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La taberna de Shiduri, de Santiago Elso Torralba
El poeta navarro Santiago Elso Torralba, con este brillante y sugerente poemario, se alzó con el prestigioso IX Premio Internacional de Poesía Jorge Manrique.
La taberna de Shiduri es un libro nacido de una lectura atenta y cómplice de algunos poetas que se han enfrentado al misterio de la existencia con un hondo sentido de naufragio y de extrañeza o desapego ante el límite. A través de ellos y, poniendo como trasfondo un viejo mito acádico de la epopeya de Gilgamesh, lleva a cabo una variada y sugestiva reflexión sobre la caducidad humana como condena divina. Y lo hace desplegando un discurso múltiple y polimorfo que permite ver las muchas posibilidades de estilos, tonos, voces y perspectivas que son, por sí mismos, un homenaje a la poesía y sus infinitos caminos.
La taberna de Shiduri
Menoscuarto Ediciones. Palencia, 2026
Colección Cálamo Poesía, 39
ISBN: 978-84-19964-43-4
64 páginas - 210 x 140 mm
PVP: 13,00 €
El 19 de enero en libreríasActualización Ene2026 | +222👀
Santiago Elso Torralba (Pamplona, 1965) es coordinador del Grupo de Poesía Ángel Urrutia del Ateneo Navarro y miembro del consejo de redacción de la veterana revista de poesía Río Arga de Pamplona. Es autor de los libros de poemas Descripción de cuadros para Guillermo (Eunate, 2012), Nadie sabe cómo has llegado hasta aquí (Zerokotan, 2022) y Traslumbramientos (Editorial Cántico, 2025), XXXII Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina” 2024.
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Arquitectura racionalista en Palencia | El Poblado de Cascón de la Nava
“Son dos las circunstancias que hacen de Cascón de la Nava un enclave singular: el hecho de constituir un poblado ex novo, y estar erigido sobre el terreno que ocupara la Laguna de la Nava”.
José A. González Delgado, autor del libro Arquitectura Racionalista en Palencia
Capítulo VIII | El poblado de Cascón de la Nava
Iglesia de Cascón de la Nava. Foto de José Antonio González Delgado.
José A. González Delgado en su libro Arquitectura Racionalista en Palencia se pregunta cómo podía ser la sensación del paseante al recorrer las calles de Cascón de la Nava al percibir “algo misterioso y extraño que no termina de desvelarse” al recordar que el pueblo se asienta sobre una antigua laguna. Sensación que experimenté al recorrer las calles del pueblo, unas calles muy bien distribuidas al que se acoplan sus viviendas. En este recorrido me imaginaba este perímetro lleno de agua antes de ser desecado, pensé también en los primeros colonos que con mucho dolor tuvieron que dejar sus tierras inundadas por pantanos y venir con su familia y animales a tierras extrañas, lejanas de su casa y lugar de origen para vivir en barracones rodeados de barro. Recordé que hace unos años tuve el privilegio de atravesar la actual Laguna de la Nava en bicicleta de montaña, porque la laguna de la Nava se secó para proceder a su recuperación y saneamiento, y sentí el placer de rodar por un espacio normalmente ocupado por las aguas.
El ingeniero agrónomo palentino José Javier Ruiz Monge, autor del libro que se publicó en 2018 “El mar que hubo en Tierra de Campos”, es un estudioso de la Laguna de la Nava, y también de los pantanos de la provincia de Palencia (“Historia de los pantanos de Palencia. En Memoria de las praderas sumergidas”).
Durante miles de años el terreno que hoy ocupa el pueblo de Cascón pertenecía a la Laguna de la Nava “una masa de agua de escasa profundidad de unos 15 km. de longitud y unos 4 de anchura”, alimentada por los ríos Valdeginate y Retortillo, hasta que la mano del hombre modificó la naturaleza de ese paraje. “Cascón de la Nava, el pueblo más reciente de la provincia de Palencia, es uno de los 292 pueblos de nueva planta que fueron acometidos a lo largo de toda la geografía española por el Instituto Nacional de Colonización, que llevó a cabo entre 1943 y 1970, una profunda política renovadora del medio rural, con la puesta en marcha de la colonización agraria en amplias zonas del país mediante explotación de terrenos improductivos, la transformación de terreno de secano en regadío, y el asentamiento en él de una nueva población” en uno de los mayores humedales de la península que también provocó azotes de fiebres en los pueblos cercanos.
