido, como escribiera Séneca, que la vida es breve y larga si se sabe aprovechar. El aliño de paja y barro descubrió que su destino no estaba entre oficinas grises ni pasillos luminosos, sino regresando al muro agrietado de su pueblo, donde la imperfección significaba ternura. Allí volvería a escuchar rezos susurrados, carcajadas juveniles, confidencias nocturnas bajo estrellas pacientes. La fugacidad de su aventura urbana le recordó que nada permanece, que todo fluye como enseñó Heráclito. Su paso por las alturas no fue bíblico, apenas fue un destello. Sin más, eligió descender, fundirse con la tapia de sus orígenes, sostener macetas rebosantes de oportunidades, soportar lluvias, calores, heladas y mantenerse firme gracias al cariño comunitario. Tiburcio sonrió, evocando proverbios antiguos: mejor raíz en tierra fértil que montículo sin alma. Nos lo contó en el café: que alcanzamos la plenitud cuando aceptamos nuestro lugar verdadero. Ser un abobe, aclaró, es otra cosa que ahora mismo no vale.
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Buenos días y Feliz último sábado al sol de febrero
ResponderEliminarComo siempre, Julio César, ahí está el bueno de Tiburcio, poniendo la cordura y la vuelta a la realidad de su pequeño círculo en su mundo rural cercano; y nada de subirse a las alturas, como ese ladrillo, siempre rural, que sirve para construir grandes edificios. Sus ojos permanecen siempre apegados al terreno que le viera crecer en sus pequeñas construcciones a ras de suelo. Ahí es donde es feliz. Saludos.
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