Una de las entradas de curiosón, es la carta que le escribe Albert Einstein a su hija. A lo mejor es un hoax de esos que surgen a menudo en las redes sociales y que la gente comparte sin cesar buscando, me imagino, decirle al mundo que se desperece, que deje lo que está haciendo, que se olvide de buscar, porque aquí está lo que alimenta de verdad, lo que nos hace más humanos, lo que necesitamos practicar y difundir: ¡¡¡El amor!!!!! El Amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere.
He encontrado una fotografía de los niños de la escuela de Rabanal de los Caballeros, tomada nada menos que en 1923. Está en blanco y negro, con ese tono plateado que solo el tiempo sabe dar. En el centro aparece el maestro, un hombre de semblante firme, bigote recortado y corbata, como si el oficio de enseñar exigiera una dignidad especial hasta en la ropa.
A su alrededor, los alumnos posan muy serios, alineados con esmero. Me detuve en los detalles: las chaquetas gastadas, los vestidos sencillos, los zapatos rudos. Algunos niños llevan el cabello muy corto; las niñas, trenzas o moños apretados. Una de ellas luce una medalla al cuello, quizá un recuerdo de bautizo o una promesa familiar. Pero lo que más me impresionó fueron las miradas: fijas, contenidas, algunas con curiosidad y otras con un leve temor. Era la solemnidad de quien sabe que está dejando huella, aunque no lo comprenda del todo. No pude evitar preguntarme cómo serían aquellas clases en 1923. Qué palabras usaría el maestro para enseñar las letras o las cuentas. Imagino las manos frías, la voz pausada, el olor a leña húmeda, y el silencio atento de unos niños que querían aprender, aunque el mundo fuera pequeño y las herramientas escasas. Al mirar esa foto, me vinieron a la memoria mis propios días de escuela. Nosotros usábamos una pizarra manual. Con ella escribíamos y borrábamos, una y otra vez, porque no había cuadernos, ni lápices, ni bolígrafos. A veces conseguíamos trozos de pizarra en el campo, y con eso bastaba. Aprendíamos entre el frío y la paciencia. En invierno, cuando la nieve cubría todo, el pueblo se reunía para abrirnos un sendero hasta la escuela. Recuerdo la fila de niños avanzando entre montones de nieve, las botas hundiéndose paso a paso, el vaho saliendo de nuestras bocas como un humo de infancia. Dentro del aula nos calentábamos junto a un brasero, y poco a poco la tiza volvía a deslizarse sobre la pizarra. Nuestros juegos eran sencillos: la bigarda, los palos, las piedras, los inventos del bosque. No necesitábamos más. Y sin embargo, al observar la foto de 1923, comprendí que los niños de entonces vivían en una austeridad aún mayor, pero sus rostros guardaban la misma inocencia, la misma esperanza de los míos.
Esa foto me ha dejado pensativo. Entre el papel y el tiempo, siento que hay un puente invisible: la continuidad de una infancia que nunca muere del todo. Las escuelas cambian, los pupitres y los maestros también, pero el asombro del primer aprendizaje sigue siendo el mismo. Y al mirar a aquellos niños de hace más de un siglo, tengo la sensación de que, en el fondo, seguimos todos en la misma clase, aprendiendo todavía de la vida y de la memoria.
Este roble debería estar en los anales de la montaña palentina. ¿Te puedes imaginar una rama de 16 metros de larga? He visitado el de Velilla del río Carrión pero este de Vallespinoso de Cervera está muy bien identificado e incluso señalizado. Este es un roble desconocido a no ser por los del pueblo pero es una auténtica maravilla.
Soy un roble viejo, de esos que ya casi no quedan. Mis raíces se hunden desde hace siglos en la tierra tranquila de Vallespinoso de Cervera, a un paso de la ermita románica y bajo el cielo limpio de la Montaña Palentina. Aquí he pasado mi vida, viendo cómo el paisaje cambiaba despacio mientras yo me afianzaba al suelo, paciente y firme.
Me llaman el Roble del Sesteo porque, durante generaciones, fui refugio y sombra para caminantes, pastores y animales. En mis mejores años, cuando mi copa era aún más amplia y cerrada, era común ver a los pastores tumbarse a mis pies para descansar mientras el ganado rumiaba en silencio a mi alrededor. Las ovejas buscaban mi sombra en verano, y en invierno yo les ofrecía un pequeño resguardo contra la ventisca que bajaba de las montañas.
He escuchado historias de todo tipo: los amores jóvenes que se prometieron bajo mis ramas, las conversaciones de hombres cansados al final de la jornada, el murmullo de los niños que jugaban...
Febrero de 2015 fue uno de esos meses que no se olvidan jamás. Yo estaba en la Montaña Palentina cuando llegó aquella gran nevada, y todavía hoy, al recordarla, siento el mismo silencio blanco envolviéndolo todo.
