La Pernía, mi alma en la Montaña Palentina
Desde que tengo memoria, La Pernía ha sido mi horizonte, mi refugio, mi raíz. En lo alto de la Montaña Palentina, esta tierra de doce pueblos se despierta cada mañana bañada por la luz clara del amanecer, bajo la mirada perpetua del Peña Labra, el Pico Tresmares, el Cuchillón y la Peña Tremaya. En invierno, estos gigantes se cubren de nieve y silencio; en primavera, se engalanan con un estallido de flores y vida.
Los bosques que nos rodean —robles centenarios y hayas esbeltos— parecen dormir durante el invierno, desnudos y quietos. Pero al llegar la primavera, despiertan con un verde tan vivo que parece recién inventado. Y cuando llega el otoño, ¡ay el otoño!… Los montes se tiñen de oro viejo, de rojo encendido, de naranjas profundos. Es el tiempo de recoger el regalo del bosque: avellanas, hayucos, amostajas, amajuetas, amiérganos, arráspanos, cerezas, manzanas, perucos, ciruelas, amaillas, andrinos, calambrojos… y otros tantos frutos que la tierra ofrece con generosidad callada.
Nuestros pueblos —Piedrasluengas, Camasobres, Casavegas, Lores, Areños, Los Llazos, Tremaya, San Juan de Redondo, Santa María de Redondo, El Campo, San Salvador de Cantamuda y Lebanza— están hechos de piedra, madera y esfuerzo. Las casas, de paredes gruesas y tejados de teja roja, se construyeron con la sabiduría de los años. Debajo de las tejas, siempre se colocaba hoja de helecho seca, que protegía del frío y de la humedad. En cada hogar había una hornera. Allí se cocía el pan, amasado con el trigo que se sembraba en los campos de cada familia. Y en un rincón no faltaba la bota de vino o el porrón, que se compartía en las comidas o en las visitas. El agua, fresca y limpia, se recogía del Pisuerga, que nace aquí, en nuestra tierra, o de alguna fuente cercana, y se guardaba en botijas para mantenerla fresca durante el día.
Diciembre traía la matanza. Era más que una faena: era un ritual donde participaba toda la familia. De ese día salían los gamos, los chorizos, los lomos, que luego se guardaban en ollas de barro, cubiertos de aceite de oliva. Aquellos sabores se reservaban para el verano, cuando el trabajo era rudo y exigente. Porque el verano aquí, aunque breve, es intenso. Se trilla, se siega, se carga la hierba en carros tirados por vacas, se llena el pajar. El sol castiga, pero se sigue adelante. Y cuando el trabajo cesa, llegan las fiestas. Primero se bailaba al ritmo del tambor y la pandereta. Luego, llegaron los músicos con acordeón, saxofón y batería. Y más tarde, la magia del tocadiscos, que convertía cualquier plaza en un salón de baile.
La Pernía es tierra de estaciones marcadas, de costumbres que se heredan como tesoros, de memorias que se anclan en cada piedra, en cada árbol, en cada arroyo. Quien ha crecido aquí, lleva su alma hecha de monte, de río, de pan casero y de canciones bajo las estrellas. Y aunque la vida nos lleve lejos, siempre volvemos. Porque La Pernía no se olvida. La Pernía se lleva en el pecho.
Actualización Ene2026 |💥+606👀
Mi Tierra en el Corazón






























































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