100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









Non imites a ninguén



Castelao, el gran escritor gallego, lo dijo muy escueto: "Si queres seguir sendo home, non imites a ninguén". 



Y Lacan dejó otra perla, "hagan como yo, no me imiten". Pero qué difícil es no acabar imitando a alguien, o no terminar siendo una perfecta fotocopia de uno mismo, clon aburrido del personaje que se es para los otros. Ocurre que cada uno ha ido almacenando rasgos de los otros, y eso siempre es sin darnos cuenta, de suerte que el inconsciente está repleto de los rasgos de los demás, para bien o para mal. Exigir no imitar a nadie es un buen lema, pero imposible de cumplir para los niños, que son grandes imitadores hasta el esperpento en algunas edades. Pero es cierto también que cada uno porta desde su nacimiento lo inimitable, los rasgos que nunca jamás nadie podrá imitarnos, lo más auténtico, la zona menos abierta a ser multiplicada, ese lugar tan original que llega a ser nuestro punto más difícil de enunciar gramaticalmente. El gusto por ser originales no es por ende muy original, puesto que todo el mundo quiere ser original, razón por la cual mejor 'hacer piña', o si se quiere, mejor construir junto a otros, sea cual sea la empresa en común que nos una.

Si Castelao animaba a ser distintos unos a otros en ese su 'non imites a ninguén', lo hacía por las mejores razones: acentuar la diferencia es alfombrar una sociedad menos intransigente, más abierta, menos masa. Quiero decir que lo mejor es no tener miedo a la diferencia, y lo que hay que temer como un nublado es a la publicidad creciente por las fórmulas iguales para todos, que anulan las diferencias y borran la subjetividad e impiden la búsqueda de lo inimitable de cada uno. Sólo hay que ver la peli de Kubrick, 'La naranja mecánica', para captar adónde conducen las técnicas que allí se aplican. O la pasión por los protocolos que obligan a transitar por circuitos idénticos a todos, se sea quien se sea. A veces incluso, alguien, seguro de sí mismo, se pone como ejemplo para los otros y se pavonea de ser objeto de la admiración y de la copia de sus semejantes. Si nos topamos con algún espécimen así, masculino o femenino, hay que huir como la peste, pues sólo producirá espejos deformados,  pensar diferente es más rápido. El gallego "non imites a ninguén", y la orientación lacaniana de "hagan como yo, no me imiten" siempre serán mejores que obligar a todos a pensar lo mismo. Y además más respirable. E ilustrado.

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