100 DOSIS DE AMOR [23] [Sawabona]
Una de las entradas de curiosón, es la carta que le escribe Albert Einstein a su hija. A lo mejor es un hoax de esos que surgen a menudo en las redes sociales y que la gente comparte sin cesar buscando, me imagino, decirle al mundo que se desperece, que deje lo que está haciendo, que se olvide de buscar, porque aquí está lo que alimenta de verdad, lo que nos hace más humanos, lo que necesitamos practicar y difundir: ¡¡¡El amor!!!!! El Amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere.

Covalagua es una emoción

A mi derecha el páramo está desnudo, solitario, yermo. Solo rocas desgastadas por siglos de agua lo adoquinan desigualmente. Tropeles de nubes lo envuelven y lo protegen, envolviéndolo en serenidad. A mi izquierda, cubierta de densa vegetación, la ladera se precipita velozmente en busca ansiosa del valle. Orondas gotas de agua caen plácidamente, cada una es mensajera de la tormenta que se anuncia en el otro lado del horizonte.



Cuando la montaña lo permite sopla el aire con virulencia, revolviendo robles y quejigos que se lamentan con rumor de angustia al ser zarandeados. La carretera asciende inclemente, sin tener en cuenta los kilómetros que llevan mis piernas ni que la noche amenaza con caer prematuramente. Estrecho el paso, me calo el sombrero y me aprieto el abrigo. Aprieto también la mano que me acompaña, la que lleva treinta años acompañándome. Allá en lo alto, después de varias curvas, está Covalagua y lo llena todo de olor a fresco, a bosque y a Naturaleza nueva. Se esconde el agua entre piedras, presurosa cantando penas camino de las profundidades, rocas y árboles se estiran y alzan el cuello para verla perderse detrás de los recovecos. Cuántas veces he soñado con quedarme allí una mañana en silencio, renunciando solo un instante de mi vida al mundanal alboroto, oyendo el susurro de tejos y rebollos. Simplemente viendo al agua correr, jugando a perseguir los regatos que llevan allá abajo, al infantil río Ivia. Envuelto en nubes y silencio, Covalagua es una exhibición de la naturaleza contra la angustia, una pausa contra el vértigo, una proclama en piedra y agua contra el artificio de la humanidad. A solas con la naturaleza el hombre se siente pobre y cobarde, desconfiado de pisar y molestar a la madre Tierra, de respirar y perturbar a los dioses de bosques y fuentes, de sentirse fuera de sitio, en nido ajeno. Miro los ojos que me miran y del bosque surge un trueno que rotula el momento. Volvemos despacio. Las protestas del viento entre orgullosas hayas y humildes brezos responden monocordemente a la laica letanía que marcan nuestros pasos por el camino de vuelta. Detrás de nosotros se cierra la tarde con grises y negros. Se supone que volvemos a casa, a una civilización encastillada en plástico, acero y neón. Si queremos llamarlo civilización.

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Es Palencia; es Castilla, oiga

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El exilio imposible de Stefan Zweig

Fue poeta, traductor, novelista, biógrafo, ensayista, periodista, autor dramático, humanista y profundamente europeo