100 DOSIS DE AMOR [38] [SAWABONA]

En muchas ocasiones me he preguntado, si por algún extraño efluvio a mí se me hubiera negado el derecho a ser feliz, y un día, no hace mucho, encontré en una tiendecita un cartel que rezaba: "Atención, la felicidad existe". Me lo compré encantadísima, como si fuera un seguro a todo riesgo, y con esa misma ilusión lo coloqué una mañana en mi despacho; ese mismo día, no creo que lo olvide jamás, recibí la primera cuenta de un rosario de desgracias que me abatieron, y he llegado a la armónica conclusión de añadir a mi cartel reivindicativo que sí, que la felicidad existe, pero que se vende muy cara. Es posible que con el amor ocurra igual."

Mi padre, Simón


Mi padre, Simón, tenía una forma muy suya de mirar el mundo. Cuando los gitanos llegaban al pueblo de Tremaya, no veía primero la desconfianza ni el temor que recorría las casas; veía a los niños. Veía sus caras cansadas, el polvo en los zapatos, el hambre callada que se les notaba en los ojos. Y eso le bastaba.



La historia de cien pueblos de Montaña

Siempre les daba hospedaje. Abría la puerta de casa como quien cumple con algo natural, casi obligatorio para el corazón. Ellos prometían, a veces, que traerían una canasta de mimbre en agradecimiento, una promesa que casi nunca se cumplía. Pero eso nunca le importó a mi padre. Lo esencial no estaba en lo que pudieran dar, sino en ofrecerles un techo, un rincón donde guarecerse del frío y un suelo donde dormir sin miedo.

Mi madre, en cambio, les tenía miedo. Un miedo profundo, aprendido o heredado, no lo sé. Y creo que ese temor pasó también a mí. Yo no tendría más de siete años cuando algunas de mis pesadillas más angustiosas se repetían una y otra vez: los gitanos me perseguían y, por más que corría, mis piernas no avanzaban, el suelo parecía sujetarme, y el miedo me despertaba con el corazón desbocado.

Con los años entendí que aquellos sueños no hablaban de ellos, sino de mis propios temores infantiles, del contraste entre la compasión de mi padre y el miedo de mi madre, que convivían bajo el mismo techo.

Hoy, con mi padre ya fallecido, estoy seguro de algo: si aquellos gitanos regresaran a Tremaya, la puerta de casa volvería a abrirse. Él los hospedaría con el mismo cariño sencillo, con la misma humanidad silenciosa con la que lo hizo siempre. Porque para Simón, mi padre, dar cobijo nunca fue un acto extraordinario, sino una manera de estar en el mundo.

EL VÍDEO

Actualización mar2026 | +707👀






Un rincón en la montaña

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5 comentarios en el blog:

  1. Bonito homenaje, Estalayo, éste que haces a tu padre en este artículo. Y le sitúas por encima del bien en esa relación de bondad y acogimiento que siempre tenía para con los gitanos cuando llegaban al pueblo, a los que incluso no dudaba en darlos hospitalidad en la casa, aun a sabiendas de que tu madre pensaba lo contrario. Y luego el vídeo sobre él, un bonito recuerdo en su mismo entorno donde vivió. Saludos.

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  2. Enrique de Guzmán19 marzo, 2026 09:49

    Amigo Estalayo, qué gran padre tuviste. Tienes que estar orgulloso. Su generosidad con una minoría como la gitana es un modo de recordar a nuestra sociedad que los gitanos, los inmigrantes, los diferentes no son seres peligrosos per se, sino que merecen oportunidades para demostrar que tienen los mismos derechos y merecen el mismo respeto que cualquiera de nosotros. También pertenezco a esa generación en la que nos instruían de modo interesado y sectario sobre el mundo gitano, igual que ahora algunas mentes obtusas pretenden que inmigración y delincuencia sean sinónimos. Por fortuna, personas como tu padre permiten que nuestra sociedad no pierda el rumbo y se abra paulatinamente a la tolerancia y la convivencia, a pesar de los que pugnan por ser el polo opuesto a tu padre.

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  3. Fundación Herminio Revilla19 marzo, 2026 12:22

    Emotivo reportaje el que J. L. Estalayo nos hace recordar hoy relacionado con los gitanos que solían acercarse a los pueblos con fin de buscar ayudas para poder sobrevivir. A parte existían otra serie de personas que por varios motivos y en plena posguerra se encontraban solas, y sin nada, venían a los pueblos pidiendo algo que comer y pasar la noche en los pajares, a cambio de algún pequeño trabajo que algún vecino se les daba. Recuerdo de ver alguno con un saco llevando chatarra, latas de chapa, cerraduras, etc. para vender en las chatarrerías. Un lujo J. L. de reportaje el que hoy nos presentas, y no digamos el vídeo, un inmenso orgullo paisano por tenerte tan cerca con nosotros en la zona, aunque estés al lado opuesto del mundo. Un abrazo

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  4. Alfonso Santamaría Diez19 marzo, 2026 17:10

    El día de San José, día del padre, nos presentas Estalayo a tu padre, un padre que “tenía una forma muy suya de mirar el mundo”, y nos hablas de como acogía en su casa a los gitanos, que seguro volverían muchas veces a Tremaya, porque en ningún otro pueblo trataban a los gitanos como lo hacía el señor Simón, que sin esperar nada los ofrecía su morada, a sabiendas de que tu madre le daban miedo, y también a ti.
    Observo en la fotografía como afila el dalle para segar el prado, viste pantalón vaquero y jersey de lana. Veo el video y aprecio su rostro que desprende bondad a raudales en esas imágenes inmortales retratadas en diversos lugares. No me podía imaginar ver a tu padre entrenar en el gimnasio, rodeado de niños (quien se lo iba a decir).

    Lo veo en el huerto, en el balcón del Mirador de Piedrasluengas, reparar el tejado, prendiendo un cigarro, de visita en una fábrica. Lo veo con sus galas en un día festivo, señalando caminos, contemplando los brezos.

    Lo veo en la pirámide de Teotihuacán en México, en una visita en la que seguro disfrutó mucho para ver a su hijo, y su hijo disfrutó de su padre.

    Fotografías en la solana con sus paisanos, recogiendo la hierba del prado, preparándose la comida y almorzando con su querido hijo.

    Pasea por todos los sitios con su sonrisa y bondad. Vivo retrato de su hijo con la cara más redondeada.

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  5. Qué serena mirada a la vida de un hombre, bueno, tu padre, Estañayo. Cuántas formas y maneras humanas se han ido perdiendo con el tiempo: las comodidades, los egoísmos y la desesperanza. Gratísimo relato de una persona que podría ser muchas en el contexto de los pueblos palentinos que tanto humanismo aún sugieren en ese sentido.
    Muchísimas gracias y aprovecho para desearte un buen fin de semana. Y un abrazo.

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