Aquella feria del libro
Si hay un recuerdo del pasado que guardo con sumo agrado es la Feria del Libro de Madrid en las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado.
Era un verdadero placer saludar a escritores consagrados, que solían recibirnos con simpatía. Recuerdo a un sobrio Buero Vallejo, represaliado con la cárcel en pleno franquismo, hablándonos de teatro y de libertad de pensamiento. Lo hacía con sigilo, porque la feria estaba infestada de soplones del régimen que no hacían sino acrecentar nuestros deseos de conocer lo que desde niños se nos había ocultado. Otro día visité con unas compañeras de clase una caseta en la que firmaban ejemplares Carmen Conde, la primera académica de la RAE, y Gloria Fuertes, la eternamente niña poeta. Yo me quedé fascinado por su cercanía natural, sin alharacas, en absoluto fingida, nos leyeron dos o tres poemas y nos preguntaron por nuestra facultad. Seguidamente las invitamos a venir a nuestra aula en la Complutense y, premio, una semana después entraron en nuestra clase y mantuvieron un coloquio extraordinario con los cien alumnos que allí estábamos. La feria del libro nos abrió sus puertas y nosotros lo aprovechamos. Un fuerte aplauso las despidió con un sentido hasta siempre.
Ya en los primeros años de la democracia pude saludar personalmente a Rafael Alberti o a Vicente Aleixandre sin temor a ser fichado. Recuerdo la firma que me dedicó una joven Rosa Montero en su novela Crónica del desamor. Siempre que encontraba a Javier Marías para que me firmara Los dominios del lobo o El hombre sentimental, entre otras novelas, le preguntaba por aspectos de sus padres, los filósofos Julián Marías y Dolores Franco, ambos discípulos de Ortega y Gasset. Solía contarme que su padre, católico y persona ponderada, hubo de exiliarse en los Estados Unidos porque el régimen franquista, enemigo de todo lo que significara libertad de pensamiento, lo despojó de su cátedra en la Complutense y le prohibió ejercer como intelectual que era. Y lo pasó mal, económica y personalmente. En fin, aquellos años de distensión cultural sirvieron para que los españoles tuviéramos la posibilidad de abrirnos a otros foros ya asentados en Europa y América. Los Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Saramago habían llegado para no volver a irse jamás. Y en estas estamos, disfrutado de su maravillosa literatura. Los que nos consideramos lectores nos movemos en comandita con los verdaderos escritores, porque nadie puede considerarse escritor si carece de lectores, en tal caso sería un mero escribidor, que no es lo mismo.
Junio de 2026
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Por Curioson

































