100 DOSIS DE AMOR [100] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Cuando quieres a alguien pasas todos los puentes con él. Y si él no puede pasar, te quedas a su lado; y si no puede ver, le guías; y si anda mal, pones tu cuerpo para que se apoye. Estás con él en todas las estaciones y situaciones y porque le quieres de verdad, aunque no te veas correspondido en la misma medida. Y cuando algo no sale bien y no es como tú soñabas, entonces esperas lo que sea necesario. Esperas toda la vida si hace falta. Cuando quieres a alguien no es que hagas todo eso para ser correspondido o compensado. Es que te lo pide el cuerpo, te lo pide el alma. No puedes hacer otra cosa.Y amas, o mueres, porque como dijo Schopenhauer y yo también lo creo, "El que no ama, ya está muerto".

Epílogo: ¡Que el Amor os acompañe siempre!









Basta el temblor del agua

Julio César Izquierdo_Sábados al Sol


El acordeón, tras un largo periplo por la costa mediterránea, descansaba sobre una tapia tibia sin molienda, oliendo a siesta y polvo viejo.



De repente (siempre era así) una ráfaga torpe lo empujó hacia la charca inmediata. Cayó con estrépito de feria derrotada, levantando un coro de ranas que parecían carcajear partituras verdes. Hundido hasta las teclas (cejas), el aparejo singular exhaló un suspiro burbujeante que olía a verbena disuelta sin potra salvaje. Entonces ocurrió el prodigio: bajo la superficie, cada clavija se transformó en semilla, cada fuelle en corriente, cada nota en criatura líquida deseosa (gaseosa) de ser melodía. El barro empezó a cantar (por soleares). Un do menor se convirtió en abeja de sombra; un sol sostenido, en trucha con bigote campesino. Las algas trenzaron pentagramas donde nadaban compases lentos como siestas de agosto. Las libélulas soplaban arpegios sobre las ondas y el aire se llenó de un perfume inesperado, mezcla de higos maduros, avellanas tostadas y nostalgia de domingo (por juntar que no quede). El acordeón, fascinado por su nueva piel anfibia, comprendió que la música no siempre necesita escenario: basta el temblor del agua cuando el viento recuerda su infancia (ahí es nada). Afuera, el pueblo siguió roncando entre los zarzales. Nadie notó la ausencia del utensilio armonioso, salvo un gato que bostezó en tono bemol. El tiempo pasó, oxidando rumores y cosechas. Un día, un pastor que abrevaba sus ovejas, escuchó aquel murmullo de sabores disonantes y creyó oír al verano afinando sus botas. Se inclinó, vio reflejos en forma de mementos (apuntes), sonrió sin entender y siguió su ruta de trashumancia quieta. El protagonista inerte (casi quirúrgico), unidad única del estanque, siguió componiendo sin público, creando sin aplausos. Entendió, al fin, que todo arte busca hundirse para florecer distinto. Y que, a veces, la mejor música nace cuando uno se deja caer sin miedo al lodo (lado). Así nos lo cuenta Tiburcio que anda experimentando con sus nuevas coplas de cordel y paca opaca. Y aquí estamos todos, poniendo la oreja por si llegan nuevas ocurrencias, mientras esperamos la leña que hay que repartir para no quemarnos en el frío de las glorias y las trébedes calmas. Sea.

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3 comentarios en el blog:

  1. Ingenioso, como siempre, tu relato, Julio César, que has sabido sacar su jugo musical a ese acordeón que, por efectos del viento, rodó hasta el fondo de una charca y paso a paso comenzaron a salir del agua composiciones musicales en todos los sentidos y aspectos, sin que nadie supiese su procedencia. Excepto el bueno de Tiburcio, que seguía con sus historias a su aire. Saludos.

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  2. Tremendamente bello. Prosa poética llena de lirismo que cantan desde el gato hasta los habitantes fluviales mientras el pueblo ( o sea, nosotros/as) seguimos durmiento. Felicidades.

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  3. Ahí sigue en sus principios Tiburcio. Julio sabe lo que le duele y nos envuelve en su estrépito de feria derrotada. Gracias por compartirlo.

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