Edén en Sádaba y II
Hay ocasiones en las que uno cree dirigir el viaje y, sin embargo, es el viaje quien acaba dirigiéndole a uno.
Monasterio de la Concepción de la Virgen de Cambrón
Sádaba | Zaragoza
Aquella mañana del 25 de agosto de 2013, después de disfrutar de la magnífica iglesia románica de Puylampa, todo parecía concluido. Solo quedaba regresar tranquilamente a casa. Eso era, al menos, lo que pensaba mi mascota, que conoce de sobra mis debilidades y sabe que, cuando detecto una iglesia románica en un radio de veinte kilómetros, mi sentido común desaparece con la misma rapidez que una salchicha en mi comedero.
Yo, en cambio, había descubierto en el mapa un nombre que llevaba demasiado tiempo rondándome por la cabeza: Santa María de Cambrón.
—Podríamos volver por el valle del Riguel...
Mi mascota levantó la vista lentamente.
—Ni hablar.
Conozco perfectamente ese tono. Es el mismo que utiliza cuando sabe que la aventura terminará complicándose.
—Ese monasterio está completamente arruinado. Me entristece verlo. Volvemos por donde hemos venido.
Pero uno tiene fama de perrito aventurero por algo. Y además contaba con un aliado inesperado: La Burbujita, nuestra veterana compañera de viajes pareció apoyar mi propuesta tomando sin protestar el camino agrícola que desciende hacia el Riguel.
Dejamos atrás el asfalto y comenzamos a recorrer pistas entre campos de cereal, maizales, acequias centenarias y choperas que daban sombra al río.
Todo invitaba a pensar que había merecido la pena, hasta que la Burbujita decidió expresar su opinión. Primero fue un olor extraño, después un tímido hilillo de vapor, más tarde un inquietante silencio mecánico y finalmente...un suspiro. Nunca imaginé que un motor pudiera morir con tanta dignidad. —Se ha fundido... Aquellas palabras sonaron como un responso. La pobre Burbujita había entregado su último esfuerzo intentando llevarme hasta Cambrón.
No quedó otra solución que llamar a la asistencia. Cuarenta y cinco minutos de espera, bajo un sol que parecía recién salido de la fragua de Vulcano, dan para muchas conversaciones. Mi mascota insistía en que aquello demostraba que el monasterio no quería ser visitado. Yo defendía exactamente lo contrario.
—Es una señal para que vayamos. Naturalmente.
La grúa apareció levantando una pequeña nube de polvo. Su conductor bajó con esa mezcla de tranquilidad y experiencia que solo poseen quienes llevan años rescatando vehículos derrotados. Mientras aseguraba cuidadosamente a la Burbujita sobre la plataforma, comenzó la conversación inevitable.
—¿Qué hacíais por estos caminos?
—Buscando románico.
El hombre sonrió.
—Entonces sois de los míos.
Aquella frase lo cambió todo.
Durante el viaje hasta Tudela dejó de ser un simple gruista. Se convirtió en un guía, un historiador improvisado y un apasionado defensor del patrimonio aragonés. Hablaba de monasterios, iglesias, castillos y despoblados con la misma naturalidad con la que otros hablan de fútbol. Conocía capiteles, canecillos, fechas y restauraciones. Sabía qué bóveda conservaba todavía sus nervios originales y qué portada había desaparecido víctima del expolio.
Cuando mencionamos Cambrón, guardó unos segundos de silencio. Después sonrió.
—Todavía da tiempo.
Nos miramos sorprendidos.
—¿A tiempo de qué?
—De despediros de uno de los monasterios más hermosos y desgraciados de Aragón.
Y cambió el rumbo.
El monasterio apareció entre los campos casi sin anunciarse. No domina el paisaje. Se deja descubrir. Como si llevara demasiado tiempo acostumbrado a que nadie vaya a visitarlo.
