100 DOSIS DE AMOR [93] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

A mi edad los años no se diferencian de los meses. Pasa el tiempo y debes echar cuentas. Todo lo que lograste, fue llegar a este sitio y a mitad de camino enamorarte, echarlo todo en aquella balanza del Amor, perder el equilibrio, condenarte a no ver en otros ojos lo mismo que en aquellos que te arrebataron el sentido para siempre. Claro que, las cosas pueden cambiar en un momento, la vida puede dar un vuelco de repente. Yo he dejado de creer en muchas cosas, pero sí considero que hay un karma, un algo que nos devuelve de algún modo, a veces de improviso, aquello que compensa con creces todo lo que con tanta fuerza desprendimos.



El eclipse se quedó

Julio César Izquierdo_Sábados al Sol



En San Jacinto del Río Hondo los eclipses eran visitas breves, rarezas de almanaque.




Llegaban, asustaban a las gallinas, mareaban los relojes y se iban dejando un olor a vela apagada. Pero aquel -el del verano en que los sapos engordaron de tanto silencio- se instaló sin pedir permiso. Dicen que empezó con un bostezo del cielo y que Tiburcio, mercader de santos sin milagro y filósofo por descuido, fue el primero en notar que la claridad cojeaba. El sol se retiró con modales de huésped agotado. En menos de una hora todo quedó inmóvil, como retrato empolvado en una sala abandonada. Las ponedoras se declararon en paro, los gallos recitaron epitafios, las matas de tomate florecieron oliendo a rosario de la aurora. Tiburcio, con su sombrero horadado por los años, afirmaba que el astro no se había ido, que solo se escondía por pudor ante tanto ojo curioso. Sin tiempo ni rumbo, el pueblo se volvió susurro. El río reflejaba figuras delirantes: peces con semblante de difunto, mujeres lavando recuerdos que no eran suyos. Los niños cazaban gamusinos creyendo rescatar chispas del astro perdido. Tiburcio, entretanto, coleccionaba sombras en frascos vacíos y aseguraba que cada una tenía aroma propio: unas sabían a miedo rancio, otras a infusión triste y culpa recién horneada. Cuando la penumbra se volvió costumbre, fueron a buscarlo. Hallaron su sombrero cerca de la noria y al fondo de la nada, una brizna palpitando como un corazón cansado. Desde entonces, la aldea aprendió a caminar a tientas. El eclipse se quedó, testarudo y doméstico, como figura pobre a la que nadie mira. Y a veces, en la noche más cerrada, una luciérnaga del tamaño de un perro cruza la plaza y se detiene frente a las casas donde aún suspiran por la luz. Dicen que es Tiburcio, convertido en guardián del crepúsculo, vigilando que ningún imprudente vuelva a encender el día antes de tiempo. Así es. En la pared de la cantina todavía puede leerse su sentencia, escrita con tiza desvaída: la luminaria es un lujo que los ciegos administran mejor que nadie. Nos lo cuenta hoy, como si no fuera con él la película. Vamos pidiendo café para todos, mientras afirma que estaba hablando del lucero del alba, con ¿Venus? de protagonista, que tiene otro brillo y pose.
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2 comentarios en el blog:

  1. Mario Geymonat23 mayo, 2026 09:05

    Muy bonito y original relato!!! "Los sapos engordaron de tanto silencio", me gustó mucho esa frase, y esa palabra tan de uso corriente en nuestra tierra de origen, y tan en desuso por acá ,como es almanaque.

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  2. Otra historia del bueno de Tiburcio, protagonista indiscutible de la vida en su pueblo, donde vive y campa por sus respetos, que nos trasladas, Julio César; en esta ocasión dejando constancia de los efectos de un determinado eclipse de sol en su espacio territorial, que sí dejo huella, a diferencia de otros del pasado que pasaban sin dejar apenas rastro. Éste en cambio sí y para la posteridad. Saludos.

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