Fragmentos de la vida: el pueblo
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| | Panorámica de Velillas del Duque |
Y es que en aquel remanso de paz, donde casi nunca pasaba nada noticiable que se saliese de la cotidianeidad de los días, con una referencia constante en el cercano Saldaña, donde podíamos proveernos de las mercancías y los útiles y enseres más elementales y necesarios para la subsistencia, nuestra generación fuimos poco a poco creciendo a la vida, en el aspecto tanto material como espiritual, al conocimiento de las cosas que nos llegaban y que nos resultaban novedosas en gran medida, a los aconteceres tanto próximos como lejanos, a las penas y a las alegrías, al tiempo de juegos y al tiempo de estudios, al contacto con los primeros amigos a los que confiábamos nuestros pequeños secretos y a las emociones que íbamos asimilando y acomodando a nuestras necesidades según nos iban llegando en tiempo y lugar.
Y allí fue donde supimos también lo que era la alegría por el nacimiento de algún nuevo habitante del pueblo que llegaba a la vida, y que para nosotros siempre guardaba relación con su bautizo y los caramelos y confites que de forma extraordinaria llenarían nuestros bolsillos; y también el dolor por la pérdida de alguien que se iba de ella, con aquel toque previo de campana que nos lo anunciaba. Campana que, sin embargo, junto a las restantes de la torre, volteaban alegres y festivas el día de la fiesta mayor del pueblo, por Santiago; con procesión del Santo incluida y lanzamiento de cohetes durante el recorrido, con todos nosotros vestidos de gala. Mientras en una era cercana se iban instalando el puesto de los dulces y los almendreros habituales, a los que se uniría en la tarde la pequeña orquesta que amenizaría el baile hasta bien entrada la noche; porque Velillas estaba de fiesta.
Las lógicas circunstancias de la vida hicieron que en plena adolescencia la familia abandonásemos el pueblo para instalarnos en la capital; con lo que el nuevo modelo de vida a seguir y la adaptación a la nueva realidad cambiaron radicalmente. Pero no así conseguirían bajo ningún concepto, borrar los alegres y sugestivos recuerdos de aquellos años cuando chavales en el pueblo, donde hay que reconocer abiertamente que fuimos verdaderamente felices en todo momento.
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Pues sí, amigo Terán, nuestros recuerdos de la infancia nutren nuestra madurez. Las cosas más sencillas e insignificantes que vivimos de niños permanecen en nuestra mente para siempre. Aunque yo viví mi niñez en Palencia capital, muchos de mis recuerdos concuerdan con los tuyos: las fiestas, los almendreros, los juegos en la calle, en fin, la vida misma. Es muy grato recordarlo y, sobre todo, no olvidarlo.
ResponderEliminarComo bien expone Enrique desde Almería, los recuerdos de infancia te llevan a nuestra historia, a nuestros temores de entonces, pero sobre todo, a nuestros juegos. Saldaña, como espejo tuyo, San Salvador en mi retina y Palencia capital en la de Enrique. Gracias por compartirlo.
ResponderEliminarHoy emociona José Javier con este escrito cargado de realidades contadas con todo tipo de detalles que, a los que hemos nacido y pisoteado nuestros pequeños pueblos y vemos como van agonizando se nos parte el corazón. Enhorabuena y gracias por hacernos sentir más sensibles con estas notas que nos traes a tu sección.
ResponderEliminarVelillas siempre en tu recuerdo, amigo J. Javier, aquellos días de infancia que no has olvidado, y se mantienen a pesar de los años transcurridos. Tu pueblo “se achica”, se despuebla como la mayoría, pero no se achica tu memoria en ese repaso al mundo de tu niñez.
ResponderEliminar“Cómo me he deleitado, Javier, leyendo tu artículo. En cada línea me parecía escuchar la voz de mi propio pueblo: el eco del bautismo entre dulces y risas, las penas y las alegrías entrelazadas, los juegos, los estudios, el repicar de las campanas y el estallar de los cohetes, el sabor de las almendras y la música del baile. Gracias por despertar esa memoria que nunca se apaga.”
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