100 DOSIS DE AMOR [25] [Sawabona]Qué importante es la música. ¡Cómo mueve el corazón y los sentidos! Qué importante es amar. Amar sin medida, amar sin reserva, agotando cualquier plazo. No cansarse nunca de amar; sin preguntas, sin dudas, porque amando no se hace mal a nadie; al contrario. Y, amor mío, amar como yo te amo sobrepasa todo límite. A veces quisiera volar, quisiera huir, quisiera morir... Salir, oler, mirar... imaginarte en el hogar, sobre la cama, en cualquier espacio de tu casa, haciendo cosas, leyendo, esperando.... Eso me desespera, me empequeñece, me deja exhausto. Así me voy deteniendo en esos puentes, en esos valles... Y mi mirada sube, busca la tuya en cualquier parte...
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Revilla en escombros
Cuentan que un buen día un viajero paró en Revilla de Campos atraído por la majestuosidad de su iglesia. Le recibieron a la entrada del pueblo viejos aperos de labranza, que adornan el contorno junto a la charca, y un antiguo parque con viejos columpios y toboganes, que, como los aperos, resultan inútiles en un pueblo donde la ausencia de niños y personas es evidente. Contempló el viajero los alrededores y vio una tenada con ovejas, custodiada por perros pastoriles, y unos corralones repletos de carbón y leña, en cuya portonera aparcaba un camión rotulado con el nombre de “Carbones Pérez”, junto a un caserón derruido, modernas naves de labranza, y al fondo típicos palomares terracampinos.
En el atrio de la iglesia admiró su portada, dio la vuelta al templo y se encontró con una esbelta torre que tenía el tejado derruido, a falta de limosna subvencionada, al igual que el templo, apuntalado para evitar la caída de sus paredes reventadas. Se quedó con ganas de subir a la torre de la iglesia para dominar la inmensidad de la Tierra de Campos y las poblaciones limítrofes de la zona, los Alcores, estribaciones de los Montes Torozos, y la Montaña Palentina, que se contempla en días claros. Pero la verdadera sorpresa se la encontró al recorrer las callejas del pueblo y ver deshabitadas sus casas, derruidas, bombardeadas por el abandono, el saqueo y la despoblación. Se encontró con un pueblo devastado, en escombros, que mantiene en pie cuatro o cinco casonas, alguna de ladrillo y otras de piedra de sillería, escoltadas por tapiales de adobe, materia prima de la zona; corralones, tenadas, hornachas y húmeros derruidos; adobes, muchos adobes, tejas sepultadas por techumbres, casas sin amo destruidas por la intemperie.
Recorrió cada rincón de este lugar abandonado en el corazón de Tierra de Campos, pedanía en escombros, donde le pareció escuchar un concierto al oír el único sonido del pueblo: el del viento. Se sorprendió de la luminosidad terracampina, que le hizo sentir calor en invierno, como si el pueblo estuviese caldeado, como si las antiguas glorias de las casas estuviesen prendidas, y calentasen las callejas. Tras este recorrido por el devastado poblado se fue el viajero de Revilla con la intención de volver algún día.
Pasó otro día por Revilla, sin intención de detenerse, pero desde la carretera le sorprendió la presencia de un buen número de vehículos aparcados en el pueblo, en las inmediaciones de las naves, al lado de la charca, y cerca de la iglesia. Alucinaba al pensar como había resucitado un pueblo moribundo, y atraído por la curiosidad paró su vehículo y se dirigió en busca del inusual tumulto. Se enteró de que se celebraba San Vicente, el patrón de Revilla, y se fue a la nave donde estaba el escenario de la fiesta. Para su sorpresa le recibe José Miguel Regoyo Muñoz, uno de los carboneros de Revilla, tan generoso con quien acude a la fiesta, que hace que nadie se sienta forastero. Regoyo impresiona al visitante con su blusón y gorro de gala, como un chef de alta escuela al frente de los fogones, y le agasaja como a todos los que acuden a la fiesta, le ofrece manjares de la tierra, bocados y exquisitas pócimas terracampinas.
El cocinero presenta al viajero a su equipo de alta escuela, compuesto por su señora, su hija, su yerno, su socio Javier Obispo y su amigo José Luis Gutiérrez, que lleva de segundo apellido nada menos que el nombre de este pueblo. Este gran equipo hace posible el éxito del festejo, y consiguen que nadie sienta frío en su inmensa nave, caldeada con cañones de gasóleo.
