El chisme del lobero de Valcabe
De esos que se cuentan al caer la noche, cuando la lumbre chisporrotea y el viento baja desde Peña Labra como si trajera secretos antiguos. Es ficción, pero tan posible como cualquier historia de la Montaña Palentina. Valcabe está por el pico Murcia.
En la Montaña Palentina, sobre todo en los altos de Valcabe y los puertos de Pineda, circula desde hace años un chisme que pocos admiten creer, pero todos cuentan en voz baja. Habla de un hombre extraño al que llamaban “el Lobero”. Nadie sabía exactamente de qué pueblo era. Unos decían que de Casavegas, otros que de Tremaya, y los más viejos aseguraban haberlo visto de mozo cerca de Lebanza. Lo cierto es que siempre aparecía en los momentos más insospechados, sobre todo cuando alguien decía haber visto al lobo rondando el ganado. El rumor empezó un invierno en el que los ataques del lobo eran continuos. Los pastores estaban ya desesperados: ovejas desaparecidas, terneros mordidos, noches sin dormir. Y una mañana, cuando bajaron al valle, corrió la voz:
—El Lobero ha vuelto.
Dicen que aquel hombre no tenía perro, sino que los lobos mismos lo seguían a distancia, como reconociendo algo en él. Otros sostenían que sabía imitar el aullido con tanta precisión que confundía a las manadas enteras. El chisme grande, el que todavía se repite, ocurrió una noche de luna llena, arriba del Collado de Las Lomas. Un pastor joven, Raimundo, juraba haber oído cerca a una manada. Se preparó con el cayado y la linterna, y subió a toda prisa para espantar a los lobos.
Pero cuando llegó, vio algo que lo dejó helado: Tres lobos sentados, quietos, mirando hacia un hombre que estaba de pie, con un farol encendido al lado. El Lobero no movía un músculo. Solo les hablaba, despacio, como quien susurra a un animal herido. Raimundo, muerto de miedo, no se atrevió a acercarse. Desde lejos oyó al hombre decir:
—No es aquí donde tenéis comida. Bajad al pinar, que allí encontrasteis ciervos la otra noche. Dejad en paz este rebaño.
Los lobos, increíblemente, se levantaron, dieron media vuelta y desaparecieron sin hacer ruido. A la mañana siguiente, Raimundo bajó al pueblo con el corazón en la garganta. Contó lo que había visto… y ahí empezó el chisme. Unos se reían, otros se ponían serios.
Los más mayores decían:
—No es la primera vez. Ese hombre entiende a los lobos mejor que a las personas.
Desde entonces, cada vez que el ganado pasa un verano tranquilo y no se oyen aullidos cerca, alguien murmura:
—Seguro que el Lobero anda por los puertos.
Y cuando la gente pregunta quién es o de dónde viene, siempre contestan lo mismo:
—Eso no se pregunta. A los lobos nadie los domestica… pero a él lo respetan.
Mi Tierra en el Corazón





































































