Tal es su precisión, que percibió un verso suelto, huérfano de cuaderno y dueño, prendido en el rabo del perro de San Roque. Sí, con un aire que arrastraba la cola hasta los alambres del cercado con partitura de pito jocoso. El animal, hasta entonces criatura de oficio y costumbre, empezó a moverlo con ademán ajeno. Era endecasílabo, con asonancia en i-a y pausa limpia en quinto pie. Mas nada ocurrió de golpe, que en los pueblos sin cartel lo extraordinario se cuece a calderadas. Primero cambió el trigo: brotó en octavas, se inclinó con cadencia de soneto cuando sopló el norte y cada espiga pareció consultar al vecino antes de rendirse.

Después se alteró la lengua: en la plaza, las mujeres dejaron la prosa sin aviso y pasaron a la copla con naturalidad antigua; el panadero, hombre de harina y pocas frases, empezó a pesar hogazas en estrofas y devolver monedas concordadas. Entonces surgió Dulcinea de Campos, que llevaba cuarenta años siendo la misma sin más mérito que nombre. Amaneció distinta, sin corona ni aparato, con un aguacate en cada mano y una autoridad nueva que no rendía pleitesía. El carnaval, errante y sin calendario, la encontró y decidió quedarse. Fijaron fecha en abril, mes de contradicción, y aquello empezó a girar como noria sin agua ni feria. Tiburcio, desde la silla, entendió que aquello no era capricho altanero, sino rutina recién nacida. Los chopos trenzaron sonidos con pudor, el canal llevaba agua en alejandrinos y el can de San Roque sostenía su música prestada con paciencia de bolillera. Nadie pidió explicación ni la echó en falta. A saber, que nuestro protagonista, con todo, siempre fue más de gatos, criaturas que no versifican ni obedecen a métrica alguna y que, quizá por eso, saben mejor que nadie cuándo irse sin dar descuentos. Se dijo que aquel soplo no pedía venia y, sin embargo, todo parecía dispuesto a concedérselo: puertas entreabiertas, poltronas corridas un palmo, relojes con una ligera tendencia a demorarse. Hubo quien cambió el paso, quien afinó el oído y empezó a mirar de reojo, por si el mundo traía letra escondida. Esto nos dice en el café, mimando posos, dejando a cuenta el cuento.
Y todo se trastocó de facto tras ese "verso suelto en el rabo del perro de San Roque", que el bueno de Tiburcio advirtió de pronto. Y al instante todo cambió de orientación en el pueblo, nada fue ya como antes; no sabría decir el personal si mejor o peor, pero diferente. Y así nos lo cuentas hoy, Julio César, en tu acostumbrada recreación del entorno rural. Para que luego digan que nada cambia.... Saludos.
ResponderEliminarYa sabes… cosas de Tiburcio. Un fuerte abrazo, amigo.
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