100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









San Martín, nihil obstat

Sería exagerado decir que Frómista es San Martín. Porque Frómista es también canal de Castilla, regalo navegable de los Ilustrados que después de años de desprecio pretendemos con tino recuperar, es base y fundamento del Camino de Santiago y es cátedra de Historia y Arte, pero, sí, sobre todo Frómista es San Martín.


Alguien debería advertir al viajero, acostumbrado tal vez a Tierra de Campos donde el ostentoso gótico y el sencillo románico conviven en hermandad desde hace siglos, de que no va a conocer un monumento más, más románico, más piedras sacras. Al llegar a San Martín el peregrino tendría que haber limpiado de su recuerdo las esclusas del Canal de Castilla, el horizonte inabarcable de la llanura cerealista, el gótico que sin duda habrá inflamado altaneramente sus pupilas y el románico que habrá llamado con timidez a su corazón. Sería bueno que para conocer San Martín el forastero arribara con la mente inmaculada de los amantes que se entregan por primera vez, con los ojos inocentes del niño que se asoma a un nuevo mundo por comprender y con el febril deseo de aprender propio de un catecúmeno. Porque San Martín es un mundo aparte, es un presente de los dioses de la arquitectura, del amor al detalle y la sensibilidad a esta modernidad fría y mecánica del siglo XXI levantada a base de acero, plástico y neón. Poco debería importar al curioso derrochar horas encandilado ante la gracilidad del cimborrio o la elegancia de sus bóvedas y dejar que capiteles, canecillos y fustes, sillares, volutas y ábsides le arrebaten el sentido del tiempo. Disfrutaría el espectador de detenerse tiempo suficiente para apreciar en cada arquivolta, en cada arco, en cada ventana, el amor y la experiencia generosamente volcados por los canteros que tallaron pilares, torres e imágenes, la pulcritud sabia de los escultores y el trazo firme de los carpinteros, convocados todos por Doña Mayor de Castilla. Gustaría al visitante sentir el espíritu monástico que una vez pobló este lugar, haciendo de él refugio de la Fe y de la Cultura, convirtiéndolo en auxilio del peregrino y estación de su empeño religioso. Sólo empapado del ánima que siglos atrás recubrió San Martín debería obtener permiso, nihil obstat, para reemprender el camino y buscar el Campo de las Estrellas. A dos leguas espera Villasirga y, a tres, Carrión.

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Es Palencia; es Castilla, oiga

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