100 DOSIS DE AMOR [95] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

No quiere hacer un canto diferente. Es un día más, un día cualquiera, aunque, al final, todos acabamos cediendo y celebrando como si no hubiera más noches y más días en el año. Lo dejamos todo para hoy. Nos comemos y nos bebemos todo en cuatro días. Desbordados por un efecto contagioso de engañosa felicidad, llenamos la casa de adornos y el patio de cornetas, silbadores y serpentinas. Y cuando pasa el día lo único que desborda es todo lo que daña. Estoy llamando a la puerta del Amor. Yo insisto en dejarle la dosis de costumbre, pero parece que hoy sólo hay tiempo para la familia. Mañana me cuentas. A ver mañana qué les cuento si he perdido el hilo de la dosificación.



Noia, rollo o cruceiro gallego


El infinito viajar, de Claudio Magris, se debería leer en Fisterra, más concretamente en Mar de Fora y en pleno atardecer. Contemplar ese espectáculo merece la pena. El viajero se encuentra un jueves 12 de julio muy cerca del lugar en que se pensó el final, en la villa gallega de Noia en el punto más interior de la Ría de Muros-Noia.


Adentrándose en Noia aparece un rollo, que diríamos en Castilla, o cruceiro en gallego

Adentrándose en el pueblo aparece un rollo, que diríamos en Castilla, o cruceiro en gallego, de unos cuatro metros de altura. Su impresionante altivez, su entorno sencillo, su no presencia en informaciones en la Red lo da un aire de descubrimiento feliz. El viajero ha buscado las dunas de Ancoradoiro, allá por la vecina Muros y las ha paseado, y ahora de vuelta quiere hacer un alto en donde había visto una febril actividad, noyeses construyendo un mercado medieval. Acaso no estemos en lo mejor de una villa, buscada por sus playas, en especial Testal, de más de un kilómetro de arenas blancas, pero el hallazgo inesperado sorprende al viajero, errante polos camiños y aún mucho más cuando indaga y no encuentra rastro alguno en la Red, de este cruceiro, a la par que se habla de otros próximos, y cuando alguien menciona un cruceiro en el centro de Noia aparece una foto que no es la de su cruceiro. El viajero no hace caso, ha visto ese cruceiro, es más, lo ha inmortalizado con una foto en la que se cuela una gaviota y decide colgarla en su blog. En cada viaje sobresale el hallazgo único, y este cruceiro es el hápax de la serie, o como diría Simmel, la azarosa conjunción, cuando en su libro de Roma, Florencia, Venecia dice que esa azarosa conjunción da lugar a una belleza nueva y no premeditada. Los cruceiros servían, entre otros fines, de refugio ante la hipotética visita de La Santa Compaña, pues podrá librarse de ser capturada el alma del mortal que presencie la procesión si se sube a los escalones de un cruceiro. Y aquí ya hablamos de palabras mayores. Un viaje a las profundidades de Galicia. El viajero, en Galiza, sabe que escuchar las leyendas no implica tener que cambiar las cosas, ni modificar el inexistente plan de viaje, sino, como con otras muchas cosas en la vida, conviene conducirse coma quen oe chover.

Texto: Fernando Martín Aduriz
Imagen: «Rio Tambre en Noia» de Ostiudo - Trabajo propio. 

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