En 1960 se afrontó el proyecto del poblado de Cascón de la Nava, tras la canalización de los ríos Retortillo y Valdeginate, la construcción del Emisario de la Nava para traer las aguas de la laguna hasta el río Carrión en la zona del Camino de San Román en la capital palentina, y la posterior desecación de la Laguna de la Nava. Los nuevos terrenos conseguidos abarcaban 2.274 hectáreas en los municipios de Grijota, Becerril de Campos, Villamartín de Campos, Mazariegos y Villaumbrales. El poblado se ubica en término de Villaumbrales, en base al proyecto redactado por Santiago García Mesalles. Se adjudican las obras en 1961 en la cantidad de 27.207.732 pesetas, y se inician en 1962, finalizando en 1967 la construcción de un nuevo pueblo que pasaría a denominare Cascón de la Nava en homenaje al ingeniero agrónomo José Cascón Martínez, quien durante muchos años fuera director de la Granja Experimental Agrícola de Palencia.
“Además del establecimiento de la red viaria y la ejecución de redes de instalaciones y de infraestructuras de abastecimiento y saneamiento, la actuación comprendía la construcción de 115 viviendas, distribuidas en 10 manzanas, y la ejecución de un programa dotacional que contempla un centro cívico, (en torno al que se alojaban la iglesia, el edificio administrativo, el dispensario médico y locales comerciales) y los edificios de las escuelas, las viviendas para maestros, y el centro cooperativo de las escuelas”.
“El nuevo poblado daría alojamiento a los habitantes de zonas afectadas por la construcción de grandes obras hidráulicas. En 1965, encontrándose aún el poblado en construcción, llegaron los primeros colonos procedentes de San Bernardo (Valladolid), que tuvieron que albergarse provisionalmente en barracones, y poco después, en 1967, colonos de las zonas de Porma, Entrepeñas, Sayago y Riaño”. Llegaron a Cascón nada menos que lugareños de 13 pueblos anegados por el agua.
“El criterio de separación de funciones introducido por el urbanismo del movimiento moderno estará muy presente en el diseño del poblado, al destinar una amplia zona en el extremo suroeste a equipamiento deportivo, y situar las escuelas y viviendas de los maestros en la calle Cervantes, distanciadas del centro cívico, destinando una zona exclusiva para las instalaciones ganaderas, que también he tenido la oportunidad de recorrer.
Interior de la iglesia de Cascón de la Nava. Foto de José Antonio González Delgado.
“La iglesia ofrece una inequívoca lectura racionalista, que encierra dos arquitecturas, la del edificio proyectado por Santiago García Mesalles, y la que aparece en el interior del templo reflejada en el muro del ábside. Se trata de un mural del arquitecto y pintor salmantino Genaro de No Soler (1923-1992), que muestra cuatro escenas religiosas enmarcadas en un sugerente paisaje de arquitectura románica. Genaro de No Soler fue uno de los grandes muralistas españoles de la segunda mitad del siglo XX.
“En la iglesia, el lenguaje racionalista se aúna con los valores de la cultura popular mediante la utilización de técnicas constructivas y materiales tradicionales que se adaptan a las condiciones del medio rural”. “Todos lo elementos que intervienen en su gestación obedecen a un planteamiento unitario, que se aúnan en el proyecto bajo el lenguaje racionalista que imprime en sus muros una inequívoca expresión de modernidad”.
La presente reseña está basada en el libro de José Antonio González Delgado
Índice
Actualización Ene2026 | 💥+690👀
Palencia en mis recuerdos
Próximo Capítulo: ESTACIÓN DE SERVICIO DE SOTOBLANCO
Soportales y corredoiras, de Carlos Villarrubia
El martes 27 de enero, en el Ateneo de Palencia, Carlos Villarrubia presenta su nuevo libro Soportales y Corredoiras, un viaje por la arquitectura y la memoria emocional, por las geografías de lo visible y lo invisible.
Soportales y Corredoiras es un viaje apasionado por la arquitectura y las geografías de lo visible y lo invisible. Lugares que saben fabricar recuerdos para no perder la memoria de lo esencial.
Carlos Villarrubia, barcelonés con vocación universal y alma oceánica, une en su nuevo libro las dos líneas de sus orígenes familiares. El paterna, el de la Palencia de la montaña y de la llanura. Y el materno , el de la Galicia mágica del interior. Calles y plazas mayores danzan, en un baile de querencias, con los caminos que se intuyen entre tupidas hojarascas. Bolonia, Lina, el Mar del Plata, Barcelona, Palencia, Madrid, la Ribeira Sacra, los bosques encantados y animados. Carlos Villarrubia, nacido en 1955, es escritor, guionista, compositor, director y guionista de programas de radio y televisión. Ha colaborado con nombres tan creativos como Silvia Marsó, Lucía Bosé, Lucrecia, Martirio, Ginés Liébana, Francisco Nieva, Kiko Veneno, Hilario Camacho, Luis Eduardo Aute, Victoria Prego, Paco Lobatón...
