100 DOSIS DE AMOR [97] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Necesitaba compartirlo. Sé que apenas quedamos cuatro románticos, que muchos han vuelto la cara sorprendidos de tanto sentimiento, que otros han detectado cierto acercamiento a sus posiciones en ciertas dosis, que la mayoría ya se ha olvidado y ha salido de compras. Otros sienten algo parecido a un gusanillo, pero no desean comprometerse a tanto. Sí me gustaría insistir, que no renieguen de los sueños. Que no se dejen caer ante las adversidades. Que, si quieren a alguien, se lo digan y le mimen, y no vean en la pasión del otro un mundo ajeno al resto. El Amor es lo que te compensa de todo lo que por demasía y saturación entorpece tus pasos. No te consuela nada cuando te falta esa persona que llena noche y día tu pensamiento. Lo he dicho aquí cientos de veces, creo que, en cada dosis de estas, podía verse claramente esa sensación de pérdida que arrastro desde que no te tengo. Y sé que estás ahí y te llevo conmigo. Y sé que te quiero, aunque sea en la oscuridad y en la distancia, aunque sea en el recuerdo, como quieren los vivos a los muertos; y te espero, como espera la mujer del emigrante o el marino. Y contemplo mi vida ya desde lo alto, imaginándome a lo lejos lugares maravillosos en los que a veces me pierdo de tu mano.



Camporredondo y el Duque de Frías


No es una nueva historia. Ni pretendemos descubrir la cebolla con ello. Simplemente vamos a reflejar en esta entrada una historia, ya conocida por muchos, ya escrita o recogida en varios libros, por considerarla interesante. Porque tiene lugar en uno de nuestros pueblos: Camporredondo.




Camporredondo y el Duque de Frías


En el libro "Cumbres palentinas" de Juan Diez Caneja, editado en Madrid en 1915, nos describe así el episodio sorprendente del no menos famoso y novelesco personaje palentino, el Duque de Frías en su pueblo de Camporredondo.


Llegamos a Camporredondo. Hay en Camporredondo unas ruinas que evocan lejanos tiempos de armaduras, de siervos y de violentas conquistas de amor. Son las ruinas de un palacio en el que dicen vivió el hijo bastardo de un rey. Cuando los viejos vecinos refieren las historias oscuras e inverosímiles de aquel gran señor, parece que se escucha el habla altina del infanzón Duque de Frías, mujeriego y creyente. No ha muerto su recuerdo, porque nunca mueren de los nobles, devotos y bárbaros. Cuentan de él peregrinas empresas. Llevaba con orgullo el título sonoro de "Señor de Camporredondo" y "Duque de Frías". Todos le rundían pleitesía y su voluntad no tuvo súbditos rebeldes. Nunca sintió miedo. Caminaba solo y anunciaba su regreso a palacio disparando pistoletazos al aire. Entonces abrían los plebeyos las puertas de la mansión. Los pastores tenían que pagar el derecho de asadura al pasar por "Puente Vega". Todas las mozas tenían que acudir a palacio en las noches de invierno medrosas para escarmenar la lana de los recentales. En la primavera la hilaban las ancianas. El Infanzón ofrecía después las madejas a la Virgen de Viarce, en el Santuario que tiene una fuente milagrosa, descubierta por un moro renegado. Los caprichos del Duque de Frías eran leyes obedecidas por el pueblo resignado y dolorido. Solamente una vez la mujer del Corregidor se rebeló y, en la plaza, a toque de corneta, la mandó desnudar y la dio cincuenta azotes. Por este hecho el Rey, su señor, le apercibió, enviándole un Alguacil de Corte. El Infanzón le recibió con pleitesía. Mas luego, unos perros, emboscados por el Infanzón bastardo, lo despedazaron. El Duque de Frías decía: "Justicia que hace el señor de Camporredondo en nombre de su Rey".

"El Rey entonces le quitó todos sus privilegios siendo muy reñido el pleito. El Infanzón se rebeló contra el fallo del juicio un día en el que se casó una moza de su dominio, que siempre tenía en la boca la flor de una sonrisa y en los ojos el aleteo de la castidad. El Duque de Frías quiso reclamar el derecho de pernada, que el Rey le quitara en el pleito famoso. El pueblo se lo negó, pues había perdido los privilegios del Señor de Camporredondo. Y desafiando al pueblo hosco y liberado por la excelsa magnitud del Rey castellano. El linajudo Infanzón decía entonces: "¡Aunque me cueste la vida, esa es para mí, porque es mi amor!" Y la voz metálica y vibrante arrancó a la plebe un murmullo rugiente. El Hidalgo Infanzón tendió su mano a la Virgen y bajo el entrecejo duro, aulló el pueblo en griterío salvaje. El Duque de Frías asió por un brazo a la doncella y la arrastró hacia sí. El desdichado esposo de la doncella le quiso ahogar, pero el bastardo Infanzón le partió el cráneo de un pistoletazo. El crímen amedrantó al gentío cobarde y el Señor de Camporredondo desapareció llevándose en los brazos a la única doncella que en la vida amó".

Nadie volvió a saber de él, hasta que de Flandes llegó la noticia de su muerte. Peleando por el rey de las Españas murió de una lanzada aquel Señor que en vida fue don Iñigo Fernández de Velasco, descendiente del Conde de Haro, Condestable de Castilla, Virrey de Granada y como él, Señor de Camporredondo y Duque de Frías.
 
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"El Roble agradece al Señor Conrado Gutiérrez Montero, de Guardo, el haber proporcionado la copia del citado libro "Cumbres Palentinas", cuyo autor es Juan Diez-Caneja, y de donde se ha tomado, repetimos, esta historia.

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El Roble | 1975

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