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Pastillas para caldo en los galeones



Siglo XVIII

Siempre comentamos el hambre y otras carencias que pasaban los que viajaban en los galeones pero he encontrado que ya en el siglo XVIII llevaban a bordo como suplemento alimenticio unas a modo de galletas para hacer sopa. Algo así como el Knorr y el Oxo cubes actuales. Veamos:

En Buenos Aires, los hermanos Liniers montaron una fábrica para su elaboración, las “Bullion Kubs” con el permiso de Carlos IV por Real Orden del 24 de junio de 1790. Se proponían convertir en pastillas alimenticias unas 3.000 cabezas de ganado vacuno en el primer trienio. Adquirieron una casa a la orilla de un río, con amplios corrales. Construyeron matadero y zanjas para incinerar los huesos que luego se venderían como fertilizante. La finca estaba cercana a una fábrica de curtidos lo que facilitaba trabajar las pieles en fresco.

Instalaron las salas de despiece y elaboración: la carne en trozos se cocía durante horas y a este concentrado se le añadía sal, pimienta, aguardiente de granos de uva y almidón. Y algunas veces, verduras. Para su exportación se envasaban en cajas de hoja de lata.

Además de como suplemento alimenticio en los galeones de Su Majestad, las pastillas se comercializaban en Europa como alimento de emergencia para soldados y heridos de guerra, tan abundantes en aquellos años. Consta que en la expedición de Malaspina y Bustamante las incluyeron en el matalotaje. Escribieron que “…después de cuatro años estaban en buen estado”. También que el capitán Cook las llevó en el “Resolution” a la Antártida. Comenta en sus escritos que “…eran un buen suplemento para enfermos cuando escaseaba la carne”.  La gran diferencia de las pastillas de los Liniers con los demás consistía en el añadido del aguardiente de granos de uva… En Europa, “galletas para sopa” se elaboraban muy anteriormente, cociendo astas de ciervo y de otros animales.
Parece que no resultó muy buen negocio para los Liniers: los gobiernos pagaban tarde y mal o no pagaban. La fábrica dio pérdidas y eventualmente tuvieron que cerrarla. Santiago Liniers le escribía a su hermana Linotte en Francia que “…había perdido más de 10.000 piastras”.

Uno de los inconvenientes de estas pastillas era el exceso de sal, cosa que aún hoy en día ocurre con las que podemos comprar en el comercio.






Una sección de Elisa Gómez Pedraja para Curiosón, 2018

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