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Anboto desde Arrazola pasando por Zabalandi
El Anboto, entre Araba y Bizkaia es un símbolo en Bizkaia, la montaña más alta del Urkiola.
Siete pueblos bonitos de Alicante
Se sabe que el turismo de este lugar tiene su comienzo y auge en la mitad del XIX, con los balnearios. Luego también, el arte, las playas, las fiestas, todo invita a conocerla y esto es una pizca de nada de todo lo que allí podemos encontrarnos.
Otra De okupas
Me cuenta una compañera que anda gestionando la venta de su piso para adquirir otro, que se quedó helada cuando después de mostrarle uno de los pisos, el de la inmobiliaria le contó que habían conseguido echar a la familia de etnia gitana que lo había okupado.
Cuando el gestor abrió la puerta para mostrárselo a otro cliente, salió a recibirles el patriarca con el carnet en la mano, para que supieran que habían llegado ellos primero, que les había gustado el piso y que lo okupaban de acuerdo a la Constitución que dice: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”. No les salió bien la jugada porque los que admiten que no hay delito en la okupación, pusieron como condición que nadie hubiera estado allí al menos durante las veinticuatro horas anteriores y la inmobiliaria demostró que habían estado el día anterior enseñando el piso. Pero esta madeja tiene perendengues. Yo lo que no entiendo es la cantidad de normas que te obligan como ciudadano a guardar respeto con las propiedades ajenas y el pasotismo judicial y político que ampara a los que okupan una casa que no es suya, y viven en ella todo el tiempo que pueden, a veces meses, incluso años, y dejan el piso hecho unos zorros y al dueño las facturas de agua y luz, que zumba pelotas. Es decir, no te dejan ni demostrar que eres el dueño y, sin embargo, estás obligado a hacerte cargo del consumo de agua y luz que se genere con los okupas dentro, hasta que la torticera justicia resuelva devolvérselo a su legítimo dueño.
Y esa aquiescencia política da como resultado grupos que viven de eso, gente que alquila un piso, paga los dos primeros meses y se queda de okupa; un sindicato provivienda que okupa pisos y presiona a sus propietarios. En Portugalete, una mujer de 94 años estuvo a punto de perder la casa en la que vivía desde niña. Cómo lo ve usted, que le duelen las muelas de pagar hipoteca, que un día llegue a su casa y se encuentre al cerrajero colocando una cerradura nueva, que se lo ha mandado el que está dentro. Pues algo parecido les sucedió a un matrimonio de Alicante que fueron a buscar trabajo a Vigo y les okuparon la vivienda; o a Paco y a su hijo, con diversidad funcional, que estuvieron luchando cuatro años contra unos okupas, durmiendo a diario en el coche, frente a la que llamaban ¡su casa!
Actualización Agosto2025 | 653👀
Antonio Robledo, barbero
Antonio Robledo Gómez, es el último barbero-peluquero de la capital palentina que, a pesar de haber cumplido 79 años sigue al pie del cañón por apego a su oficio y a sus clientes: “No valgo para pedir, nunca he pedido nada, siempre he corrido con mi riesgo. Ahora mismo no trabajo por dinero, sino porque disfruto cortando el pelo y tengo contacto con la gente”
Más de 61 años lleva Antonio cotizados en la Seguridad Social, y a pesar de su edad, 79 años, goza de un portentoso estado de forma. Sus prodigiosas manos han cortado y acariciado los cabellos de miles de palentinos. Siempre mostró una impecable destreza en el manejo del capote, la muleta y el estoque, que no son otros que la maquinilla de cortar el pelo, la tijera y la navaja. Realiza su faena sin moverse y clava sus pies en el suelo igual que el torero José Tomás; tiene su misma cintura cuando rodea el soporte circular de la silla de afeitar. La magia envuelve su faena, mientras el diestro no calla, no para de hablar, ni siquiera cuando su afilada navaja se desliza por el cuello y la mejilla del cliente. Ver a Robledo en acción en su plaza de María de Molina, es disfrutar del espectáculo y de la magia que envuelve todas las faenas de un maestro único en su género, prodigioso torero de los cabellos.
No ha sido una vida fácil la de Antonio Robledo Gómez, que nació en Cervera de Pisuerga, en plena Montaña Palentina, en el seno de una familia humilde, tan humilde que su padre era minero, y murió a los 50 años de silicosis profunda, dejando huérfanos a ocho hijos, dos de ellos murieron a temprana edad. Antonio, el más pequeño, perdió a su madre cuando tenía cinco años. La necesidad en aquella familia era tan grande, que Antonio apenas completó los estudios primarios en Cervera, muy pronto se vio obligado a dejar la escuela, y a los 8 años ayudar a sus abuelos, que se hicieron cargo de los nietos cuando murieron sus padres. Su abuelo lo llevaba a los prados y laderas a echar de comer a las vacas. Tiempos duros en la Montaña Palentina, inviernos de aislamiento, con la sola compañía de los animales. El hogar era la trébede, nunca faltaba leña, y el puchero siempre estaba al amor de la lumbre.
