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Canal de Castilla, entre el origen y el destino
Bajé de la Montaña Palentina con el paso aún acostumbrado a las cuestas, a los senderos de piedra y a los silencios del bosque. Yo, que vengo de ver nacer al Pisuerga entre robles y nieblas, quise seguir su curso hasta encontrarme con una de esas obras humanas que también son paisaje: la esclusa cuádruple del Canal de Castilla.
Al llegar, me sorprendió el orden. Todo era geometría y calma. Cuatro cámaras de agua alineadas como escalones gigantes, esperando pacientemente a que el tiempo hiciera su trabajo. Frente a ellas me sentí pequeño, como cuando uno se planta ante un roble centenario en La Pernía. No era naturaleza salvaje, pero había en aquellas piedras una grandeza parecida: la de la inteligencia humana dialogando con el río.
Me acerqué despacio, tocando los muros fríos de la esclusa, imaginando a los barqueros de antaño, a las mulas tirando de las barcazas, al grano viajando rumbo a los puertos, a Castilla soñando con mares que nunca tuvo. Yo, montañés, hijo de fuentes claras y caminos empinados, estaba ahora frente a un río domesticado, convertido en camino líquido, en arteria de historia.
Y entonces comprendí algo sencillo: que también la montaña desemboca aquí. Que mis pasos, mis pueblos de piedra, mis inviernos de nieve y silencio, forman parte del mismo relato que estas aguas lentas. La esclusa cuádruple no era solo una obra de ingeniería; era un puente invisible entre la Montaña Palentina y la llanura, entre lo que nace y lo que viaja, entre el origen y el destino.
Volví a casa con la sensación de haber seguido, por un momento, el verdadero curso del tiempo.
EL VÍDEO
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