Nació en el siglo XII, en aquellos años en los que la Orden del Císter transformaba Europa levantando monasterios donde el trabajo, el silencio y la oración caminaban juntos. Aquí vivieron durante siglos las monjas cistercienses desde que Pedro II de Aragón lo fundara y lo rigiera doña Osenda Romei y su hermana Gracia como primera abadesa enviadas desde Francia por el abad Enrico de Morimond hasta que la epidemia de 1541 diezmara la comunidad de 25 monjas a solo 4 supervivientes. Administraron tierras, organizaron cultivos, criaron ganado y levantaron un conjunto de extraordinaria sobriedad. Su iglesia es una magnífica obra de transición entre el románico tardío y los primeros impulsos del gótico. Nada sobra. Nada pretende impresionar. La belleza nace únicamente de las proporciones, de la piedra desnuda y de la luz. Es exactamente lo que San Bernardo deseaba para sus monasterios.
Su proximidad con el monasterio masculino de Puylampa y la relajación moral del clero de la época, evocó la siempre chispeante y crítica imaginación del campesinado que no tardó en construir unas estrofas que aún se recuerdan:
“ De Puylampa a Cambrón,
Se pasea fray Antón,
con la sotana arremangada,
por si surge la ocasión”.
La historia comenzó a torcerse con la desamortización de Mendizábal. Las religiosas marcharon. Nunca regresaron. El monasterio quedó vacío, y los edificios vacíos rara vez tienen un final feliz.
Las dependencias conventuales fueron transformadas en cuadras. El refectorio sirvió de almacén. Los dormitorios acogieron animales. Los antiguos espacios de recogimiento terminaron convertidos en gallineros, corrales y establos. Lo que durante siglos había sido un lugar de espiritualidad pasó a ser una simple explotación agrícola.
Después llegó el expolio. Piedra a piedra. Capitel a capitel. Columna a columna.
Todo aquello que podía venderse o reutilizarse fue desapareciendo lentamente.
Los tejados cayeron. Las bóvedas cedieron. La lluvia terminó la tarea que había comenzado la indiferencia.
Y, sin embargo...todavía emociona.
Recorrimos el monasterio acompañados únicamente por el viento. No hacía falta hablar.
Había algo profundamente humano en aquellas ruinas. Los arcos seguían sosteniendo el cielo. Los muros aún conservaban la elegancia de otro tiempo. Las ventanas continuaban llenándose de luz, aunque ya no hubiera vidrieras.
Mi mascota permanecía inmóvil. Comprendí entonces por qué no quería venir. No era miedo, era tristeza. Porque existen monumentos cuya ruina resulta más elocuente que cualquier tratado de Historia.
Cuando abandonamos Cambrón, el sol comenzaba a descender sobre los campos del Riguel.
La Burbujita, inmóvil sobre la plataforma de la grúa, parecía mirar también hacia atrás. Quizá imaginaba que había merecido la pena sacrificar su viejo motor para regalarnos aquella visita inesperada. El gruista guardó silencio. Nosotros también. Hay lugares de los que uno se marcha satisfecho, y otros de los que se aleja con un nudo en la garganta. Santa María de Cambrón pertenece a estos últimos. Mientras el monasterio desaparecía lentamente en el retrovisor, pensé que los edificios históricos no mueren cuando se derrumban. Mueren cuando dejan de importar. Y, sin embargo, allí seguían aquellas viejas piedras, resistiendo al viento, al olvido y a nuestra desidia con una dignidad que ya quisiéramos muchos.
Tal vez ese sea el verdadero milagro de Cambrón. No el de haber sobrevivido ocho siglos, sino el de seguir emocionando a quienes todavía se detienen a escucharlo.
Y mientras exista un viajero dispuesto a desviarse del camino para llegar hasta él —aunque sea a costa de un motor fundido, una grúa providencial y un gruista convertido en caballero andante del románico—, Santa María de Cambrón seguirá teniendo futuro.
Porque el patrimonio también se salva contándolo.





