Actualización Ene2026 | 💥+322👀
Un orinal de loza blanca
Recuerdo bien aquellos años en la Montaña Palentina, cuando las casas aún no tenían baño y el orinal era parte del mobiliario indispensable de cada habitación. El mío era de loza blanca, con un borde algo desportillado, y se colocaba siempre debajo de la cama, como un guardián silencioso de las noches frías.
En invierno, levantarse a orinar era una auténtica prueba de valor. Bastaba sacar un pie del calor de las mantas para sentir el aire helado que se colaba por las rendijas de las ventanas. El suelo, de piedra o madera, estaba tan frío que parecía que uno caminaba sobre un río helado. En esos segundos, antes de regresar al abrigo, el cuerpo temblaba entero, como si uno se hubiera metido dentro de un refrigerador.
El orinal tenía más usos de los que uno podría imaginar. En las noches de lluvia, cuando las goteras se empeñaban en hacer su concierto de “plin, plin, plin”, era común ver uno o dos colocados estratégicamente para recoger el agua que caía del techo. Aquel sonido monótono, persistente, también fue parte de nuestra historia.-
Imagen:
Perteneció nada más y nada menos que a la cantante y panderetera Lorenza, de Tremaya
Valsurbio, un pueblo enterrado en el pasado
Valsurbio, pueblo situado en las estribaciones de la sierra del Brezo, en la Montaña Palentina, perdió sus últimos habitantes en noviembre de 1970. Algunos años más tarde, debido al saqueo sufrido por sus viviendas, quedó reducido a ruinas.
Periodista, Editor
Por fin, a mediodía, el sol consigue hacer confortable este frío día de noviembre. Aquí, en el fondo del valle, los únicos sonidos que logran disputar su hegemonía al silencio son los cantos de pequeños pájaros y el susurro constante del arroyo. El otoño viene acompañado de lluvias suficientes y a estas alturas su cauce resulta ya generoso. A la breve sinfonía se suma, de cuando en cuando, el murmullo de un viento que hace vibrar las hojas de los chopos y los álamos. Muchas de ellas, obedeciendo la lógica que estos días ha de cumplirse, se acumulan en el suelo.
Llego a Valsurbio, pueblo que fue abandonado a comienzos de los setenta y que hoy, cincuenta años después, se muestra inerte, convertido apenas en un discreto testimonio del paso del hombre. Sus antiguas construcciones aparecen arruinadas y coronadas por las zarzas, que escalan por los muros reclamando para sí la propiedad de lo que un día fue vivienda o establo. Lo hacen en compañía de las ortigas, aunque éstas son menos decididas en sus movimientos y se mantienen aferradas al terreno que las sustenta.
Ante mí yacen las piedras que un cantero trabajó un día ya lejano. Algunas de ellas permanecen todavía en el sitio donde fueron colocadas; otras, incapaces de afrontar por más tiempo su misión, han quedado esparcidas por el suelo, acompañadas ahora por las hojas de esos árboles que el otoño ha desnudado. Todavía quedan en pie algunas paredes que se elevan en un postrero esfuerzo que, sin embargo, resulta inútil, ya que su trazado ascendente no se ve en ningún caso culminado por la existencia de un tejado. Resulta encomiable su obstinado empeño por defender una causa perdida para siempre. Es ante la certeza de una derrota inevitable cuando más admirables resultan los gestos heroicos.
Tras los muros de las casas no se esconde la intimidad de ninguna familia, ni el calor de un hogar, ni la cosecha de la última temporada. A través del espacio que ocuparon unas ventanas que ya no existen tan sólo pueden ahora contemplarse variadas escenas de piedras en formación de escombro y la certeza de que su labor quedó concluida hace mucho tiempo.
Como sucedió durante tantos años, el edificio más llamativo del pueblo sigue siendo la iglesia de San Martín, con su espadaña todavía en pie, rebelada contra el destino que le ha tocado en suerte. Su resistencia, en todo caso, es un ejercicio solitario, ya que el resto del templo aparece desmoronado en sintonía con lo que fueron las viviendas del entorno.
Junto a la iglesia está la antigua plaza, un reducido espacio donde se reunían los vecinos para tratar sus asuntos comunes y para compartir, en los ratos de asueto, alguna animada conversación. Durante siglos, generación tras generación, tuvo que ser éste el escenario de las celebraciones compartidas: fiestas, bautizos, bodas, procesiones…
Por aquí pasaban los hombres que conducían los ganados a las cuadras y los que volvían de acarrear la leña. Aquí cantaban las mujeres y, por los rincones que desde aquí se adivinan, formando algarabía, disfrutaban los niños de sus juegos infantiles. Los jóvenes, por su parte, se dedicaban miradas furtivas y soñaban con el inicio de un romance. Por estas mismas calles, con un paso cansino, regresaban los hombres después de cumplir con las faenas del campo. Pienso en todos aquellos momentos, quizás imperceptibles y fugaces, invisibles lejos de este valle, pero al mismo tiempo tan llenos de vida. Pienso en ellos y vuelvo de nuevo a observar lo que ha quedado de todo aquello, un pueblo definitivamente enterrado en el pasado.
