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Edén en Abiego | Curiosón

Edén en Abiego

Gran Guía de Templos Románicos

Templo de Santa María la Mayor | Abiego



Aquí me tenéis de nuevo. Es septiembre de un año  2017, día en que toda esta "charpa" de gente rara decidió reunirse en un pueblo de Huesca. Dentro de todo lo malo, mi suerte es que parece ser que el anfitrión es reconocido por todos ellos como el más "normal" del grupo. Bueno, si por normal puede entenderse a una persona que dicen es doctor en amistad, jotas, historia aragonesa, románico y que, en sus ratos libres ejerce medicina de cuerpos y almas, y que además todos le llamen Chis.

Parece ser que todos los invitados conocían, gracias al documento publicado por don Jesús Conte Oliveros, la visita que en el día primero de septiembre de 1560 efectuó el Rvdo. Don Pedro Vitales, Doctor en Sagrada Teología, Provisor y Visitador General de la Ciudad, Episcopado y Diócesis de Huesca a la iglesia parroquial de Santa María la Mayor de Abiego.

Que "visitó en dicha iglesia el altar y capilla de Santa Catalina donde halló un retablo de lienzo con la imagen de Santa Catalina. Asimismo dicho señor Provisor visitó la iglesia de San Miguel de Abiego y halló el altar con un retablo de lienzo con la imagen de San Miguel pintada en medio y a los lados los de San Bartolomé y Santa Elena. También visitó el altar de San Sebastián y San Fabián y halló el retablo de madera pintado con las imágenes de San Sebastián y San Fabián".

Y una oscura sombra se había cernido hasta julio de 1998, en que se produjo un hecho tan excepcional que hasta a mi me asombró.

Reunidos en el interior de ese templo, Chis le explicaba que fue a raíz de unas obras de restauración en el templo de Santa María la Mayor de Abiego cuando al eliminar las pinturas que cubrían su interior, apareció cegada la típica entrada elevada de torre defensiva a más de tres metros del suelo actual. Empeñándose Chis, junto al entonces párroco, Juan Carlos Barón, que tras esa pared pudiera existir una escalera medieval, decidieron abrir un pequeño acceso para poder comprobarlo. Y, en efecto, siendo los primeros en franquearla tras cientos de años, descubre la entrada de la torre que permanecía tapiada por obra de ladrillo.



Franqueada la puerta y a través de un pasillo que recorre el espesor del muro, se llega a una estancia con bóveda de cañón apuntado de 1,40 de ancho por 2,90 de longitud y 4 de altura. En su muro oeste, una saetera abocinada típica de estructura defensiva. La referida cámara se comunica con escalera de caracol en piedra primitiva del siglo XII-XIII de seis metros y medio en su eje vertical, iluminada por saetera doblemente abocinada rematada con arco semicircular y abierta al muro norte de la torre a la que se accede a través de un portal con arco de medio punto en el que persisten escotaduras que servían para atrancar esta segunda puerta.


Y es en ese pasillo de apenas seis metros y medio, enterrado bajo escombros, donde Jose Luis Conte Sampietro, Chis, descubrió en julio de 1988 este retablo.


La parte central presidida por un inédito San Miguel envuelto en mandorla.


Sorprende que cuando en el gótico había caído en desuso la representación de la mandorla, este retablo presente, nada más y nada menos, que a un arcángel rodeado de ella, pues de todos es sabido que en  el  arte  cristiano y desde  el  siglo  VI  la  mandorla  se  había  constituido  en   un  atributo  de  Cristo en  escenas  de la  Transfiguración  y  de  la  Ascensión, extendiéndose posteriormente  a  otros  aspectos  de  la  vida  de  Cristo o del Pantocrátor, pero en ningún modo a figuras arcangelicales. Es por ello por lo que esta gentecilla debatía sobre cómo se puede concebir la representación inédita de esta figura central si no es intentando comprender la asunción del maestro pintor de la filología nominal: Mija-El, Mikaiyáh o Mijai:  ¿Quién como Dios?.

En la parte inferior, las figuras de San Bartolomé a la izquierda del observador y de Constantino a la derecha. Dichas representaciones constatan la autenticidad y veracidad original de las mismas si las ponemos en relación con el documento referido que recoge la visita del Provisor y Visitador General en 1560, don Pedro Vitales, a los templos de Abiego y en los que se da constancia de que en el templo de San Miguel ( hoy desaparecido y de ubicación desconocida) " halló el altar con un retablo de lienzo con la imagen de San Miguel pintada en medio y a los lados las de San Bartolomé y Santa Elena", imagen esta última que debió ser confundida o únicamente interpretada a raíz de la portancia de la cruz sin tener en cuenta que, con técnicas mucho más precisas en la actualidad, puede observarse que va provista de corona, bigote y barba.


A sendos lados del arcángel mandorlado, San Fabián y San Sebastián, patronos de Abiego y en inusual representación del segundo que no aparece en el momento del martirio sino portando los atributos del mismo.


 Y coronando el conjunto, la crucifixión de Cristo donde María y Juan acompañan la escena intentando desviar la atención del espectador hacia el paisaje del fondo que parece reproducir una porción típica de la Sierra de Guara y que podría constituir un elemento de ubicación o punto de referencia para investigar la localización del templo de San Miguel de Abiego de donde procede este retablo tan excepcional que podemos disfrutar gracias al tesón, fortuna y conocimiento de Jose Luis Conte Sampietro.


Tanta fue mi desatención que, habiendo sido abandonado y recostado en un banco del templo, ante tal mayúsculo desprecio decidí darme un paseo por la calle. Cuando al cabo de las horas repararon en mi ausencia, organizaron un grupo de búsqueda en la que participaron todos los chicos del pueblo (a bicicleta y a pié) a los que se les pagó una soldada de cinco euros por barba, pero hábilmente logré zafarme de aquel infantil grupo de rescate y volví a introducirme en el templo. Ascendí la torre de caracol hasta su campanario, superando tropecientos escalones de sillares, que superaban el doble de mi tamaño, para presentarme ante esta "charpa" de insensibles y echárselo en cara, a golpe de ladridos.

Aquel día, pues, me vengué. Cuatro días después, me vine. Mejor dicho, me trajeron de regreso.


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