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Adiós, presidente, adiós

El corazón y la mente no hallan sosiego en un hombre ambicioso.


Llegó como huracán y arrasó cuanto halló a su paso: estabilidad económica de miles de personas, trabajo de otras tantas, recortó y anuló derechos sanitarios y ayudas al desfavorecido o incapacitado; pisó la esperanza de mejorar la vida con estudios y becas. 




Levantó con dinero de contribuyentes la valla de la ignominia, para evitar que quienes dejan por hambre, persecución política, o cualquier causa injusta su país puedan acceder a otro en el que cifran sus esperanzas. 

Algunos llegaron. En la frontera separó a hijos y madres cuando -tras muchas vicisitudes- se acercaban al paraíso donde (creen) la miel nace del gran árbol igualdad que ampara a los olvidados. 

Todo derecho fue anulado, hiriese a quien hiriese, solamente por su voluntad. Puso, decidido, su deseo al frente de la misma. Y pensó que, elegido democráticamente en su cargo, podría lograr cuanto le pasase por la cabeza; cambio programado en su mente de niño caprichoso, acostumbrado a salirse con la suya. Destituyó a quienes no le eran afines, le hacían sombra, o discrepaban con él, y colocó en su lugar a lacayos agradecidos, defensores acérrimos de políticas dictatoriales o populistas, según la vena, el momento y el interés económico solapado tras ellas. Se propuso alejar de su esfera de poder a idealistas y a incorruptibles. Lejos, también, a defensores de los derechos del pueblo. Sí, esa era la norma de cada político honesto y sabio. Juramento solemne que el presidente no iba a aceptar, ni a poner en práctica. 

Rico, inmensamente rico; pero al insaciable siempre le falta algo. El corazón y la mente no hallan sosiego en un hombre ambicioso. El poder político, su meta, para sentirse un dios terrenal, dueño de vida y haciendas. Objetivo alcanzable con su palabrería estudiada, convincente. Quiso, pudo y lo consiguió. Sintió el mundo entre sus manos y lo mismo que se disfruta un caramelo, con fruición y deseo de que no llegue nunca el final del mismo, el poderoso señor se aferró al poder intensamente, sin ánimo de soltarlo y sin pensar en que debería dar paso a otro hombre responsable y con ganas de hacer que el país recuperase cuanto se perdió durante su nefasto mandato. Pero llegó el día y tuvo que hacerlo. 

Por favor, señor, no se le ocurra volver.




SENTIR DE LA PALABRA 
Sección para "Curiosón" de Carmen Arroyo.

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