Cerca de las casas se adivina aún el trazado de las antiguas tierras de cultivo y el recorrido de los viejos muros que limitaban las propiedades. Algunos caminos sobreviven sorprendentemente vigorosos, pero otras sendas se han convertido en huellas ínfimas, caricias leves dejadas sobre el terreno por las gentes que habitaron el pueblo y que hoy apenas resultan perceptibles. El paso del tiempo amenaza con llevarse todo lo que un día fue Valsurbio.
Y sin embargo, a pesar de que aquel pueblo es tan solo el recuerdo de un tiempo que no puede volver, este rincón de la Montaña parece empeñado en albergar algún futuro. Recientemente se han levantado junto a las ruinas del viejo Valsurbio dos nuevos edificios, construcciones que han venido a sumarse a otra que ya existía tiempo atrás. Se trata sin duda de un esfuerzo que camina contra la inercia de nuestros días, pero es al mismo tiempo un empeño que, en cierto modo, puede devolver la vida a la pequeña población.
Han pasado un par de horas y comienzo el camino de regreso. Mientras me alejo pienso en la necesidad de fijar la mirada en las personas que habitaron estas tierras, lograr que no se olviden sus enseñanzas y comprender las emociones que les conmovieron. Honrar su memoria. Me detengo un momento y contemplo las primeras nieves en las cumbres lejanas. Pronto llegará el invierno.
Como sucedió durante tantos años, el edificio más llamativo del pueblo sigue siendo la iglesia de San Martín, con su espadaña todavía en pie, rebelada contra el destino que le ha tocado en suerte. Su resistencia, en todo caso, es un ejercicio solitario, ya que el resto del templo aparece desmoronado en sintonía con lo que fueron las viviendas del entorno.
Junto a la iglesia está la antigua plaza, un reducido espacio donde se reunían los vecinos para tratar sus asuntos comunes y para compartir, en los ratos de asueto, alguna animada conversación. Durante siglos, generación tras generación, tuvo que ser éste el escenario de las celebraciones compartidas: fiestas, bautizos, bodas, procesiones…
Por aquí pasaban los hombres que conducían los ganados a las cuadras y los que volvían de acarrear la leña. Aquí cantaban las mujeres y, por los rincones que desde aquí se adivinan, formando algarabía, disfrutaban los niños de sus juegos infantiles. Los jóvenes, por su parte, se dedicaban miradas furtivas y soñaban con el inicio de un romance. Por estas mismas calles, con un paso cansino, regresaban los hombres después de cumplir con las faenas del campo. Pienso en todos aquellos momentos, quizás imperceptibles y fugaces, invisibles lejos de este valle, pero al mismo tiempo tan llenos de vida. Pienso en ellos y vuelvo de nuevo a observar lo que ha quedado de todo aquello, un pueblo definitivamente enterrado en el pasado.
Cerca de las casas se adivina aún el trazado de las antiguas tierras de cultivo y el recorrido de los viejos muros que limitaban las propiedades. Algunos caminos sobreviven sorprendentemente vigorosos, pero otras sendas se han convertido en huellas ínfimas, caricias leves dejadas sobre el terreno por las gentes que habitaron el pueblo y que hoy apenas resultan perceptibles. El paso del tiempo amenaza con llevarse todo lo que un día fue Valsurbio.
Y sin embargo, a pesar de que aquel pueblo es tan solo el recuerdo de un tiempo que no puede volver, este rincón de la Montaña parece empeñado en albergar algún futuro. Recientemente se han levantado junto a las ruinas del viejo Valsurbio dos nuevos edificios, construcciones que han venido a sumarse a otra que ya existía tiempo atrás. Se trata sin duda de un esfuerzo que camina contra la inercia de nuestros días, pero es al mismo tiempo un empeño que, en cierto modo, puede devolver la vida a la pequeña población.
Han pasado un par de horas y comienzo el camino de regreso. Mientras me alejo pienso en la necesidad de fijar la mirada en las personas que habitaron estas tierras, lograr que no se olviden sus enseñanzas y comprender las emociones que les conmovieron. Honrar su memoria. Me detengo un momento y contemplo las primeras nieves en las cumbres lejanas. Pronto llegará el invierno.
Imágenes: José Luis Estalayo
Actualización Ene2026 |💥+333👀
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