Imágenes de Estalayo en el entorno de Las Peñas de la Hoz, cerca del puerto de Piedrasluengas
En la instantánea de José Luis Estalayo, entrando al pueblo de Piedrasluengas
Estalayo nos muestra la calle de Santamaría de Redondo
Imágenes de nuestro seguidor en San Salvador, Pumar59
Imagen de nuestro seguidor y amigo Toño Gutiérrez desde San Salvador
Durante días no dejó de nevar. La montaña entera, desde las cumbres del Curavacas hasta las laderas de Peña Labra y Tres Mares, fue quedando sepultada bajo un manto que parecía no tener fin. En los pueblos la nieve superaba el metro, y en las alturas alcanzaba los tejados y los muros como si quisiera borrar los caminos. Vi cómo lugares como Salcedillo, Triollo, el Santuario de Nuestra Señora del Brezo, Piedrasluengas o San Juan de Redondo quedaban completamente aislados. Las carreteras desaparecieron, convertidas en largos túneles de nieve, y muchas veces solo se podía pasar en tractor o a pie, abriendo paso con pala. Yo mismo tuve que salir a limpiar la nieve una y otra vez. Los tejados crujían bajo el peso, y cada día había que subir a quitarla para que no se vinieran abajo. El frío mordía fuerte; las noches caían por debajo de los diez grados bajo cero, y el hielo lo cubría todo. Recuerdo a los ganaderos luchando contra la nieve para llegar hasta el ganado. Abríamos surcos blancos hasta las cuadras para llevar comida y agua a las vacas y a las ovejas. Algunas puertas quedaban enterradas, y entrábamos por las ventanas o por los tejados. Y aun así, en medio de aquella dureza, la montaña estaba más hermosa que nunca. Los bosques, los pueblos de piedra, los ríos como el Carrión y el Pisuerga, todo quedó cubierto por un blanco puro que parecía detener el tiempo. Por las noches solo se oía el crujido de la nieve y el viento bajando de las cumbres. Aquellos días nos devolvieron a lo esencial: la lumbre, el silencio, el cielo estrellado sobre la nieve y la sensación de estar aislados del mundo, pero protegidos por la montaña.
La gran nevada de febrero de 2015 no fue solo una tormenta: fue una prueba de resistencia, y también un recordatorio de lo que es realmente la Montaña Palentina: dura, hermosa y eterna.
En el puerto de Pineda, ya sabes, donde el viento baja frío incluso en agosto y las nubes rozan las cumbres del Espigüete, pastaban todos los veranos varios rebaños mezclados. Y allí estaban los vaqueros, cada uno más experto que el otro, cada uno con más historias contadas que el anterior.
Entre todas las vacas del puerto, había una que era famosa: la Ladina. Negra como la noche, lista como el hambre y más escurridiza que una trucha del Carrión. Nadie sabía de quién era realmente, porque según a quién preguntaras, pertenecía a uno u otro. Unos decían que era de Gabino, otros aseguraban que era de Serapio, y los abuelos del lugar juraban que la Ladina “tenía más años que ellos” y que ya había dado problemas cuando los padres de los actuales vaqueros eran mozos. Una mañana, después de una noche de tormenta, los vaqueros subieron a revisar el ganado. Pero al llegar al collado, se encontraron con un panorama digno de romería: Gabino y Serapio a gritos, señalándose el uno al otro y, en medio, la Ladina, tan tranquila, rumiando como si nada. Gabino decía:
—¡Esa vaca es mía! La conozco hasta por la mirada. Me la trajiste tú mismo cuando eras crío. Y Serapio respondía: —¡Qué va a ser tuya! Esa vaca estaba en mi corral cuando tú ni habías aprendido a andar. ¡Esa es de mi marca! El problema era que la tormenta había borrado las marcas del lomo de la vaca: ni hierro ni señal se distinguían. Y claro, cada uno juraba que la Ladina era suya. Los demás vaqueros, en lugar de calmar los ánimos, se acomodaron como quien ve un buen teatro. Unos sacaron queso, otros cortaron un trozo de pan… aquello parecía una función en toda regla. El lío creció tanto que, para resolverlo, llamaron a El Fidencio, el más viejo y respetado del puerto, un hombre que decía conocer a las vacas “como quien conoce a sus hijos”. Fidencio observó a la Ladina con calma, rodeándola despacio, sin prisa. Y al final, sentenció:
—La Ladina no es de ninguno de los dos. Los vaqueros se quedaron mudos. —La Ladina es de quien la consiga llevar al redil sin que se escape. Y aquello, claro, provocó risas… y también apuestas. Primero lo intentó Gabino: la Ladina le dio dos vueltas y casi lo tira al suelo. Luego Serapio: la vaca se le escapó entre las piernas y bajó unos cien metros como si le hubieran puesto ruedas. Después lo intentaron otros dos mozos, con idéntico fracaso. Al final, Fidencio, sin decir palabra, abrió su zurrón, sacó una mazorca de maíz, la agitó en el aire y, como si fuera magia, la Ladina fue detrás de él mansamente, paso a paso, hasta el redil. —¿Veis? La Ladina siempre fue amiga del maíz. No es de nadie. Es del que la entiende. Desde entonces, cada vez que dos vaqueros discuten por una vaca, alguien dice: —A ver si va a ser como la Ladina… Y todos sueltan la risa, aunque ninguno se atreve a repetir la apuesta.
