Guardo: Crónica de una década, 1930-1939
La presa del príncipe Alfonso fue construida en el estrechamiento montañoso llamado la hoz de Alba. Fue levantada con piedra caliza de las canteras próximas de Cardaño. Por medio de un pequeño ferrocarril se transportaba hasta las obras. El interior de la presa es macizo, realizado en mampostería y hormigón. La presa tiene una altura de 66 m.
El pantano de Camporredondo
Cuando se dio por acabado el pantano, las aguas bravías del río Carrión fueron domadas. Entonces, tanto Guardo, como los demás pueblos ribereños, respiraron tranquilos, pues raro era el año en que sus aguas no se desbordaban y arrasaban los entornos. Los estragos que causaban las avenidas del Carrión eran múltiples. Una de las más graves fue la de 1909. En Guardo arrasó huertas, cuadras, corrales y alguna casa. Los molinos lo pasaron muy mal. El agua llegó hasta lo que hoy es la Plaza de los Cuatro Caños, en plena calle Mayor. Ese mismo año, en abril, se produjo otro desbordamiento, causando bastantes daños. En 1900, cuando se construyó la carretera de Saldaña, se tuvo que subir la misma al páramo para huir del viejo trazado, que seguía junto a la orilla del río, porque, con los desbordamientos se taponaba con grandes cantos rodados, algunos de toneladas, que las aguas enloquecidas del Carrión arrastraban, incluso desde Cardaño o Triollo. Los alcaldes tenían que convocar entonces a huebra a los vecinos para dejar libre el camino y arreglar los puentes menores y las presas de los Molinos.
Por otra parte, estaban los veranos secos en los que el agua del Carrión se negaba y los pueblos no disponían de agua suficiente para el riego e incluso para beber. Si el río Chico no robaba agua al Carrión, las huertas y las fincas de riego, guardenses no daban frutos. Y eso sin contar con los problemas sanitarios que ocasionaba la falta de agua corriente. Todos estos males se acabaron con la entrada en funcionamiento del pantano de Camporredondo.
Jaime García Reyero
Los arroyos por las calles y el ferrocarril
En una tertulia del Casino, Edmundo Enrique tomaba un café junto con su hermano Augusto, los farmacéuticos José de Cos Medina e Ignacio Santos, el médico Adriano Gil, el maestro Delfín Lobato y el dueño de El Comerción Gregorio de Cosío. Llevaban más de una hora sin decidirse a formar la acostumbrada partida de dominó, porque se habían enzarzado en una animada conversación sobre el tema que, desde hacía varios días, no perdía interés. La inauguración del pantano de Camporredondo. Los más pequeños detalles salían a reducir y se desmenuzaban al detalle. Lo más comentado fue la cara de tristeza que tenía el rey Alfonso XIII. Su sonrisa, cuando respondía a los vítores de las gentes, se notaba que era forzada. Apenas atendía las explicaciones de los ingenieros, su mirada parecía perdida y claramente se percibía que su mente estaba en otro lugar. Sin duda, pesaba sobre la situación penosa de España, donde los vientos republicanos soplaban demasiado fuerte. Y aparte desde una de las ventanas del Casino se divisaba la calle mayor y el comienzo del camino hacia Velilla. Los contertulios contemplaban las aguas que llevaban el Arroyo Valdecastro que, procediendo del alto del valle del mismo nombre, llegaba hasta la calle Mayor y seguía por ella para perderse después en el río Chico. El Arroyo en cuestión llevaba más agua de lo acostumbrado en verano debido a las aguas de los últimos días. Tanto este Arroyo, como el de la calle el Arenal, que surcaba el barrio de la Fuente, presentaban un buen aspecto. En verano, lo normal es que fuera un reguero diminuto de agua con zonas estancadas, que constituían focos de enfermedades entre la población infantil.
A José de Cos, el farmacéutico de arriba y el alcalde, no le gustó nada la observación del médico, titular y responsable de la sanidad local, Adriano Gil, quien no perdía ocasión de opinar que el problema más gordo que Guardo tenía era el agua de esos arroyos. Según él, había que eliminar esas corrientes míseras del agua que surcaban las calles de Guardo, que los vecinos usaban para todo y donde arrojaban todo tipo de inmundicias.
El terrateniente Teótico de la Calle le daba la razón al médico, pero apoyaba al alcalde, que aseguraba que si el Ayuntamiento tuviera dinero, ya lo habría hecho. Don Edmundo, descendiente del antiguo Mayorazgo de la Casa Grande, cambió de tema para evitar el enfrentamiento entre los dos compañeros de mesa y tertulia. De improviso, y sin venir a cuento, sale a relucir el tema del ansiado ferrocarril Guardo-Palencia, en el que tantas esperanzas e ilusiones había puesto nuestra villa. Contó la conversación que había tenido en Camporredondo con el presidente de la Diputación de Palencia, en torno al tren. La idea había surgido en 1901, pero hasta 1914 no se anunció a bombo y platillo la subasta de las obras. Sin embargo, esa subasta nunca llegó. Pasaban los años y el proyecto no veía el día de su realización. Los empresarios Palentinos carecían del empuje y el afán de los grandes emprendedores. Según palabras del presidente de Diputación, Manuel Diezquijada, hacía siete días que se había celebrado una sesión extraordinaria en la institución palentina que el presidía. En ella presentó una moción para rescindir el contrato del proyecto del ferrocarril palentino. ¿Por qué había presentado esa moción? -le había preguntado ofendido don Edmundo. La respuesta fue clara: el autor del proyecto no había cumplido lo pactado y veía que era un fiasco su ejecución. El proyecto era demasiado ambicioso y no dejaba ver un horizonte claro. No aclaraba de dónde se iban a lograr los dineros necesarios para sacarlo adelante. La moción fue aprobada ante el disgusto y revuelo de los diputados Palentinos. Eso fue la tumba para los sueños ferroviarios de Guardo, Saldaña y Carrión de los Condes. El señor Diezquijada le había confesado al guárdense que aquello había sido el final para ese tren. Se necesitaban 14 millones de pesetas para ponerlo en funcionamiento. Los tiempos que corrían no eran los más adecuados para emprender empresas tan costosas.
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Interesante artículo éste de Reyero -conocedor como pocos de la Comarca guardense- que nos relata un momento de la historia de la Comarca con motivo de la construcción del pantano de Camporredondo, una gran obra de ingeniería que supuso la contención del río Carrión en sus avenidas desastrosas y, al tiempo, una regulación fluvial del río a lo largo del año. Con otro relato al tiempo sobre el ferrocarril y el tren a la Comarca que nunca pudo realizarse por motivos económicos; y ya para siempre quedó en la estacada. Saludos.
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