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Castilla


Con las últimas lluvias por el arroyo vuelve a correr el agua, turbia, mustia, perezosa. Poco más allá el palomar blanco contrasta con la cargada oscuridad de las nubes. Al fondo, solo, orgulloso y desnudo, el chopo contempla, hierático como un cristo románico, la amenaza del otoño. El negro cielo tiene un único ojo por el que se cuela, heraldo del anochecer, un lisonjero rayo que mima las paredes de adobe del pueblo.

Suena el gozne de una vieja puerta de dos hojas, una enlutada Sombra arrastra sus pies y con esfuerzo cierra detrás de sí. La calle está siendo devorada incesantemente por la noche que cada día llega más temprano. La vaciedad la acompaña para asentarse los próximos seis meses en la plaza mayor.

Plaza mayor que se nutre de sus hijos partidos, plaza mayor del vacío, de la emigración. Plaza mayor sin dulzainas, iglesia mayor sin domingos, Calle Mayor sin chiguitos. Al caer la noche todo se llena del recuerdo de los que tuvieron que salir, cada silencio tiene un apellido, cada sombra tiene una familia, cada ladrillo, un resquemor. Pasan las horas en vano, taciturnas, domesticadas por las ausencias, domeñadas por las carencias. Salvo la Sombra nada vive en el pueblo.

Sopla el frío por cada esquina; convertido en abandono cruza la calle Real. Al otro lado toma la forma de una casa derruida, aquí la de un corral vacío, más allá la de una puerta que nunca nadie volverá a abrir. El pueblo limita con la nada por sus cuatro costados, le ladra a la luna que no ve y se lame las heridas de la deserción de sus habitantes. Un remolque destartalado y herrumbroso es brutal testigo. Perenne testigo. Absurdo testigo que predica en el desierto las culpas de una mala Tierra que no defiende a los suyos, que no sabe defender la alta dignidad de la que la Historia la proveyó.

El palomar, desasistido en medio de la estepa, antaño usaba espigas como flechas para defenderse de la noche. Hoy simplemente se encierra en sí mismo para pasar encastillado la oscuridad. Probablemente resistirá aún dos o tres otoños más si son benignos. La Sombra enlutada se mete en la cama y apaga la luz, los recuerdos se le quieren ir a la ciudad en la que renunció a sus hijos en brazos de la modernidad y del progreso. El humo deja descuidadamente de salir por la chimenea. La fría noche cubre de diamantes de hielo los tejados del pueblo, mañana no quedará nadie que vuelva a encender.






Cuaderno de Pedro de Hoyos
Es Palencia; es Castilla, oiga

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