Antonio en Cervera no tenía futuro y su hermana decidió que viniera a vivir con ella a la capital. Robledo vino a Palencia con 12 años, su hermana, casada con el peluquero Casimiro Sahormil Carreño, con peluquería en la calle Teniente Velasco. Hermana y cuñado criaron a Antonio, que como no quería estudiar, muy pronto empezó a trabajar como aprendiz en la fábrica de la Panadería La Flor, después en la fábrica de Panadería Campillo y, finalmente, en el año 66, en el obrador de la Panadería San Francisco. En este año estuvo once meses en Alemania en una prestigiosa fábrica de válvulas para coches. Volvió a España, y su cuñado Casimiro lo recuperó para el oficio, sabedor de que Antonio fue un espabilado alumno, que a los 14 años afeitaba, y a los 16 afeitaba y cortaba el pelo, causando admiración por aquel entonces. Consiguió trabajo de peluquero, con la categoría de oficial, en la peluquería de Florencio Guardo, en la avenida de Valladolid.
No ha sido una vida fácil la de Antonio Robledo Gómez, que nació en Cervera de Pisuerga, en plena Montaña Palentina, en el seno de una familia humilde, tan humilde que su padre era minero, y murió a los 50 años de silicosis profunda, dejando huérfanos a ocho hijos, dos de ellos murieron a temprana edad. Antonio, el más pequeño, perdió a su madre cuando tenía cinco años. La necesidad en aquella familia era tan grande, que Antonio apenas completó los estudios primarios en Cervera, muy pronto se vio obligado a dejar la escuela, y a los 8 años ayudar a sus abuelos, que se hicieron cargo de los nietos cuando murieron sus padres. Su abuelo lo llevaba a los prados y laderas a echar de comer a las vacas. Tiempos duros en la Montaña Palentina, inviernos de aislamiento, con la sola compañía de los animales. El hogar era la trébede, nunca faltaba leña, y el puchero siempre estaba al amor de la lumbre.
Antonio en Cervera no tenía futuro y su hermana decidió que viniera a vivir con ella a la capital. Robledo vino a Palencia con 12 años, su hermana, casada con el peluquero Casimiro Sahormil Carreño, con peluquería en la calle Teniente Velasco. Hermana y cuñado criaron a Antonio, que como no quería estudiar, muy pronto empezó a trabajar como aprendiz en la fábrica de la Panadería La Flor, después en la fábrica de Panadería Campillo y, finalmente, en el año 66, en el obrador de la Panadería San Francisco. En este año estuvo once meses en Alemania en una prestigiosa fábrica de válvulas para coches. Volvió a España, y su cuñado Casimiro lo recuperó para el oficio, sabedor de que Antonio fue un espabilado alumno, que a los 14 años afeitaba, y a los 16 afeitaba y cortaba el pelo, causando admiración por aquel entonces. Consiguió trabajo de peluquero, con la categoría de oficial, en la peluquería de Florencio Guardo, en la avenida de Valladolid.
Interesante es la vida del peluquero Robledo, gran deportista, prematuro esquiador. En el año 56 ya esquiaba con albarcas acopladas a los esquís, para desplazarse por la montaña y los prados. Hizo sus pinitos en el ciclismo, y tuvo bici de carrera, entrenando con su amigo Santiago Amor. Entonces Robledo tenía 16 años, y Amor 14. Santiago tuvo más futuro en el ciclismo y Robledo se decantó por el boxeo, ya que en Palencia había mucha afición a los guantes. Compartió Robledo sus madrugadas de panadero con sus duros entrenamientos en el Monte de Palencia, donde subía en bicicleta después de trabajar. Antonio quería ser un buen boxeador, y en el monte se preparaba para el combate, duras carreras, agotadores entrenamientos, que lo convirtieron en un boxeador muy estilista, y buen pegador, en aquella época en la que Zorrilla, Tatono, El Cue, y al Chapa, eran las figuras palentinas. Con los años, Antonio, dejó de ser esparrin, y sacó el título de entrenador. Ángel Blanco y José Luis del Barrio, recibieron sus enseñanzas cuando era presidente de la Federación Palentina de Boxeo, Salagre, y después mi vecino Manuel Acero.
