Mi padre, Simón
Mi padre, Simón, tenía una forma muy suya de mirar el mundo. Cuando los gitanos llegaban al pueblo de Tremaya, no veía primero la desconfianza ni el temor que recorría las casas; veía a los niños. Veía sus caras cansadas, el polvo en los zapatos, el hambre callada que se les notaba en los ojos. Y eso le bastaba.
Siempre les daba hospedaje. Abría la puerta de casa como quien cumple con algo natural, casi obligatorio para el corazón. Ellos prometían, a veces, que traerían una canasta de mimbre en agradecimiento, una promesa que casi nunca se cumplía. Pero eso nunca le importó a mi padre. Lo esencial no estaba en lo que pudieran dar, sino en ofrecerles un techo, un rincón donde guarecerse del frío y un suelo donde dormir sin miedo.
Mi madre, en cambio, les tenía miedo. Un miedo profundo, aprendido o heredado, no lo sé. Y creo que ese temor pasó también a mí. Yo no tendría más de siete años cuando algunas de mis pesadillas más angustiosas se repetían una y otra vez: los gitanos me perseguían y, por más que corría, mis piernas no avanzaban, el suelo parecía sujetarme, y el miedo me despertaba con el corazón desbocado.
Con los años entendí que aquellos sueños no hablaban de ellos, sino de mis propios temores infantiles, del contraste entre la compasión de mi padre y el miedo de mi madre, que convivían bajo el mismo techo.
Hoy, con mi padre ya fallecido, estoy seguro de algo: si aquellos gitanos regresaran a Tremaya, la puerta de casa volvería a abrirse. Él los hospedaría con el mismo cariño sencillo, con la misma humanidad silenciosa con la que lo hizo siempre. Porque para Simón, mi padre, dar cobijo nunca fue un acto extraordinario, sino una manera de estar en el mundo.
EL VÍDEO
Un rincón en la montaña

















































