100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









Cuando los monstruos son los padres


Todo es ya una burda mentira y se acentúa más y más cada día cuando me obliga a que, delante de la gente, le llame papá. Él, haciéndose el sorprendido, me dice con la más agradable de las sonrisas:
— ¡Ah! Eres tú. ¿Qué quieres hija?
Mamá asegura que tengo el papá más maravilloso de todos. Me quedo mirándola con un profundo silencio que ella interpreta:
—Ves, es tan estupendo que al comprenderlo nos quedamos sin palabras.

Desde la oscuridad de mi rincón donde me escondo, miro por la rendija de la destartalada puerta. Mi corazón me golpea ante el temblor de las telarañas, el crujir de las tablas y la inquietante atmósfera que proyecta la luz del ventanuco. Pero algo me atrae especialmente. Es una muñeca ajada y sucia a la que le falta un brazo. Todo lo demás: cajas y baúles, sacos y materiales indescriptibles por el polvo que los cubre, la acompañan con su silencio. Aprieto los brazos contra mi pecho y le susurro que no tenga miedo que yo la protegeré.

De repente, su olor me sobresalta. Su cercanía me hace temblar. El miedo me ahoga. Sonríe y... Quiero morirme. Mis lágrimas resbalan silenciosas. Se enfurece y me hace daño. El pis me moja las piernas y mis dientes castañetean... Más tarde, soy yo la que está en el suelo maltrecha y dolorida.

—Cariño, parece que oigo a un gatito gimiendo arriba, en el desván.
— ¿Si? ¡Qué raro! Voy a ver.

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Retazos de vida:Una idea de Pilar Moreno


Retazos de vida



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