El chisme de la vaca Ladina
En el puerto de Pineda, ya sabes, donde el viento baja frío incluso en agosto y las nubes rozan las cumbres del Espigüete, pastaban todos los veranos varios rebaños mezclados. Y allí estaban los vaqueros, cada uno más experto que el otro, cada uno con más historias contadas que el anterior.
Entre todas las vacas del puerto, había una que era famosa: la Ladina. Negra como la noche, lista como el hambre y más escurridiza que una trucha del Carrión. Nadie sabía de quién era realmente, porque según a quién preguntaras, pertenecía a uno u otro. Unos decían que era de Gabino, otros aseguraban que era de Serapio, y los abuelos del lugar juraban que la Ladina “tenía más años que ellos” y que ya había dado problemas cuando los padres de los actuales vaqueros eran mozos. Una mañana, después de una noche de tormenta, los vaqueros subieron a revisar el ganado. Pero al llegar al collado, se encontraron con un panorama digno de romería: Gabino y Serapio a gritos, señalándose el uno al otro y, en medio, la Ladina, tan tranquila, rumiando como si nada. Gabino decía:
—¡Esa vaca es mía! La conozco hasta por la mirada. Me la trajiste tú mismo cuando eras crío.
Y Serapio respondía:
—¡Qué va a ser tuya! Esa vaca estaba en mi corral cuando tú ni habías aprendido a andar. ¡Esa es de mi marca!
El problema era que la tormenta había borrado las marcas del lomo de la vaca: ni hierro ni señal se distinguían. Y claro, cada uno juraba que la Ladina era suya. Los demás vaqueros, en lugar de calmar los ánimos, se acomodaron como quien ve un buen teatro. Unos sacaron queso, otros cortaron un trozo de pan… aquello parecía una función en toda regla. El lío creció tanto que, para resolverlo, llamaron a El Fidencio, el más viejo y respetado del puerto, un hombre que decía conocer a las vacas “como quien conoce a sus hijos”. Fidencio observó a la Ladina con calma, rodeándola despacio, sin prisa. Y al final, sentenció:
Y Serapio respondía:
—¡Qué va a ser tuya! Esa vaca estaba en mi corral cuando tú ni habías aprendido a andar. ¡Esa es de mi marca!
El problema era que la tormenta había borrado las marcas del lomo de la vaca: ni hierro ni señal se distinguían. Y claro, cada uno juraba que la Ladina era suya. Los demás vaqueros, en lugar de calmar los ánimos, se acomodaron como quien ve un buen teatro. Unos sacaron queso, otros cortaron un trozo de pan… aquello parecía una función en toda regla. El lío creció tanto que, para resolverlo, llamaron a El Fidencio, el más viejo y respetado del puerto, un hombre que decía conocer a las vacas “como quien conoce a sus hijos”. Fidencio observó a la Ladina con calma, rodeándola despacio, sin prisa. Y al final, sentenció:
—La Ladina no es de ninguno de los dos.
Los vaqueros se quedaron mudos.
—La Ladina es de quien la consiga llevar al redil sin que se escape.
Y aquello, claro, provocó risas… y también apuestas.
Primero lo intentó Gabino: la Ladina le dio dos vueltas y casi lo tira al suelo. Luego Serapio: la vaca se le escapó entre las piernas y bajó unos cien metros como si le hubieran puesto ruedas. Después lo intentaron otros dos mozos, con idéntico fracaso. Al final, Fidencio, sin decir palabra, abrió su zurrón, sacó una mazorca de maíz, la agitó en el aire y, como si fuera magia, la Ladina fue detrás de él mansamente, paso a paso, hasta el redil.
—¿Veis? La Ladina siempre fue amiga del maíz. No es de nadie. Es del que la entiende.
Desde entonces, cada vez que dos vaqueros discuten por una vaca, alguien dice:
—A ver si va a ser como la Ladina…
Y todos sueltan la risa, aunque ninguno se atreve a repetir la apuesta.
Los vaqueros se quedaron mudos.
—La Ladina es de quien la consiga llevar al redil sin que se escape.
Y aquello, claro, provocó risas… y también apuestas.
Primero lo intentó Gabino: la Ladina le dio dos vueltas y casi lo tira al suelo. Luego Serapio: la vaca se le escapó entre las piernas y bajó unos cien metros como si le hubieran puesto ruedas. Después lo intentaron otros dos mozos, con idéntico fracaso. Al final, Fidencio, sin decir palabra, abrió su zurrón, sacó una mazorca de maíz, la agitó en el aire y, como si fuera magia, la Ladina fue detrás de él mansamente, paso a paso, hasta el redil.
—¿Veis? La Ladina siempre fue amiga del maíz. No es de nadie. Es del que la entiende.
Desde entonces, cada vez que dos vaqueros discuten por una vaca, alguien dice:
—A ver si va a ser como la Ladina…
Y todos sueltan la risa, aunque ninguno se atreve a repetir la apuesta.
Mi Tierra en el Corazón






































