En los tiempos en que cada pueblo de La Pernía vivía estrechamente ligado a la tierra, los molinos eran centros indispensables para la vida. No solo servían para convertir el grano en harina, sino que eran punto de encuentro, lugar de charla y de intercambio de noticias entre vecinos. El molino de Sopeña, situado cerca de Los Llazos, aprovechaba la fuerza del agua limpia que descendía de las montañas, y durante generaciones acompañó el trabajo y el esfuerzo de los campesinos de la zona. Su rumor constante formaba parte del paisaje, como el canto de los pájaros o el sonido del viento entre los robles.
Recuerdo con cariño los días en que íbamos allí. De niño, aquel molino me parecía un lugar mágico: el agua moviendo las piedras, el olor a harina, el sonido monótono del eje al girar. Todo tenía algo de misterio. Pero para llegar a ese momento había que recorrer un largo camino de trabajo que empezaba muchos meses antes.
Todo comenzaba con la siembra del trigo. Cuando el campo se abría a la primavera, las manos hundían los granos en la tierra húmeda, confiando en que el sol y la lluvia hicieran su parte. Después, con la llegada del verano, tocaba la siega. Con el dalle en la mano, bajo el sol fuerte, cortábamos las espigas doradas y las íbamos apiñando en gavillas. Luego las subíamos con cuidado al carro tirado por dos vacas tudancas, siempre pacientes, que conocían cada curva del camino hacia la era.
En la era comenzaba otra faena: las vacas, uncidas en la yugueta, daban vueltas sobre la mies esparcida, arrastrando el trillo con sus dientes de piedra que iban separando el grano de la paja. Era un trabajo lento, pero lleno de vida. Cuando todo estaba listo, esperábamos que soplara el viento para aventar. Con el gario lanzábamos la mezcla al aire: el viento se llevaba la paja y el grano limpio caía al suelo. Luego lo cribábamos, lo metíamos en sacos y lo guardábamos en el arca de madera, cerrada a prueba de ratones, esos enemigos tan pequeños como persistentes.
El día que llevábamos el grano al molino de Sopeña era especial. El camino transcurría entre prados, chopos y el murmullo del agua. Al llegar, el molinero nos recibía con su delantal blanco, y el ruido del molino llenaba el aire. Ver caer la harina fina, blanca y tibia, era como asistir a un pequeño milagro: el fruto de la tierra, del sol y del trabajo se transformaba ante nuestros ojos en el alimento que nos acompañaría todo el año.
De regreso a casa, los sacos parecían más ligeros. Tal vez porque sabíamos que pronto, en la hornera, la harina se convertiría en pan casero, con su corteza dorada y su olor inconfundible. Aquel pan, amasado con nuestras manos, tenía el sabor del esfuerzo y la alegría sencilla de vivir en contacto con la tierra.
Hoy, cuando paso cerca de Sopeña y escucho el correr del agua, me parece oír todavía el sonido del molino, el roce de las piedras y la voz del molinero. Cada ruido, cada olor, cada imagen me devuelven a aquellos días en que el tiempo se medía por las estaciones y el pan sabía a hogar.
Cuando llega el 3 de febrero, San Blas, siempre miro al cielo y a los campanarios. Aquí, en la Montaña Palentina, nunca hemos necesitado calendario: nos bastaba con repetir el refrán de los mayores: “Por San Blas la cigüeña verás, y si no la vieras, año de nieves.” Y casi siempre, cuando levanto la vista, allí están ellas, recortadas contra el cielo frío de febrero.
Tengo muchas fotografías de cigüeñas en primavera y verano, con los prados verdes y el aire suave, pero son las de invierno las que más me conmueven. Porque es entonces cuando de verdad se ve de qué están hechas. Las he fotografiado incubando sus huevos mientras la nieve les cubre las alas, inmóviles sobre el nido, aguantando ventiscas que cortan la piel y silencios que parecen eternos. La nieve se acumula sobre sus plumas y aun así no se levantan. Debajo de su pecho late una vida pequeña, y eso es más fuerte que el frío. También las he visto bajar al suelo blanco, caminar despacio sobre la nieve, buscando pequeños espacios donde la tierra aún respira. Allí, entre un claro y otro, buscan lombrices, insectos, cualquier cosa que les permita seguir adelante. Cada paso es un esfuerzo, pero nunca las he visto rendirse.
