Todas estas pequeñas reflexiones que voy dejando sobre el muro, en estas 100 dosis, que podían ser mil, no dejan de estar cortadas por el mismo patrón. Sólo quien entiende el amor desde este punto, puede soportarlo y entenderme. Porque no deja de ser la misma cosa, el mismo estribillo, la misma historia... Se te evidencia en todas partes y te
emociona imaginar el mundo que os está esperando. Y cómo cambia todo cuando uno se queda solo; cuando uno baja de la nube y es consciente de que, por más amor que sienta, el otro corazón se va alejando del lugar, porque acaso esté llamando otra historia a su puerta.
En cuanto crucé las puertas de City of Hope, en Los Ángeles, sentí algo difícil de explicar. No era solo un hospital. Había en el aire una mezcla de silencio, lucha y, sobre todo, esperanza.
| Pensé, entonces, en los paisajes de robles y hayas, en el murmullo del Pisuerga, en el silencio de los chozos...
Caminé por sus pasillos con el corazón encogido, viendo a tantos niños pequeños, algunos con la cabeza cubierta, otros empujando sus sueros como si fueran juguetes silenciosos. Y, sin embargo, en sus ojos no vi derrota… vi una luz. Una luz que no debería caber en cuerpos tan frágiles, pero que allí parecía multiplicarse. Me detuve un momento junto a una sala donde unos niños dibujaban. Uno de ellos levantó la mirada y me regaló una sonrisa limpia, como de mañana de primavera en la Montaña Palentina. En ese instante comprendí que la vida, incluso en sus momentos más duros, se abre camino con una fuerza que no se puede explicar, solo sentir. Aquí, en este lugar, no solo trabajan médicos; trabajan manos que curan, voces que consuelan y corazones que no se rinden. Cada habitación guarda una historia, cada familia una batalla, cada niño un pequeño milagro en construcción. Pensé entonces en los paisajes de robles y hayas, en el murmullo del Pisuerga, en el silencio de los chozos en invierno… y me di cuenta de que la esperanza es como esos bosques antiguos: parece quieta, pero por dentro está llena de vida, resistiendo, creciendo, renovándose. Salí al exterior con una emoción difícil de contener. Este lugar no es solo un hospital. Es un faro. Un refugio donde la ciencia y el amor caminan de la mano, donde cada día se lucha por regalar tiempo, sonrisas y futuro. Y mientras me alejaba, comprendí que, aunque el dolor tenga aquí su espacio, la esperanza siempre encuentra la forma de ser más grande.
El Cuadro, fue encargado por el Gobierno de la República en 1935, por el que paga 150.000 pesetas de aquella época, pero cuyo nombre dista mucho de ser “Guernica”, sino que Picasso quiso homenajear a un gran amigo suyo y lo denominó “Recuerdo a mi amigo Sánchez Mejías”, el extraordinario torero que murió en 1934.
Cuando se produce el encargo, lo tenía ya finalizado en febrero del 37, y cuando ocurre el bombardeo de la ciudad de Guernica por la “legión Condor” Alemana, el cuadro ya estaba aposentado en la Expo de París, en el pabellón Español, el renombrar el cuadro fue una ocurrencia en el 37, del delegado de Cultura de la Generalitat de Cataluña, quién sustituyo el título de “Sánchez Mejías” por Guernica, por oportunidad política, nunca porque representara ninguna escena del mencionado bombardeo, por lo que como siempre se mezclan intereses políticos con los reales, y por eso mismo este cuadro debiera estar lejos de los peligros de la política que invaden hoy nuestro viejo País.
Yo tengo vivencias de esta gran pintura que os cuento. Conocí el cuadro ya en el Reina Sofía en 1990. Desde entonces le he visitado unas cuantas veces, pero lo extraordinario de esta Historia, ocurrió en 1.991, en la celebración de la Exposición de las Edades del Hombre celebradas en León.
