100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

Aquellas otras Semanas Santas

 

Llegaban los días de Semana Santa y el pueblo entero entraba en una especie de calma en cuanto a las actividades diarias, para concentrarse sus habitantes en la preparación de los Oficios religiosos de Semana Santa, que marcarían el devenir de los próximos días.




Porque era el tiempo en el que la Cuaresma, como tiempo de preparación para la Pascua, que la veníamos teniendo presente desde aquel renombrado Miércoles de Ceniza de la más pura tradición religiosa, comenzaba a dar sus primeros pasos; tras aquel alegre martes de Carnaval con el antruido y sus disfraces y los siempre fieles y esperpénticos chiborras a pie de calle. Así que, acercándose ya la Pascua, la actividad de los próximos días giraría en torno a la iglesia y los diferentes actos religiosos. Comenzando por el diseño y preparación en la propia iglesia de lo que llamábamos el Monumento, una especie de altarcillo en un lateral de la misma, que acogería durante los próximos días al Santísimo representado en la Sagrada hostia. A continuación vendría el no menos importante momento de tapar a los Santos del retablo mayor y altares laterales con aquellas grandes telas, como señal de luto y de dolor.


En el orden personal, con los vecinos habiendo tomado conciencia ya de los próximos acontecimientos religiosos que se avecinaban, era casi de obligado cumplimiento el acercarse hasta la sacristía de la iglesia y hacerse con la “bula” –especie de documento pontificio- que, previo pago de la misma, dispensaba del ayuno y la abstinencia de consumir carne durante los viernes, y te eximía también de tener que comer de vigilia en ciertos días. Comida de vigilia que se refería por ejemplo a los famosos garbanzos de viernes –también llamados “viudos”-, o a bacalao al ajo arriero en exclusiva, entre otros preparados más.


Luego, el Domingo de Ramos, que era por antonomasia el más alegre de aquellos días, venía con el añadido de ser propicio para estrenar algo: unos zapatos, un pantalón nuevo… Y es que si no, caía sobre cualquiera de nosotros ese refrán, de que “quien no estrena algo el Domingo de Ramos, no tiene manos”, o las manos se le caen, o se queda sin manos. Y entretanto, nosotros los chavales, encantados con aquel pequeño ramo que nos habían entregado a la entrada de la iglesia. Claro que, si había un momento durante esos días en el que los chavales actuábamos como verdaderos protagonistas, era cuando, provistos de aquel simpático instrumento que llamábamos carraca, éramos nosotros los que con repetitivos toques de la misma a lo largo de todo el pueblo, anunciábamos a los vecinos que los Oficios de aquel día iban a comenzar y era preciso irse acercando ya hasta la iglesia. Y ello porque las campanas de la torre estaban en silencio como señal de luto. Otro de los actos de la Semana Santa de aquellos años, que también gozaba de una multitudinaria presencia era el momento de las procesiones: la del Domingo de Ramos y la del encuentro el Domingo de Resurrección. Siempre con el incansable volteo de la campanas de la iglesia, con los mozos del pueblo volteándolas sin parar.


Este es el viacrucis de mi pueblo que estaba condenado a desaparecer. Lo encontré de chiripa envuelto en papel de periódico y fui tomando estas fotos para que rescates alguna que te pueda servir.  
                | José Luis Estalayo

Y si la maestra nos había machacado en sus charlas que en la iglesia se nos exigía una correcta compostura, que incluía el recato y el decoro en todo momento; y, por lo tanto, no debíamos volver la vista hacia atrás bajo ningún concepto; en el acto del Vía Crucis el Viernes Santo dentro de la iglesia, pasaba todo lo contrario, pues debíamos girarnos en el banco en todas las direcciones siguiendo al sacerdote que recorría todas las estaciones. Y eso nos parecía nuevo para los chavales y hasta nos gustaba seguir el ritual. Al hilo del tiempo de Cuaresma, alguien me contó una vez una curiosa adivinanza que circulaba por aquel entonces entre los más viejos del lugar. Dice así:

“De siete hermanitas que somos,
yo la primera nací;
y soy la más pequeñita.
¿Cómo puede ser esto así”?

La respuesta es fácil: “La Cuaresma”. Porque La Cuaresma la forman siete semanas, del Miércoles de Ceniza al Domingo de Resurrección. Por eso la primera, que empieza en miércoles, es la más pequeñita.

Espero os haya gustado.

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4 comentarios en el blog:

  1. José Javier, excelente artículo. Me ha encantado cómo logras rescatar esos momentos de la Cuaresma que muchos dábamos por olvidados llevándo la cuaresma al terreno de la memoria y las tradiciones que nos forman. Leerte ha sido como volver un poco a casa. Es un texto que realmente invita a valorar nuestras raíces.

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    1. Muchas gracias, Estalayo, por tus palabras hacia mi relato sobre aquellas "otras semanas santas" que vivimos en el pasado con toda la intensidad que nos era posible en nuestros respectivos lugares de nacimiento; pero con las tradiciones muy próximas en cuanto a su ejecución práctica. Era lo que había, a fin de cuentas. Saludos.

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  2. Alfonso Santamaría Diez03 abril, 2026 18:24

    Me ha gustado tu recuerdo de aquellas Semanas Santas de nuestra niñez. Una Semana Santa totalmente religiosa y cristiana, distinta a la de ahora que es más vacacional. Recuerdo de carracas, procesiones, Vía Crucis y lavatorio de pies, en lo que además de “tapar a los santos”, se prohibía la música, los bailes, cines, y en las ciudades ejercer su oficio a las mujeres públicas. Lo único que se autorizaba era el juego de las chapas, y había locales donde se jugaban sumas importantes de dinero, y alguno hasta su patrimonio.
    La “bula” era más bien una burla, porque quienes podían pagarla podían comer carne. En casa de mis padres se mantuvo la tradición de no comer carne los viernes de Cuaresma, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Sábado Santo. Confieso que comerme, a escondidas, un chorizo de nuestra matanza un Viernes Santo me resultaba más placentero que el resto del año.
    El Domingo de Ramos era de estreno, y yo me estrenaba con pantalón corto y medias, hiciera el tiempo que hiciera, aunque la Semana Santa fuera invernal, mi madre me ponía el pantalón corto, que para eso me lo había comprado para lucirlo con recato y decoro.

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  3. Bonitos recuerdos, sin duda, Alfonso, estos que nos narras aquí de aquel tiempo del pasado cuando chaval en el pueblo, al hilo de la Semana Santa. Y con tradiciones parecidas en las diferentes localidades de la provincia, conforme a los tiempos mandaban. Y hasta la emisora local silenciaba sus emisiones durante esos días. Estábamos en tinieblas durante esos días. Y los chavales aburridos; eso sí, aburrimiento del que nos sacaban las carracas y la matraca que con ellas dábamos por las calles del pueblo.

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