Le cuenta el carbonero que en Revilla disfruta y se regocija con lo que le rodea, que aquí vive con intensidad su placentera libertad, se deleita con el silencio de este pueblo abandonado, donde trabaja, se recrea y goza en exclusiva de un paraíso de sigilo, en el que no encuentra a nadie para hablarle, donde el adobe derruido es el rey del paisaje, donde las calles están siempre vacías y solamente se escucha el sonido del viento, que no hay ruidos en Revilla hasta San Vicente, en el mes de enero, cuando celebra su fiesta.
Le cuenta Regoyo al viajero, con intención de impresionarle, que por San Vicente, de Villamartín a Mazariegos, y de Pedraza a Torremormojón, se oyen los chillidos del marrano que matan los carboneros de Revilla para honrar a su patrón. Matan al cochino, y los aullidos del animal sustituyen a las campanas de la iglesia, y avisan al personal de que Revilla está de fiesta. Al oír semejantes berridos acuden al festejo los de Mazariegos, los de Revilla, los de Pedraza, los de Torremormojón y Baquerín. También vienen de Ampudia, de Palencia, y hasta de Grijota y Villalobón, y los colegas ciclistas del Grupo de Amigos “Los del Pabellón”, invitados por los carboneros. Todos acuden a probar los manjares del cochino, una vez destazados, y asados sus chorizos y pancetas, a fuego lento en la parrilla, con carbón de encina, materia prima del fogón que los carboneros tienen en exclusiva. La esencia de la fiesta son los exquisitos bocadillos de chorizo, panceta, el vino de Ribera, y el caldo de Paco Obispo, que mata una gallina y la cuece con los huesos de ternera y jamón, secretos de puchero apropiados para finales de enero.
La festividad de San Vicente tiene muchos atractivos, gracias al empeño de los carboneros, que consiguen con la fiesta que los lugareños y forasteros acudan al pueblo y den vida a Revilla durante dos días, el resto del año es un pueblo moribundo, abandonado y en escombros.
Recorrió cada rincón de este lugar abandonado en el corazón de Tierra de Campos, pedanía en escombros, donde le pareció escuchar un concierto al oír el único sonido del pueblo: el del viento. Se sorprendió de la luminosidad terracampina, que le hizo sentir calor en invierno, como si el pueblo estuviese caldeado, como si las antiguas glorias de las casas estuviesen prendidas, y calentasen las callejas. Tras este recorrido por el devastado poblado se fue el viajero de Revilla con la intención de volver algún día.
Pasó otro día por Revilla, sin intención de detenerse, pero desde la carretera le sorprendió la presencia de un buen número de vehículos aparcados en el pueblo, en las inmediaciones de las naves, al lado de la charca, y cerca de la iglesia. Alucinaba al pensar como había resucitado un pueblo moribundo, y atraído por la curiosidad paró su vehículo y se dirigió en busca del inusual tumulto. Se enteró de que se celebraba San Vicente, el patrón de Revilla, y se fue a la nave donde estaba el escenario de la fiesta. Para su sorpresa le recibe José Miguel Regoyo Muñoz, uno de los carboneros de Revilla, tan generoso con quien acude a la fiesta, que hace que nadie se sienta forastero. Regoyo impresiona al visitante con su blusón y gorro de gala, como un chef de alta escuela al frente de los fogones, y le agasaja como a todos los que acuden a la fiesta, le ofrece manjares de la tierra, bocados y exquisitas pócimas terracampinas.
El cocinero presenta al viajero a su equipo de alta escuela, compuesto por su señora, su hija, su yerno, su socio Javier Obispo y su amigo José Luis Gutiérrez, que lleva de segundo apellido nada menos que el nombre de este pueblo. Este gran equipo hace posible el éxito del festejo, y consiguen que nadie sienta frío en su inmensa nave, caldeada con cañones de gasóleo.
Le cuenta el carbonero que en Revilla disfruta y se regocija con lo que le rodea, que aquí vive con intensidad su placentera libertad, se deleita con el silencio de este pueblo abandonado, donde trabaja, se recrea y goza en exclusiva de un paraíso de sigilo, en el que no encuentra a nadie para hablarle, donde el adobe derruido es el rey del paisaje, donde las calles están siempre vacías y solamente se escucha el sonido del viento, que no hay ruidos en Revilla hasta San Vicente, en el mes de enero, cuando celebra su fiesta.