Yo había conocido al que después ha sido uno de mis amigos más queridos en la UNED, a D. Primo Lucio Panera Burón, Doctor en Derecho Canónico y en Derecho Mercantil, profesor en la Sede Universitaria de Palencia, natural del pueblo de León Villomar, Canónigo y Dean de la Catedral de León y Juez de la Santa Rota Romana, hombre de una cultura tremenda y gran experto en códices antiguos. Primo Lucio, fue nombrado Comisario de las Edades de León, esa exposición llena de música y de luz, a través de esas impresionantes vidrieras perfectamente diseñadas desde el punto de vista astronómico para crear una atmósfera perfecta. Pues bien, llegamos a la Catedral leonesa, un grupo de la Universidad Palentina, con nuestras respectivas consortes, y visitamos toda la gran exposición, y algunas cosas que no eran visitables para el gran público, una preciosidad. En un momento determinado a nosotros dos nos llevo a una Sala llamada de “Códices”, donde cogió un libro del Siglo XII, con las pastas de pergamino, de 50 X 60 aproximadamente y lo abrió por su zona central, y nos lo mostró.
El dibujo mostrado era prácticamente idéntico al del Pintor malagueño, sin la bombilla, y los trazos en tinta roja oscura, aunque pudiera ser por oxidación del tiempo, pero hasta el toro era idéntico, el comentario de D. Primo fue:
—En la Historia todos han copiado.
Y aquí esta la prueba. Lo curioso sería saber como llegaron a conocer esta información, ese es el misterio, pero la política en la actualidad quema todo. El cuadro fue bautizado como “Sánchez Mejías” y rebautizado por la política como Guernica, cuando, curiosamente, puede tener un origen del Siglo XII, o incluso anterior, nunca se sabe.
Aclaración
Hay quién dice que esta pintura, siempre se llamó Guernica, en recuerdo del ataque realizado por la Legión Condor Alemana y la Aviación Italiana. Sí es cierto y contrastable que se probaron los prototipos de los mejores aviones de la Luftwaffe alemana y de la Regia Aeronáutica Italiana. También me aseguran que no hubo cambio de nombre en el Guernica, y no se quiso recordar al gran torero Ignacio Sánchez Mejías. Otro seguidor asegura que está documentado con las cartas del pintor al Museo de Nueva York... En fin, lejos de disputas y sometiéndome totalmente a la historia escrita por historiadores, dejo a cada uno que beba de las fuentes que más le gusten, eso sí, hoy mi experiencia sigue viva, y ha sido, El Códice Leonés que nos fue mostrado. Aquellas imágenes han quedado para siempre retenidas en mi cerebro y en aquellos que lo vieron. Nunca me cansaré de dar las gracias por aquella preciosa mañana de un domingo de junio de 1991, cuando D. Primo Lucio Panera Burón, con sus conocimientos, ilustró nuestra mente. Gracias, querido amigo y compañero de muchas tardes de Universidad.
EL VIDEO
Para saber más:
Picasso se pudo inspirar en una Biblia del siglo X para pintar el Gernica Los expertos descartan que el parecido entre las dos obras sea fruto de la casualidad 🔗La Nueva España
León se despide de Primo Lucio, el histórico canónigo de la Catedral
En 1979, los argentinos León Gieco, que supo combinar el género folklórico con el rock; Víctor Heredia, nacido en el barrio de Monserrat de Buenos Aires y Mercedes Sosa, conocida durante mucho tiempo como La Voz de América Latina, destacando con canciones como Alfonsina y el mar o Solo le pido a Dios unían sus voces para recordarnos que, “nos vamos poniendo viejos, no hay remedio a esta verdad, cada vez nos cuesta menos aceptar la soledad”.
Pablo Milanés - mercopress
Un año más tarde Pablo Milanés, uno de los fundadores de la trova cubana, reflexiona con aquella misma sintonía sobre el envejecimiento y la evolución del amor con el paso del tiempo. La letra, que vale para cualquier momento y para cualquier lugar, invita a la nostalgia y a la madurez, explicando cómo aquella pasión inicial va dejando paso a la armonía. El autor de Yolanda, letra que tanto nos cundió, escribió aquella canción en homenaje a Yolanda Benet, su segunda esposa, madre de sus tres hijos, siendo consciente de que el tiempo pasa y que nos vamos poniendo viejos. Un día tomamos conciencia de esa velocidad a la que vamos por más inventos que pronostiquen de que la vida humana se prolongará mucho más tiempo y llegar a los cien años será un paseo. Hace unos días, un experto contaba en un programa matutino que a los cien años estaremos como ahora a los treinta. Dejen que mantenga muchas preguntas y muchas dudas al respecto. Yo siempre pongo como ejemplo a la tecnología. Cada día surge un aparato nuevo. El mercado no da abasto con todo lo que llega, que indica que seguimos progresando, que seguimos innovando, que todo va viento en popa, vamos, que no hay prisa en ponerse viejos, pero llega un día que decimos basta, por más estímulos y ejercicios que nos sugieran para estar en sintonía con el mundo. Es como si el botón para actualizarnos hubiera perdido también la orientación ante tanta demanda. Lo que sí es cierto, como dice el cantautor, es que cada vez nos cuesta menos aceptar la soledad, que por más prácticos que nos pongamos hemos cubierto el ciclo sin saber cómo es volar, sin degustar esa felicidad que tanto se pregona, alejados por tonterías de aquellos a los que consideramos amigos, soñando en secreto con el verdadero amor de nuestra vida.
