100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









La Trapa


He vuelto, impulsado por la nostalgia de la infancia recordada, a oír la Salve de la Trapa.



La nostalgia es el claustro materno al que uno quisiera volver cuando el ánimo decae y el camino se llena de piedras y dificultades. Ese claustro materno guarda recuerdos muy vivos de paseos familiares a la Trapa envueltos en serenidad, en la indiferencia sin prisa ante el paso del tiempo y en el chocolate del lugar. Entonces la tarde de los sábados se ofrecía entera para la convivencia y las confidencias familiares, no había prisa en recorrer un camino mil veces conocido, el sol de frente, Venta de Baños a la espalda. He vuelto, impulsado por la nostalgia de la infancia recordada, a oír la Salve de la Trapa. Ya no es lo mismo, no soy el mismo, pero la Salve es la misma, la Trapa es la misma y su portada románica sigue siendo la misma que mi memoria guarda empecinadamente. Un grupo de asistentes espera recogido y sumido en la tiniebla del interior el inicio de las Completas. El tiempo se acelera, las toses cesan y se impone el silencio cuando con prontitud irrumpen los monjes en la nave central que, austeramente cisterciense, se eleva sobre quienes convierten su silencioso retiro en hábito de charla con Dios. Suena Salve Regina y un muro de delicadeza, sentimiento y suavidad nos separa del mundo vulgar, ordinario y ruidoso que ha quedado fuera. El canto gregoriano se torna filigrana emocional que salva la reja que nos separa de los monjes, nos envuelve y nos eleva, acercándonos a una idea de trascendencia y divinidad ajena al mundo cotidiano. La Salve es delicado postre que endulza con exquisito gusto el paladar de los espíritus. Sobrecogidos durante unos minutos, los presentes flotamos entre columnas y capiteles, nos sentimos extraños al sufrimiento y a lo temporal y nos convertimos en juguetes agitados por el canto monódico que graba su tetragrama en nuestros corazones. Todo acaba con el delicado tañido que pone fin al día y con ligereza y sencillez los mojes fluyen y desaparecen por la nave lateral. Para nosotros se ha roto el milagro, un cerrojazo hiriente ha estallado y nos devuelve a la cotidianidad, es un súbito despertar de una anestesia que nos retorna a la vulgaridad de ser humanos, ramplonamente humanos, encaramados en nuestras ruines cuitas diarias.

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Es Palencia; es Castilla, oiga

SOBRE ESTA BITÁCORA

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