Le cuenta Regoyo al viajero, con intención de impresionarle, que por San Vicente, de Villamartín a Mazariegos, y de Pedraza a Torremormojón, se oyen los chillidos del marrano que matan los carboneros de Revilla para honrar a su patrón. Matan al cochino, y los aullidos del animal sustituyen a las campanas de la iglesia, y avisan al personal de que Revilla está de fiesta. Al oír semejantes berridos acuden al festejo los de Mazariegos, los de Revilla, los de Pedraza, los de Torremormojón y Baquerín. También vienen de Ampudia, de Palencia, y hasta de Grijota y Villalobón, y los colegas ciclistas del Grupo de Amigos “Los del Pabellón”, invitados por los carboneros. Todos acuden a probar los manjares del cochino, una vez destazados, y asados sus chorizos y pancetas, a fuego lento en la parrilla, con carbón de encina, materia prima del fogón que los carboneros tienen en exclusiva. La esencia de la fiesta son los exquisitos bocadillos de chorizo, panceta, el vino de Ribera, y el caldo de Paco Obispo, que mata una gallina y la cuece con los huesos de ternera y jamón, secretos de puchero apropiados para finales de enero.
La festividad de San Vicente tiene muchos atractivos, gracias al empeño de los carboneros, que consiguen con la fiesta que los lugareños y forasteros acudan al pueblo y den vida a Revilla durante dos días, el resto del año es un pueblo moribundo, abandonado y en escombros.
Reportaje gráfico de Alfonso Santamaría.
*Dedicado a José Miguel Regoyo y a Javier Obispo (Carbones Pérez) benefactores de Revilla.
La Casa de las Conchas
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| La Casa de las Conchas | @Francisca González del Castillo |
Acuarela de “La Casa de las Conchas”, palacio gótico renacentista y mudéjar con variedad de rejerías en sus ventanales, blasones, escudos, y sus más de 300 conchas que adornan su fachada, con sus luces y sombras dramáticas, que se aposentan en ella según avanza el día. Sombras que vigilan las onzas de oro, que según la leyenda se esconden debajo de cada concha, y dicen que también esconden misterios y romances cortesanos de un tiempo pasado.
Ver también en Curiosón
Camino de Santiago, (XVI)
📍Etapa XVI - La Isla-Villaviciosa
El monasterio de Oseira
Dice una frase que ya se ha hecho popular: "hay lugares donde uno se queda, y lugares que quedan en uno". No he dejado de viajar, siempre que he sacado dos días para hacerlo y puedo decir que en todas partes he encontrado historias sorprendentes, comidas diferentes, lugares que te quedan grabados en tu memoria para siempre.
Mercado de las Flores | Ampudia
Excelente mercado de la flor y muestra de artesanía, alimentación, música y talleres
El rey poeta
Manuel Lozano, colaborador de nuestra revista Pernía (integrada ahora en Curiosón) propuesto de nuevo para el Nobel por Argentina.
El toque de las campanas
Cuando, a finales del pasado año, el toque de las campanas fuera declarado, por la Unesco, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, en los estantes de mi memoria desapareció el polvo que cubría el recuerdo de los sonidos de las campanas eclesiales, especialmente cuando -en mi niñez y adolescencia- tañían las de Villafrades de Campos y Palencia.
Edén en Figueras
Se menciona por primera vez en 1200 al erigirlo sobre un anterior templo paleocristiano cuando a su alrededor comienza a construirse el núcleo medieval de Figueras, pero en el siglo XIV el rey Pedro el Ceremonioso ordenó se levantara sobre este edificio románico uno gótico.
Templo de Sant Pere
Figueras | Girona
Actualmente solo quedan restos románicos en los muros de la panda norte con una aspillera a la izquierda de la nave, al pie del campanario.
Tiene una sola nave, sin crucero ni girola, y capillas contrafuertes,
añadiéndose cabecera
y campanario neogóticos,
aunque persiste su forma primigenia hasta el inicio del ábside.
Este templo acogió los esponsales regios de Felipe V y Maria Luisa de Saboya. Durante la Guerra Civil fue incendiado y derrumbado, reconstruyéndose entre 1941 y 1948 con cimborrio octogonal
y cúpula hexagonal.
que remata en clave historiada con el Bautista.
Alberga una hermosa pila bautismal en donde recibió sus primeras aguas Salvador Dalí quien también recibiría en este lugar el funeral de su última despedida.
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