Alguien dijo una vez que la felicidad podía asemejarse a una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella vendrá y, suavemente, se posará sobre tu hombro.
 |
| Mariposa, por José Luis Estalayo |
Claro, llevando este argumento a distintas situaciones concretas de la vida de cada cual, se me ocurre en mi caso una muy específica vivida en aquellos años 60 en el interior de un internado en un Colegio de frailes –como se decía entonces-. Donde cabría preguntarse si nosotros, aquellos chavales de en torno a 12, 13, 14 años que estábamos internos en el Centro, éramos felices o no; allí alejados por completo de nuestras familias, y viviendo día a día bajo una disciplina restrictiva y limitadora de ciertas libertades en muchos órdenes de la vida. La pregunta que surgiría entonces es, si a pesar de todo aquello, era posible que fuésemos felices en nuestro diario existir en aquellos años. Pensando de otra parte en que, de manera general, a esas edades se es feliz porque sí, casi por definición. Si hoy en día, gozando de toda la libertad de movimiento de la que somos capaces, hay momentos en los que, debido a determinadas situaciones personales de la vida, no llegamos a ser totalmente felices; qué podría pensarse entonces de aquellos años en los que nos movíamos cada día bajo el peso de una marcada disciplina restrictiva.
La respuesta inmediata que habría que dar sería que, probablemente y según en qué momentos, no fuésemos todo lo felices que cabría aplicarse a unos chavales de aquella edad; o no del todo siempre. Comparando esta situación con otra que rondase la plena libertad en cualquier otro ámbito diferente fuera de aquel recinto colegial. Pero claro, en aquellos años éramos todavía unos pre adolescentes que, mayoritariamente, encontrábamos en los juegos, libre y particularmente elegidos dentro de un orden, buena parte de esa felicidad, al menos en los momentos en los que estos se estaban ejecutando, libres de cualquier otro pensamiento. Porque luego, en el día a día del resto de las realidades que debíamos afrontar dentro de unas pautas de comportamiento y de restricciones muy marcadas en el proceder, la situación era muy otra; aunque, lógicamente, a cada uno de nosotros nos afectaría aquel proceder de una manera diferente. Y es que, restringirle a alguien de manera casi permanente ciertas conductas, ciertas normas de relación y convivencia, o una libertad de movimiento, a pesar de una tan corta edad como era la nuestra, qué duda cabe que marca muy mucho y hace que se desarrollen tanto el carácter como la personalidad de una o de otra manera. Claro que, a renglón seguido, lo que vendría a continuación sería analizar si todo eso pesaba lo suficiente en nuestras vidas como para que, nosotros en aquel entonces, no fuésemos todo lo felices según el grado esperable, que debiera corresponder a nuestra corta edad.
Ahí estaría el “quid” de la cuestión y el verdadero punto de discusión al respecto.
Actualización abr2026 | 💥+363👀
Evidentemente, amigo Terán, los frailes en aquella época cercenaban nuestro deseo de libertad y nos dominaban por acoso y derribo. No accedíamos a lecturas interesantes porque los grandes autores eran pecaminosos. Nos perdimos a Galdós, al arcipreste de Hita, a Baroja, a Valle Inclán y a muchos otros porque sí, porque le daba la gana a la Iglesia. Nos metían miedo con lo de la masturbación (el vicio feo) y el infierno. A pesar de todo, éramos felices frente a esa represión terrible, teníamos la fortaleza necesaria para disfrutar con nuestros amigos, con el deporte, y la prueba es que reíamos y reíamos incluso cuando nos castigaban. Somos unos supervivientes,, amigo Terán, y nadie nos arrebatará nuestros buenos momentos.
ResponderEliminarEl anterior comentario es mío, salió "anónimo" por error mío.
ResponderEliminarMuchas gracias, Enrique; totalmente de acuerdo con tu exposición al respecto, así ocurría de manera, pienso, que bastante general. Y me quedo con tu último párrafo del comentario, por aquello de darle una cierta positividad a la situación de aquellos años. Saludos.
ResponderEliminarBuenos dias Froilán.
ResponderEliminarHoy ya he podido leer un poco a Curiosón. Y comienzo por lo último para estar más al dia. Y así leo "La felicidad y la mariposa" de José Javier. Y veo que fui afortunado. Me eduqué también en un colegio de curas. Muy rígido, muy disciplinado, imitando el sistema del colegio de San José de Valladolid. Fui externo, medio pensionista comiendo en el colegio (voluntario) e interno un trimestre también voluntario, para conseguir gestionar mis tiempos y mejorar mis notas. Castigado con frecuencia por mi rebeldía. Educación muy rígida en casa con un padre tan buen médico como militar. Odiado por los internos clásicos (que nunca valoraron que también eran voluntarios y casi todos becados con mejoras injustas de sus notas a costa de las mias para mantener sus becas). Me hicieron más daño estos compañeros que los propios frailes o la rigidez colegial. Fui feliz ?? Sì. Y ahora más, pues entre todos forjaron lo que soy ahora, aún después de una vida laboral y más, llena de injusticias e incluso persecuciones. Y si, estoy muy agradecido a aquella educacion que me hizo fuerte para saber vivir de adulto y entregarme a los demás.
Muchas gracias, Antonio, por tus palabras. A través de las cuales, veo que, de manera general, te expresas en parecidas circunstancias a las que yo relato; que es lo que había entonces en nuestro país. Luego, las circunstancias personales de cada cual harían el resto en el transcurrir de los años, siempre contando con aquella base de aquellos primeros años de internado. Saludos.
EliminarTras la lectura de tu escrito, J. Javier, opino que, en el internado del colegio de Cervera de Pisuerga, vuestra felicidad era intermitente en aquellos años de inocencia, obediencia, respeto, restricciones y férrea disciplina, espiritual y religiosa, en la que en cada paso que dabais imperaba el cumplimiento estricto de las reglas del centro. Sentíais la felicidad a oscuras, iluminada al salir al patio del colegio, y más aún al ir de paseo por Cervera.
ResponderEliminarNo estuve nunca internado, sólo conocí la escuela pública, pero por lo que cuentas, no era fácil vivir apartado de la familia y de vuestro pueblo en esa edad de ebullición, de los 12 a 14 años, en los que la sexualidad estaba en plena efervescencia, aunque las enseñanzas religiosas veían mal pecar contra el Sexto Mandamiento. La férrea disciplina, la falta de libertad y el temor al castigo, impedían una felicidad completa en plena formación de vuestra personalidad. Pero, pasado el tiempo, recordáis felizmente y no olvidáis aquellos años, a los amigos, a los compañeros, a los frailes, y al colegio, como recuerdos entrañables del tiempo que estuvisteis allí internados.
Qué duda cabe, Alfonso, que entre todos aquellos años, me quedo en gran medida con lo último que tú expresas en tu comentario: amigos, compañeros, los propios frailes y recuerdos en general de aquellos años en el Colegio... Claro que, sin olvidar la amplia formación que recibimos en aquellos años, que nos serviría para el desarrollo posterior de nuestras vidas. Era lo que había en nuestro país entonces y la sociedad estaba como estaba; y nosotros estábamos dentro de ella. Saludos.
ResponderEliminar