La despoblación rural es un asunto que lleva años preocupando y ocupa un lugar prioritario en las agendas políticas y sociales, al afectar al desarrollo sostenible de grandes territorios como el nuestro de Castilla y León.
Pero lo más grave es el goteo poblacional incesante. Los pueblos de alta montaña, sobre todo, se encuentran en una situación cada vez más comprometida, sin apenas estrategias que auguren un cambio significativo y una invitación a vivirlos.
José Antonio López es el autor de un estudio sociológico publicado en 2005, que aborda los cambios de la sociedad rural. Como quedan los pueblos después de esa migración masiva hacia las ciudades, un goteo constante que hemos experimentado en nuestras carnes, ya sea abandonando el lugar para buscar sustento lejos o aguantando con lo puesto.
En un viaje reciente al pueblo burgalés de Santa Gadea del Cid, ahora en la lista de los pueblos más bonitos de España, yo pensaba, mientras lo recorríamos, en que no desmerece tampoco la historia de los nuestros. Donde no hay castillo, hay una ermita románica, como la de Santa Eulalia o Vallespinoso de Aguilar; una iglesia románica, como nuestra colegiata de San Salvador, Ventas como la de Urbaneja o la Morena, puentes como el de Nestar o el aclamado Rojadillo de Valberzoso; casonas con sus escudos y grabados como la de Lores o la de Camasobres; picos como el Curavacas o Espigüete, santuarios y monasterios que siguen testimoniando nuestro extenso y variado patrimonio. También parece obligado citar en esta tarea, Ayuntamientos como el de Brañosera, que cada aña nos recuerda el inicio de la repoblación en aquellos lugares, cuando empezaban a nacer los pueblos y se constituye uno de los primeros ayuntamiento de España. ¿Por qué no se ha frenado la despoblación en los últimos años?, se preguntan los investigadores y sociólogos. En un informe de Santa María la Real se dice que la montaña Palentina ha perdido un 25% de población en las dos últimas décadas. No estamos hablando de la sangría inicial, sino de la que subyace entre los escasos habitantes que la pueblan y que buscan el amparo de los pueblos más grandes. Soy parte de esa minoría que piensa en una nueva repoblación, tal vez nosotros no lleguemos a verla, pero se hace necesario insistir para posibilitar un crecimiento. Como decía Castelao, "la ciudad cree que fuera de ella no hay más que paisajes, patatas y leche; ignoran que también existe una cultura noble, antiquísima e insobornable."
Cada vez se está poniendo más difícil el hecho de viajar para el mortal corriente. La gasolina apenas nos da un respiro, los viajes en avión hay que programarlos con mucha antelación si queremos precios interesantes y la estancia: casas rurales, hoteles y comida, se han puesto por las nubes.
El lunes he vivido un momento histórico que no olvidaré. Los Reyes Don Felipe y Doña Letizia han visitado Brañosera para presidir el acto de celebración del 1.200 aniversario del Fuero de Brañosera, considerado el primer Ayuntamiento de España gracias a su Carta Puebla del año 824.
📍 Brañosera, Montaña Palentina | 3 de junio de 2025
A pesar de tener contacto directo con el alcalde, Jesús Mediavilla, no fui informado de que era necesario inscribirse previamente, no solo para subir al autobús desde Barruelo de Santullán, sino también para acceder a las conferencias que se celebran en una carpa instalada en el pueblo. Lo intenté por varios medios, incluso, caminando, pero los controles fueron muy estrictos. Cuando ya quedábamos muy pocos esperando, conseguimos finalmente llegar a Brañosera. Justo a tiempo: los Reyes llegaron al filo de la 1 de la tarde y nos saludaron con una cercanía y una generosidad que les honra. Fue un momento breve pero muy especial.
