Basta el temblor del agua
El acordeón, tras un largo periplo por la costa mediterránea, descansaba sobre una tapia tibia sin molienda, oliendo a siesta y polvo viejo.
De repente (siempre era así) una ráfaga torpe lo empujó hacia la charca inmediata. Cayó con estrépito de feria derrotada, levantando un coro de ranas que parecían carcajear partituras verdes. Hundido hasta las teclas (cejas), el aparejo singular exhaló un suspiro burbujeante que olía a verbena disuelta sin potra salvaje. Entonces ocurrió el prodigio: bajo la superficie, cada clavija se transformó en semilla, cada fuelle en corriente, cada nota en criatura líquida deseosa (gaseosa) de ser melodía. El barro empezó a cantar (por soleares). Un do menor se convirtió en abeja de sombra; un sol sostenido, en trucha con bigote campesino. Las algas trenzaron pentagramas donde nadaban compases lentos como siestas de agosto. Las libélulas soplaban arpegios sobre las ondas y el aire se llenó de un perfume inesperado, mezcla de higos maduros, avellanas tostadas y nostalgia de domingo (por juntar que no quede). El acordeón, fascinado por su nueva piel anfibia, comprendió que la música no siempre necesita escenario: basta el temblor del agua cuando el viento recuerda su infancia (ahí es nada). Afuera, el pueblo siguió roncando entre los zarzales. Nadie notó la ausencia del utensilio armonioso, salvo un gato que bostezó en tono bemol. El tiempo pasó, oxidando rumores y cosechas. Un día, un pastor que abrevaba sus ovejas, escuchó aquel murmullo de sabores disonantes y creyó oír al verano afinando sus botas. Se inclinó, vio reflejos en forma de mementos (apuntes), sonrió sin entender y siguió su ruta de trashumancia quieta. El protagonista inerte (casi quirúrgico), unidad única del estanque, siguió componiendo sin público, creando sin aplausos. Entendió, al fin, que todo arte busca hundirse para florecer distinto. Y que, a veces, la mejor música nace cuando uno se deja caer sin miedo al lodo (lado). Así nos lo cuenta Tiburcio que anda experimentando con sus nuevas coplas de cordel y paca opaca. Y aquí estamos todos, poniendo la oreja por si llegan nuevas ocurrencias, mientras esperamos la leña que hay que repartir para no quemarnos en el frío de las glorias y las trébedes calmas. Sea.
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