Carnaval en Venecia
A cuerpo gentil y sin máscara alguna porque, en realidad, ya no nos hacían falta. Así nos presentamos tú y yo al día siguiente; luego de aquel episodio del encuentro casual en aquella fiesta del famoso baile de Máscaras del Carnaval de Venecia, en el que participábamos cada uno de nosotros independientemente como uno de los atractivos más de aquel viaje de placer a aquella bella ciudad italiana.
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Carnaval en Venecia | Por Frank Kovalchek commons.wikimedia |
Nuestras respectivas máscaras nos hacían irreconocibles a primera vista. Tú ibas de bella dama y figura estilizada a más no poder. Y yo, de simpático bufón, a secas; ambos, con colores vivos a rabiar en nuestros respectivos disfraces. Pero así, de esta y parecida guisa disfrazadas, había infinidad de personas más. Y ciudadanos de los países más remotos hablando idiomas diferentes en medio de aquellos grandes salones que nos daban acogida; bajo el denominador común de la diversión a raudales que nos proporcionaba aquel gran baile de Máscaras de Carnaval de aquel año.
Por lo que resultó una verdadera casualidad nuestro encuentro. Algo, que sería propiciado por un motivo tan simple como caballeroso; como fue el hecho de cederte el paso en el momento de cruzar de un salón de baile a otro. Quizás tu disfraz de dama de alta alcurnia te daba un cierto privilegio sobre mí, pobre bufón de corte; por lo que yo accedí gustoso a cederte el paso.
Y fue al salir de tu boca aquel “¡gracias, gentil bufón!”, tremendamente sensual para mí, en agradecimiento al gesto, cuando noté que algo invisible me traspasaba y me hacía detener el paso. Y apenas si pude reaccionar contestando apresuradamente un “¡no hay de qué, bella dama!”. Aunque lo que sí me salió con meridiana claridad fue la invitación que te hice a continuación: “Pues este gentil bufón, le invita a Vd., bella dama, a tomar un refrigerio en el cálido ambigú del salón de baile, si a Vd. le place”, y te hice una especie de reverencia a la antigua usanza. Tu aceptación y el posterior tiempo de conversación; eso sí, con las respectivas máscaras adornando siempre nuestros rostros, no en vano se trataba de un baile de máscaras, marcaron el principio de algo que prometía continuidad. Y llegó un momento en el que, de común acuerdo, decidimos salir al exterior y pasear por las calles de Venecia nuestra reciente amistad y nuestros disfraces todavía impecables e intactos a la contemplación.
Y como cruzábamos un nuevo puente, nos regalamos un nuevo, sensual y prolongado beso...
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