Mientras los veía acercarse, me vinieron dos recuerdos muy vivos:
🟡 El primero, de hace muchos años, cuando el Rey tenía solo nueve años. Yo vivía entonces en Huaraz, una ciudad en los Andes peruanos, y formé un pequeño equipo de fútbol con niños de su misma edad. No tenían uniformes, así que escribí al entonces Príncipe Felipe. Un mes después, aquellos niños estaban orgullosamente uniformados. Fue un gesto que nunca he olvidado.
🟡 El segundo, en México, donde visité a una niña que estaba gravemente quemada y llevaba mucho tiempo hospitalizada. Le pregunté qué le gustaría hacer en la vida, y me respondió: “Ver a los Reyes”. Conseguimos que fuera recibida en el Palacio de la Zarzuela. Recuerdo el momento con una emoción difícil de describir: la Reina se agachó para saludar a la niña, y esta, con toda la inocencia del mundo, le preguntó: ”¿Dónde está la corona?” Tal vez ella pensaba en los Reyes Magos… Fue un instante de ternura pura.
Como cierre inesperado de este día lleno de emociones, finalmente he podido encontrarme cara a cara con el Rey Don Felipe. Lo saludé con gratitud y le recordé personalmente la ayuda que me prestó en aquella ocasión en Huaraz. También tuve la oportunidad de saludar a la Reina Letizia, muy amable y cercana. Le pedí que saludara a la Reina Sofía, quien me conoce bien. Además, saludé al presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, a la presidenta de la Diputación de Palencia, Ángeles Armisén, y al alcalde de Brañosera, Jesús Mediavilla. El ambiente fue finalmente acogedor y cercano. Tras verificar mi identidad con el DNI, me permitieron acceder a la zona reservada donde fuimos agasajados con una variedad de pinchos. Un cierre digno para una jornada que empezó con dificultades, pero que terminó con gratitud, reencuentros y mucha emoción.
Adriano Domínguez era mi amigo, y me dolió la noticia. Adriano Domínguez era mi admirado amigo y cuando un amigo mío es maltratado me indigno, grito, me rebelo, y escribo. Adriano llevaba unos meses en León, después de una desafortunada caída que le impidió seguir disfrutando de su apartamento en Madrid y de todo lo que la capital implicaba para él: allí estaban sus amigos, sus compañeros de profesión y sus recuerdos más queridos.
Adriano Domínguez Fernández (León, 4 de enero de 1920 - Madrid, 9 de mayo de 2008) fue un actor español, con una larguísima carrera en el teatro, cine, televisión y doblaje. Imagen vista en "Todo Colección".
León lo acogió con cariño porque un hijo suyo eminente volvía a sus raíces. Su estancia en una flamante Residencia para Mayores de la capital leonesa era todo lo agradable que pueden serlo estos lugares, -melancolías y silencios, pasos lentos y días que se suceden con la esperanza de ver aparecer en el umbral de la puerta a alguien que ayude a desperezarse de la monotonía…
La soledad en esos lugares es lo más terrible, pienso yo; y, si como él, se goza de la más absoluta lucidez, pues peor.
Allí había encontrado una amistad entrañable, con la que compartía charlas y atardeceres, paseos y recuerdos…
El tiempo transcurría más acogedor, pero a alguien no le pareció bien y se encargó de separarlos. Y de forma injusta y cruel, se les prohibió sentarse juntos a la hora de comer, y luego, le fue comunicada a mi amigo la irrevocable resolución de que tenía que abandonar la Residencia… Vamos, que lo echaron como a un perro, a él, a una de las figuras más eminentes que ha dado León, a quien deberían agradecer los leoneses horas y horas de magistrales interpretaciones haciendo revivir en escena pasiones, amores y muertes en nuestro teatro y en nuestro cine.
Intervino en más de 130 películas, figuras míticas como Olivia de Havilland, Lee Remick, Brigitte Bardot o Alfredo Kraus fueron sus compañeros y amigos (una no se cansaba de oírlo cuando nos contaba anécdotas de su vida brillante con aquella memoria portentosa, y su voz suave y contundente a la vez…)
Pues bien, a él, a mi amigo Adriano Domínguez le echaron de la Residencia “por problemas de convivencia”, según se quiso justificar. Pero por debajo subyace la verdad, y la verdad tiene nombres concretos: egoísmo, inexplicables intereses, injusticia y crueldad con una persona que dio todo lo mejor y entonces no puede defenderse, y lo peor de todo, ingratitud… Viene a mi memoria la imagen de Miguel de Cervantes, quien en sus últimos años vivía con gran pobreza y abandono, a pesar de ser conocida su figura internacionalmente. Pues bien, cuando fue visitado por un embajador francés, éste quedó perplejo al ver su situación y se preguntó cómo era posible que un hombre como aquel “no estuviera protegido del erario público, y con todo tipo de honores”. Sobran los comentarios y los símiles.
