
Tiburcio llevaba media vida barruntando que el pozo era un ojo vetusto, más atento que muchos campanarios añejos y más constante que ciertos almanaques de taller mecánico.
El brocal, vencido por manos y ventiscas, conocía ausencias, regresos, reflejos, memorias y cubos que descendían por los huecos y ascendían con carga medida. Aquella noche, con el sereno prendido en las eras y el firmamento tirante como pellejo curtido, resolvió fijar aquello que siempre permanecía y nunca se quedaba. Era el momento ideal. Desenrolló la soga de esparto, olorosa a granero y sol antiguo y la dejó correr con tiento, sin prisa ni ceremonia. El pozo respondió desde su hondón, aspirando profundo, como quien acepta un encargo largamente postergado, casi esperado. Arriba, la Estrella Polar seguía firme, porfiada y nítida, clavando el septentrión como alcayata de lumbre candente. Tiburcio no invocó ni gesticuló; aguardó. Porque en los pueblos, lo decisivo baja de arriba cuando se le concede asiento. Y así, el agua del fondo comenzó a lucir con claridad extraña, como si fuera un reflejo en tránsito. La cuerda aprendió a ascender sola, mansa, recordando un oficio arcaico, casi atávico.
La estrella provino sin abrasar, con la gravedad de lo justo y necesario. Tiburcio la amarró al pretil con un nudo seco y leal, de los que no presumen ni traicionan. Desde entonces, el norte se volvió vecindad. Las brújulas se sosegaron, los senderos dejaron de engañar y el pozo dio elemento más frío y franco. Hubo estíos llevaderos y escarchas menos feroces. Nada portentoso: continuidad mansa y candil mínimo en la base para no errar pasos ni remembranzas. Pero una alborada, al izar el primer caldero, Tiburcio notó liviandad. Miró atento: la maroma seguía asida, el lazo entero. Alzó los ojos y entendió. No había bajado la estrella: había subido el pozo. El cielo, ligado, aprendió a beber. Y el norte, por fin, quedó donde siempre estuvo: en la hondura de la tierra. Así nos lo cuenta este sábado a la hora del café, en tercera persona, alternando, mientras se prende un farias que remoja en líquido blanco. Y Manolo, que es nuevo en la cofradía, toma notas como un loco. Los demás, sonreímos y le avisamos, que se prepare cuando llegue lo del eclipse.

Actualización jul2026 | 💥+333 👀
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Lo que puede dar de sí un simple pozo, con su brocal en piedra, su soga de esparto, su caldero para el agua y el mecanismo que hace subir a la superficie el cubo con el agua, contado a la luz y la inventiva de nuestro amigo Tiburcio un sábado por la tarde a la hora habitual del café en la tertulia de marras. Pues aquí como muestra la narración de hoy de nuestro amigo Julio César, cautivadora y directa como siempre. Saludos.
ResponderEliminarMuchas gracias amigos. Aquí estamos un sábado más con las vivencias de Tiburcio.
ResponderEliminarUna gozada de escritorio que nos retrotrae a momentos pasados, a esa infancia son funcionaba tan bien el misterio y las sorpresas.
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Julio César. Tú escritura tiene una buena relevancia que casi se ha perdido....
Un abrazo.