Robledo se casó cuando dejó la panadería de San Francisco, con su novia de toda la vida, Teyina, con quien tuvo cuatro hijos y vivió muy feliz. Los fines de semana, el matrimonio disfrutaba de sus hijos, los llevaban a la montaña, a la zona de Cervera, o Piedrasluengas. También iban a esquiar, y Antonio enseñó este deporte a sus hijos. En las celebraciones reunía a la familia en su bodega de Hontoria de Cerrato. En verano en su apartamento de Cervera, pasaban las vacaciones y las tardes del sábado y el domingo, mientras que, en invierno, gustaba Antonio de ir a esquiar, preferentemente a San Isidro. Muchos recuerdos y felicidad en compañía de su mujer e hijos, hasta hace casi cinco años, cuando, lamentablemente, falleció su esposa. Cuando a Antonio le faltó su mujer, lo perdió todo, su amparo, su refugio, su apoyo, y su compañía. Notó mucho su falta, lo pasó mal, y purgó sus penas en la peluquería. Allí se olvidaba de su querida Teyina, pero cuando iba a casa, cuando abría la puerta, lo volvía a pasar mal, muy mal.
Un gran tipo, Antonio Robledo, el barbero peluquero, no solo de barrio, sino conocido en todo Palencia por su oficio, casta y tronío. Se le echará mucho de menos cuando se cierre su local de María de Molina. A pesar de ser muy conocido en Palencia, nunca se le valoró lo suficiente, ni se reconoció su figura. En todos estos años, tan solo la periodista Laura Lombraña lo entrevistó para su programa de Televisión Palencia. Hoy, lo homenajeo yo, porque un maestro de su talla merece estar en este blog, dar la vuelta al ruedo de España y del mundo, y salir a hombros por la puerta grande.
Ríos de España (y V)
Como los ríos en estado natural son algo muy raro en Gran Bretaña se nos disculpará que nos extendamos, demasiado quizá, en la descripción de éste, tanto más cuanto que con ello he de contribuir al conocimiento del carácter español y a la explicación de las cosas de España, que es el objeto principal de estas pobres páginas.
El Tajo nace en aquel extraordinario revoltillo de montañas, lleno de restos fosilizados, ricas en plantas y truchas, que están situadas entre Cuenca y Teruel, y que como son casi completamente desconocidas están clamando por los discípulos de Isaac Walton y del doctor Buckland. Desemboca en el mar por Lisboa, después de un recorrido de 375 millas en España, de la cual, por disposición de la naturaleza, parece destinado a ser la principal arteria. Los cronistas toledanos derivan su nombre de Tagus, quinto rey de Iberia, pero Bochart lo hace de Dag, Dagón, un pez, porque además de considerar al río aurífero, los antiguos lo declararon abundante en pesca, aunque a los actuales españoles tanto se les da de los peces como si fueran cocodrilos. Ciertamente se suelen encontrar granos de oro en el río (aunque apenas los suficientes para mantener a un poeta) por unos pobres medio anfibios, llamados artesilleros, a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen la arena, que luego pasan por un cedazo.
El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe. La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos extranjeros, perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano, Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero -la historia de siempre- y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por el río y odas al «sabio y gran rey», que iba a realizar la gran obra, cantando aquello de las brujas de Macbeth, “Lo haré, lo haré, lo haré”, pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos extranjeros, Julio Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV. Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por completo el Tajo. Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el dinero para aquella empresa.
El Tajo, desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las riberas impracticables invocando a Brunel1, Hércules y Rothschild, en lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río: “Memoria sobre la navegación del Tajo”, Madrid, 1829; parece el libro azul que descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes. Fernando VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los senadores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los extranjeros. ¡Veremos!, puede decirse. La esperanza es buen desayuno, pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, En España se empieza tarde y nunca se acaba.
El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe. La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos extranjeros, perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano, Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero -la historia de siempre- y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por el río y odas al «sabio y gran rey», que iba a realizar la gran obra, cantando aquello de las brujas de Macbeth, “Lo haré, lo haré, lo haré”, pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos extranjeros, Julio Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV. Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por completo el Tajo. Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el dinero para aquella empresa.
El Tajo, desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las riberas impracticables invocando a Brunel1, Hércules y Rothschild, en lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río: “Memoria sobre la navegación del Tajo”, Madrid, 1829; parece el libro azul que descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes. Fernando VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los senadores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los extranjeros. ¡Veremos!, puede decirse. La esperanza es buen desayuno, pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, En España se empieza tarde y nunca se acaba.
Imagen:
El río por el Parque Natural del Alto Tajo, De Olisacu commons.wikimedia
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Siempre estuvo obsesionado por los hoteles Campanille, el románico y por un maestro ácrata, subversivo, a quien llamaba el Greco del románico o el Dalí de la edad media.
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