Llevo cuarenta y cinco años colaborando en prensa. Y se va acercando el momento de cerrar esta madeja definitivamente. Aunque ya he tenido sonoros tirones de orejas por los colaboradores de este diario, no han faltado felicitaciones de amigos desde todos los ámbitos, sin imaginar que esto fuera como un cumpleaños o un aniversario de bodas.
Lo cierto es que, los compañeros de la empresa de deporte donde he trabajado los últimos quince años, que son como hijos para mí, decidieron hacerme una despedida. ¡Te vamos a llevar a Canarias! No, olvidaros que yo no voy a ningún lado. Comemos en algún sitio, vamos a bailar al Moma y con eso ya me doy por satisfecho. Que va. Ellos a lo suyo. Tú prepara la maleta con algo de ropa, coge un bañador y allí ya tendremos lugares para comer y bailar. Yo intuía que aquel viaje no iba a producirse, pero algunos son muy traviesos y no las tenía todas conmigo. Ahora ya saben que las despedidas se celebran lo más lejos posible, y aunque les dejé claro que yo no era un muñeco, ellos siguieron amenazándome a diario con un viaje. El 12 de abril, un sábado cualquiera, yo me levanté a las nueve como cada día de mi nueva vida, bajé a desayunar y después me fui a hacer mi paseo diario de 5 kilómetros, que es lo que me mantiene en forma. A las 14, cuatro compañeros a la puerta de casa. Coge la bolsa que nos vamos. No tengo ninguna bolsa. En San Mamés, después de sortear a otro grupo que venía con una pancarta para desearme buen viaje, bajamos al andén y cogimos el autobús al aeropuerto. No lo tenía claro, porque me dijeron que otros dieciséis compañeros viajaban con nosotros. La duda crecía porque me iban ofreciendo rutas por Canarias y centros de ocio para los cuatro días. Pero bueno, se arrepintieron y nos apeamos en la Plaza Moyua, porque llegaba la hora de comer y ahí quedó el sueño tan amenazante de Canarias.
Por qué les cuento esto. Pues sencillo. Estamos hartos de ver cada día puñaladas, muertes sin sentido, odio por doquier, rivalidad política. Y esto me pareció la gloria. Llegar a Indautxu y encontrarme a mogollón de amigos y compañeros fue mejor que cualquier viaje a ningún sitio. Allí estaban los que se fueron a otras instalaciones, los que cambiaron de trabajo y quienes siguen en Azkuna actualmente. Ya se pueden imaginar ustedes la sensación tan placentera encontrarte con tantas personas que te valoran y te quieren. Quiero desde esta madeja dar las gracias por tanto cariño, por tanta amistad, por tanto amor. Es evidente que os quiero un montón. Sois mis hijos. Perdonar los días que no estuve a la altura. A vuestro lado he vivido los mejores momentos y así no cuesta ir a trabajar. Que os quiero, coño. Que sois el mejor equipo que uno podría tener. Que la vida sin estos detalles no tendría aliciente. Gracias.
No leo revistas del corazón. No me interesan. Cada uno tiene su modo de entretenerse o de utilizar el tiempo libre, de ocio, suele decirse en lenguaje más o menos coloquial.
Retrato | Francisca González del Castillo
Nunca tuve mucho, pero tanto mi marido como yo, por fortuna supimos aprovecharlo bien. No hace falta decir que en la variedad está el gusto, ni que cada persona es libre para hacer de su capa un sayo.
