100 DOSIS DE AMOR [78] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Algunos aseguran que te acostumbrarás a llamar a otras puertas y que verás hombres y mujeres maravillosos, que te harán olvidar para siempre a esa persona que aupó tus sueños a las más altas cúspides. Pero este Amor al que yo escribo, que no niega que pasen todas esas cosas, tiene su fijación en unos ojos, en una boca, en unas manos. No pide nada más, porque sólo hay una vida para vivir esa historia de Amor que ha llamado a su puerta. Y nada de lo que dicen que puede consolarle, le consuela.
ECLIPSE DEL 12 DE AGOSTO

El eclipse del 12 de agosto de este año será uno de los acontecimientos más importantes visibles desde España en décadas. Y no me resisto a recuperar lo que varios diarios, -incluido el nuestro- dicen al respecto: "Dentro de Castilla y León, la provincia de Palencia se sitúa en una posición especialmente favorable para disfrutar del fenómeno con buenas condiciones de visibilidad.” © curioson

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Libro de costumbres


El día 12 de diciembre de 1859, a las siete y treinta minutos de la mañana, le nacía un hijo de su mujer legítima al cirujano de Támara, un pueblecito de noventa vecinos situado en la provincia de Palencia, y del cual no tienen la más leve noticia los demás habitantes del mundo. 


Así recupera la profesora Beatriz Quintana Jato la palabra de Sinesio Delgado, un costumbrista noventa y nueve años mayor que yo, con clara ascendencia montañesa por su lado paterno, que mira con añoranza y arrojo hacia el ayer de sus días, volcado en el empeño de valorar lo que fue quedando en el pasado, un tiempo de juegos y costumbres que hoy nos sirve a sus paisanos de alimento.


Del libro de Froilán De Lózar
"Ver dos veces las cosas"



Libro de Costumbres, Ver dos veces las cosas

Alba de los Cardaños

Nace esta colaboración con una pretensión muy parecida: volver la mirada hacia esa puerta por la que cruzamos, mostrar a nuestros hijos aquellos caminos; vislumbrar aquellos rostros que a nuestros ojos infantiles habían ganado sobradamente el cielo vadeando los desiguales prados, sembrando la avena en primavera, en cuanto el sol abría los brazos, en las tierras ligeras ( se dice de las tierras que se dejan descansar desde septiembre a marzo), recogiendo los frutos, remendando las huertas con las mejores artes del cestero.

Libro de Costumbres, Ver dos veces las cosas

Josefa Sordo, Polentinos, 100 años

No sé bien si por la edad o por la lejanía, me motivan aquellas historias que ya me impresionaron siendo joven, como el hecho natural del aprovisionamiento, cuando los carreteros purriegos venían a cargar sus sacos de trigo y sus cubas de vino a Castilla, dejándonos sus cebillas y garaujas de apeas, engordando de ese modo –dicen los costumbristas cántabros– su rico cancionero.

Hace sesenta años dejó huella por el norte el cardador de Santibáñez de Ecla, que venía desde Prádanos de Ojeda a ofrecer su servicio por los pueblos, dejando en el mejor punto la lana que luego se encargaban de hilar nuestras mujeres. Esta labor, que para él suponía cuatro o cinco meses de trabajo, le reportaba pingües beneficios, como lo demuestra el hecho de aquella anécdota que llegó hasta nosotros: “Tío Tonino, me tiene que enseñar el oficio –le pidió un día, seguramente en bromas, un mozo del lugar–. Pues no andas descaminado, porque en la temporada de cardar tenías pa un jato cojonudo”. Yo asistí, y creo que tomé parte alguna vez, en aquel hábito de varear la lana. La lana, extendida en un tablero y los miembros de la familia “arreando estopa” con una vara de avellano. Antiguamente, en algunas casas, una vez que el trillo lo había sobado bien, se ponía debajo del colchón de lana un jergón, elaborado con paja de centeno o de maíz, fórmula que al decir de las gentes disimulaba mejor la lana y ayudaba al descanso. Cuando la paja se iba moliendo con el uso, lo quitaban y colocaban otro nuevo. Cuentan a este respecto lo que le ocurrió a una pareja de Polentinos que emigró al extranjero recién casada. Después de algunos años, volvieron, compraron un terreno, edificaron una casa y el dinero que les sobró lo metieron en un jergón de aquellos. Un día, pasado el tiempo, pensaron en cambiarlo echando el viejo al cubil de los cerdos, olvidando en un principio que con aquel gesto estaban tirando sus ahorros. La historia acabó bien, porque, aunque rotos y pisoteados por los animales, Juan Lores e Isabel recuperaron su dinero y pudieron dormir a pierna suelta en jergón nuevo.

Como quien encuentra un billete en un bolso de su chaqueta o entre las pastas de un viejo libro, yo paladeo estos episodios, repaso con más intuición que documento los pequeños enigmas, que son tentáculos que van fortaleciéndose en tu cerebro a medida que transcurren los días. No hay pretensión de ningún tipo en esto. Noto como si me invadiera un extraño reposo. Converso con ustedes, que ya es mucho. Pergeño una vereda que nos conduzca hacia la historia de aquellas gentes, deudos como son de nuestras vidas.

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VER DOS VECES LAS COSAS
Un canto a esta tierra

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