Con el tiempo he aprendido que la cigüeña es más fuerte de lo que parece. Puede soportar fríos de veinte grados bajo cero gracias a su plumaje espeso y a su cuerpo grande, que guarda el calor como una lumbre escondida. Y esos nidos que yo fotografío, esos montones de ramas sobre iglesias y chimeneas, no son cualquier cosa: algunos pesan más de una tonelada y llevan décadas, incluso siglos, creciendo año tras año. Sé que ponen de tres a cinco huevos, y que el macho y la hembra se turnan para incubarlos, aunque nieve, aunque hiele, aunque el viento azote el campanario. Cuando oigo su crotoreo en invierno, ese golpeteo seco del pico, me parece aún más hermoso porque suena en un pueblo casi en silencio, cubierto de blanco.
Antes las cigüeñas se iban a África, pero ahora muchas se quedan aquí, en nuestros pueblos de piedra, porque han aprendido que pueden sobrevivir. Buscan el calor de los tejados, la protección de las torres, y la cercanía del ser humano, como si supieran que aquí también hay refugio. Por eso, para mí, ver una cigüeña en San Blas es mucho más que una tradición. Es una señal de que la vida resiste, de que, aunque el invierno apriete, algo sigue incubándose en silencio. Y cuando algún año no las veo, entiendo mejor que nunca aquel refrán antiguo: si no aparece la cigüeña, es que la nieve todavía no ha dicho su última palabra.
Yo sigo mirándolas, cámara en mano y corazón despierto, porque en cada una de ellas reconozco un poco de esta tierra nuestra: firme, callada y capaz de aguantar cualquier invierno.
Bajé de la Montaña Palentina con el paso aún acostumbrado a las cuestas, a los senderos de piedra y a los silencios del bosque. Yo, que vengo de ver nacer al Pisuerga entre robles y nieblas, quise seguir su curso hasta encontrarme con una de esas obras humanas que también son paisaje: la esclusa cuádruple del Canal de Castilla.
Al llegar, me sorprendió el orden. Todo era geometría y calma. Cuatro cámaras de agua alineadas como escalones gigantes, esperando pacientemente a que el tiempo hiciera su trabajo. Frente a ellas me sentí pequeño, como cuando uno se planta ante un roble centenario en La Pernía. No era naturaleza salvaje, pero había en aquellas piedras una grandeza parecida: la de la inteligencia humana dialogando con el río.
Me acerqué despacio, tocando los muros fríos de la esclusa, imaginando a los barqueros de antaño, a las mulas tirando de las barcazas, al grano viajando rumbo a los puertos, a Castilla soñando con mares que nunca tuvo. Yo, montañés, hijo de fuentes claras y caminos empinados, estaba ahora frente a un río domesticado, convertido en camino líquido, en arteria de historia.
Y entonces comprendí algo sencillo: que también la montaña desemboca aquí. Que mis pasos, mis pueblos de piedra, mis inviernos de nieve y silencio, forman parte del mismo relato que estas aguas lentas. La esclusa cuádruple no era solo una obra de ingeniería; era un puente invisible entre la Montaña Palentina y la llanura, entre lo que nace y lo que viaja, entre el origen y el destino.
Volví a casa con la sensación de haber seguido, por un momento, el verdadero curso del tiempo.
Recuerdo bien aquellos años en la Montaña Palentina, cuando las casas aún no tenían baño y el orinal era parte del mobiliario indispensable de cada habitación. El mío era de loza blanca, con un borde algo desportillado, y se colocaba siempre debajo de la cama, como un guardián silencioso de las noches frías.
En invierno, levantarse a orinar era una auténtica prueba de valor. Bastaba sacar un pie del calor de las mantas para sentir el aire helado que se colaba por las rendijas de las ventanas. El suelo, de piedra o madera, estaba tan frío que parecía que uno caminaba sobre un río helado. En esos segundos, antes de regresar al abrigo, el cuerpo temblaba entero, como si uno se hubiera metido dentro de un refrigerador.
El orinal tenía más usos de los que uno podría imaginar. En las noches de lluvia, cuando las goteras se empeñaban en hacer su concierto de “plin, plin, plin”, era común ver uno o dos colocados estratégicamente para recoger el agua que caía del techo. Aquel sonido monótono, persistente, también fue parte de nuestra historia.-
Imagen: Perteneció nada más y nada menos que a la cantante y panderetera Lorenza, de Tremaya