Ocio es liberación. Hubo veces que lo cambié por trabajo y digo trabajo real y cansaba pero la paz que sentía luego era tan grande que merecía la pena. Uní ocio/viajes, ocio/aprendizaje, ocio/patear rutas, ocio/conocer ciudades, ocio/aprender, ocio/escribir, ocio/leer cuanto pude y puedo, ocio/ordenar espacios que luego ocupo con otras cosas que me gustan. Ocio/mantener unidas a un grupo de personas durante la pandemia y en los días que van transcurriendo, salvo dos buenas amigas que se fueron sin permiso al viaje del que es imposible volver. Lo hago mediante llamadas al móvil, mensajes y llamadas de teléfono -cuando la voz no se me convierte en hilo delgado o afonía duradera y persistente- a pesar de ir a clase con Sara -una excelente profesional- que debe sentirse frustrada pues ella pone todo el interés para que yo, al menos, me pueda defender, con algo de ese don divino de la palabra hablada. Un regalo, que se toma vacaciones sin permiso; me pasó por la emoción una gran pérdida; forma en la garganta un muro infranqueable a pesar de que tomo infusiones, miel con limón y haga que, la hierba del cantor, haciendo ese ruido tan tonto allá en el fondo de mi garganta, logre pocos avances.
A pesar de mis aficiones que van desde el ganchillo, punto, frivolité, encaje de bolillos o labores de lagartera y para esas no se necesita hablar, y tampoco ahora practico. Como tampoco navego por paraísos-bosques de Internet, salvo cuando necesito información o buscar algún dato. Será porque las redes sociales me huelen a sacrificio como las redes que en Villagarcía de Arosa, al volver de la pesca los hombres, ellas, repasaban para tenerlas prestas para que de mañana, el marido, saliese de nuevo a la mar y no se escapara ni un pez. Leo que en España los jóvenes navegan por las redes y un 1,5 % está enganchado. China, Taiwán Y Corea nos ganan. Ojalá no nos igualemos.
¿Cambiaría algo nuestra vida si volviésemos a vivirla? Esa es la pregunta que se me ocurre después de meterme de puntillas en la vida de Peter Kakdheim, autor de un solo libro: “El viento idiota”, editado en España por Planeta, donde cuenta cómo se dejó llevar por el huracán de las drogas al inicio de una carrera prometedora como autor y editor. Licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Dartmouth (Estados Unidos), este admirador de Roberto Bolaño se murió de repente el último viernes de octubre mientras recitaba un monólogo en la sala Cronopios de la ciudad condal, la que iba a ser su primera actuación en público y en español.
Peter Kakdheim | @Mané Espinosa |
En esta obra autobiográfica, el autor cuenta todas las vicisitudes que le llevaron a vivir en la vida que acaso él soñó alguna vez para los protagonista de sus libros. Peter cuenta su vida: cómo logra salir de Nueva York en 1987, un día que está nevando con fuerza. Endeudado, perseguido por los narcotraficantes, saca un billete con el poco dinero que le queda y corre lejos, hacia otro puerto, hacia otra ciudad, describiendo el momento y los lugares por donde pasa. Es un viaje sin fin, un viaje sin retorno, en soledad, sin familia, sin amigos, sin dinero. Un viaje al límite de todo. Pero en esa coletilla o consejo final de toda fábula, se nos presenta el muerto, que lo parece a todos los efectos, y describe una historia que hace volver los ojos del mundo a una situación que pocas veces se ha contado de ese modo y cautiva a quienes tienen en su mano los mecanismos para removerla con fuerza. No podía estar más de acuerdo con el resumen que le dedica Juan Trejo en La Vanguardia, cuando habla de una obra a la empatía entre aquellos que vagan perdidos y una celebración de las segundas oportunidades.
Pero eso de morirnos, que nos puede pasar a cualquiera, cualquier día, por muy despistados que estemos viendo ingenuos pasar la muerte de otros, es una verdadera putada cuando habíamos encontrado la puerta de salida y el mundo esperaba con cierto interés una historia de verdad entre tanta mentira.
Todas las pandemias dejan un lastre inmenso de damnificados. Miles de personas que caminan sin rumbo, rotos todos los hilos que les mantienen atados a la esperanza y donde se hace necesario recibir ayuda de almas caritativas, que las hay, menos mal, que se vuelcan con las causas ajenas, como enfrentados y contrarios a toda esa farándula televisiva donde van desfilando a diario personajes variopintos a cambio de un contrato millonario y sus huestes millonarias de seguidores.
