100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









Los metales que nos esperaban


Para un metalurgista, la jerarquía entre los metales, no se corresponde con la que pudiera establecer un historiador.


Cuando Hernán Cortés y sus hombres desembarcan en Tierra Firme (1519) y comienzan a protagonizar los diversos y portentosos hechos que aquí nos han convocado, encuentran que mis queridos metales estaban allí bastante completos aunque con desigual desarrollo y con dos ausencias importantes: faltaban el hierro y el mercurio.



Para un metalurgista, la jerarquía entre los metales, no se corresponde con la que pudiera establecer un historiador

Efectivamente, los objetos que constituían los obsequios, los tributos o los rescates, prueban que los aborígenes de los que pronto se llamaría Nueva España, conocían y trabajan el oro, la plata, el cobre, el estaño, el bronce (aleación de cobre y estaño) y el plomo, pero no el hierro ni el mercurio.

Debo adelantar que, para un metalurgista, el "escalafón", la jerarquía entre los metales, no se corresponde con la que pudiera establecer un historiador, un artista, un economista y, mucho menos, un defraudador o un joyero. Para nosotros el oro es un pobre noble, escaso y poco útil, que servir, servir, sirve para muy poco, y cuyo precio -que no valor- da una buena medida de la necedad humana.
Tiene a su favor propiedades muy discutibles como la ductilidad y su falta de reactividad -la llamada "nobleza"- por la cual, por cierto, hemos podido aprender en él muy poco. Y si, además, escasea, ya me dirán ustedes en qué puede residir su embrujo, como no sea en ese consenso universal, pura codicia contagiada, en virtud de la cual todos quisiéramos que se nos pagara en moneda de oro.

Sin embargo, volviendo a nuestro escalafón, en el vulgar y barato hierro y en su variedad los aceros -que han soportado y siguen soportando toda nuestra civilización por sus cualidades y precio- hemos aprendido la casi totalidad de nuestros principios metalúrgicos fundamentales y se han ejercitado los artesanos en el noble arte de la forja, por ejemplo. Es decir, en nuestro escalafón el hierro y el acero sin, si duda, los primeros.


De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Soporte para libros de la época colonial. Museo Franz Mayer en la Ciudad de México.


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Felipe Calvo, humanista palentino.


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