Fundación Herminio Revilla | Molino harinero
El pan es un alimento imprescindible en la mesa de cualquier comedor. Para poder consumirlo, primero, es necesario tener harina; segundo, la harina sale de moler el trigo, y tercero, el trigo y el agua para mover el molino salen de nuestra región y de nuestros campos de tierra, o Tierra de Campos.
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|||| Maqueta del molino que puede admirarse en la Fundación Herminio Revilla de Villabellaco |
La maqueta del museo que reproduce un molino
En los tiempos en que cada pueblo vivía estrechamente ligado a la tierra, los molinos eran centros indispensables para la vida. No solo servían para convertir el grano en harina, sino que eran punto de encuentro, lugar de charla y de intercambio de noticias entre vecinos. En los pequeños pueblos, el molino era uno de esos lugares donde se reunían las gentes vecinas, igual que en la iglesia o la fragua. Hoy nuestro protagonista es el molino movido por agua. Cuantas historias se pondrían escribir, más de algún matrimonio habrá empezado a nacer aquí. Todavía existe alguna canción o copla nacida también en el molino. "Cuando entregué la Maquila a la hija del molinero, tanto me cautivó su belleza que solo pienso en volver de nuevo." La Maquila, era la porción de trigo que el molinero se quedaba por su trabajo.
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Otro retazo más de la gran riqueza expositiva que atesora este Museo de Herminio Revilla -hoy Fundación-, mostrándonos este rinconcito del mismo donde se asienta esta maqueta que explica bien a las claras el mecanismo de un molino harinero del pasado, estrechamente ligado a la economía rural y al día a día de la vida en el pueblo. Y luego, esos comentarios tan positivos que hacen a su salida del mismo algunos de los visitantes del Museo. Todo, dentro de un deseo común de necesidad de pervivencia del mismo a través del tiempo. Saludos.
ResponderEliminarBuenos días Froilán y muchísimas gracias por el reportaje que has puesto de el molino, creo que es muy bueno y espectacular. Enhorabuena, cada viernes te queda mejor. Un abrazo
ResponderEliminarHerminio, eres tú el protagonista, quien lo trabaja y lo cuenta cada día allí, en Villabellaco. Tú eres ya un referente para la historia de esta tierra. Un abrazo.
ResponderEliminarNos presenta Herminio Revilla una nueva maqueta que se puede admirar y disfrutar en su Museo, llena de nostalgia del pasado en su rescate de lo desaparecido, y una lección didáctica para todas las edades. Herminio trabajó con mimo esta maqueta y la puso en movimiento para mostrarnos un molino harinero por dentro, con el fin de que veamos cuál era su función, cómo el agua del río o arroyo movía las piedras o muelas. Cómo el trigo se depositaba en la tolva para su molturación y se convertía en harina, que se depositaba en sacos y se transportaba en carretillo hasta el carro o la galera que esperaba fuera del molino.
ResponderEliminarMe fijo en los testimonios del Libro de Visitas, testigo de la admiración de quienes estuvieron en el Museo y disfrutaron de los trabajos, las explicaciones del maestro y de esos rótulos tan curiosos, que en algunos casos resultan graciosos, y que Herminio escribió con tanto ingenio.
El grupo de visitantes de la Casa de Cantabria en Burgos, se quiso inmortalizar con la instantánea, en la que Herminio sujeta la pancarta, con los escudos de Cantabria y Burgos.
De niño, cualquier lectura relacionada con la Montaña Palentina despertaba mi imaginación, quizás porque sentía que aquellos relatos hablaban también de nuestra forma de vivir. Entre todas ellas, hubo una historia que jamás he podido olvidar.
ResponderEliminarContaba cómo un padre encargó a su hijo llevar varios sacos de trigo al molino para convertirlos en harina. Para el viaje le dio cuatro burros. El muchacho avanzaba por los caminos de montaña montado en uno de ellos y, preocupado por no perder ninguno, los contaba continuamente: “uno, dos, tres… falta un burro”. Una y otra vez repetía la cuenta, angustiado por aquella supuesta pérdida.
Cuando por fin llegó al molino y se bajó del animal, volvió a contarlos: “uno, dos, tres y cuatro”. Entonces exclamó avergonzado y divertido: “¡Qué tonto soy! El burro que me faltaba era precisamente el que me llevaba a mí”.
Aquel relato sencillo, ligado al mundo de los molinos y de la vida rural, se me quedó grabado para siempre por su ternura, su ingenuidad y porque reflejaba la humildad y la sabiduría popular de las gentes de montaña.
Comenzaré por la Fundación Herminio Revilla, por lo mucho que significa para mí y, así pienso y espero, para el norte de Palencia. Y es verdad que el molino era el centro de reunión de la gente de la zona. Y, como dice la copla, siempre tenía una hija de extraordinaria belleza, que era el motivo de ir siempre contento a hacer el recado. Y no olvidemos que el Molino tenía también casi el mismo valor como patrimonio que la propia ermita, casi siempre románica. Con nostalgia luego vas observando cómo aquella belleza que aceleraba tu corazón se iba haciendo mayor y el Molino iba quedando en el olvido debido a la modernidad y gobernantes hasta llegar a evolucionar hacia la ruina progresiva. Las interesantes piezas de la Fundación Herminio Revilla será lo que nos quede de aquel valioso patrimonio, si es que los políticos no entran en desidia como con el patrimonio original.
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