La madeja de la pobreza no tiene fin. Tiras de ella y vuelve a llenarse con historias que te ponen los pelos de punta. Pero como no te ha tocado a ti y tienes mucha prisa en seguir caminando mientras puedas, porque el tiempo es una lucha que tenemos perdida, enseguida se queda esa madeja en el olvido, entre el montón, allá, tirada. A nosotros no nos interesa demasiado que se repita de contínuo esa cantinela de penurias, que bastante tenemos con lo nuestro. Que nada nos impida seguir nuestro camino, que es un camino lleno de beneplácitos, de aplausos, de triunfos. "Nosotros lo que queremos es brindar y basta ya de quejas y miserias".
Somos tan chulos que creemos que las madejas no se agotan nunca, que la vida no pasa como un rayo, que hay madeja para toda la vida, que a las madejas no les pilla el virus, que las madejas buenas no traen hilos terciados. Después de esta pandemia, un millón de personas están a punto de ingresar en esa madeja de los cuatro millones que viven de milagro, en la más absoluta de las miserias, con escasas ayudas, sin espectadores ni premios que compensen la hambruna. Y aunque no quieras, con el avance de la tecnología te llegan al correo cada día peticiones de firmas y aporte de dinero para gente que sufre desahucios, gente que pide comida, un techo para pasar la noche. Las cifras de quienes buscan alimento y cobijo crecen alarmantemente y recuerdo la premonición que hizo un vagabundo en una cadena de televisión: “¿Es que ustedes no lo ven? En un futuro próximo, mucha gente vivirá en la calle”. Nadie medianamente cuerdo, ni palpándolo, se da por enterado que pendemos de un hilo de esa madeja, que todo está contado, que no necesitamos equipaje, que nos sobra casi todo, que hoy estamos y mañana no estamos.
Desde siempre había deseado aprender a hacer bolillos. Mi origen galaico y el haber escuchado de pequeña el sonido rítmico e incitante de los bolillos, sin entender muy bien su significado pero sintiendo una especie de fascinación cuando veía a aquellas mujeres sentadas con ellos, horas y horas, creo que tuvo mucho que ver en ello.
Los avatares de la vida me trajeron a Palencia, y aquí, por esas cosas caprichosas del destino, alguien me dijo que se podía aprender a hacer bolillos en unas clases patrocinadas por el Ayuntamiento, y allí me fui… Desde el primer día –y ya hace unos cuantos años de esto-, me encontré con un grupo de mujeres acogedoras y amables, comprensivas con mi falta de tiempo, con mis prisas y mis ausencias. Esas mujeres, de varias generaciones, hacen arte con sus manos y lo proyectan con cariño en sus seres queridos: “estos guantes para la boda de mi hija, este pañuelo para mi sobrina, aquel pañito para una amiga…” Con sus manos y su ilusión, fabrican alegría y dan mucho de sí mismas. Ahora que formo parte de ellas, veo que estas clases son una forma admirable de conservar una hermosa tradición y de unir, además, a varias generaciones de mujeres que tenemos en común el activo movimiento de nuestras manos y la charla animada o el silencio mientras trabajamos. Pero hagamos un poco de historia y remontémonos al origen del encaje de bolillos, que se fija a mediados del siglo XVI y se disputan su origen venecianos y flamencos; aunque también se sabe que a finales del siglo XV ya se realizaban estas labores en varias localidades españolas, y es casi seguro que su procedencia fuesen los conventos de monjas. España, Italia y Flandes, se disputan, pues, el gran honor de haber inventado el encaje de bolillos. A partir del siglo XVII esta tradición se extendió rápidamente por toda Europa, teniendo su máximo esplendor en las golas o gorgueras, cuellos, vuelillos de bocamangas (“puñetas”), cortinajes, y también en las maravillosas mantillas de blonda, hechas de bolillos, que estuvieron de moda en el siglo XVIII. La palabra “ENCAJE” aparece documentada en la primera mitad del siglo XVI, y significa “labor tramada, encajada entre dos telas”. En España, hasta los años cincuenta era frecuente enseñar estas técnicas a las niñas en las escuelas, aunque el aprendizaje se hacía en el propio hogar y pasaba de madres a hijas. La actividad, como ahora, se hacía en común, en la calle cuando las temperaturas lo permitían, y era un lugar de encuentro y un pretexto de charla para las mujeres. El sonido de los bolillos cuando se trabaja con ellos es claro y limpio, con un suave ritmo interno que me encanta… Acabemos con una definición que me parece muy acertada: “El encaje de bolillos es una de las expresiones más bellas del arte decorativo y también es una muestra de la mentalidad más refinada que ha presentado hasta ahora la historia social” (C. Carlier).