100 DOSIS DE AMOR [30] [SAWABONA]
Una buena amiga me hace partícipe de su historia de amor, debatiéndose en un mar de dudas, luchando contra uno de esos amores imposibles que te atrapan a veces. A ella le atrapó por sorpresa, me dice, y se dejó llevar, pero nunca apostó por ese amor. Lo tuvo, sintió esas mariposas de las que hablan, lo vivió deprisa y a escondidas del mundo y entró en una fase de renuncia y de olvido, aunque el muchacho decía quererla más que a su propia vida. Fue invitada de un juego al que jugó y justo cuando ya comenzaba a cogerle gusto vinieron a despertarle familiares y amigos, con la retórica de costumbre. No es para ti, no te conviene, no se te ocurra... y se propuso colocar una barrera en medio. Yo le aseguro que, cuando el amor es fuerte, cuando te atrapa de verdad, no hay barreras que le impidan seguir. Si tú has podido poner una barrera es que no estamos hablando del mismo Amor.

Otra vez primavera


La primavera en la Montaña Palentina no llega de golpe… se insinúa. La he visto despertar despacio, como si la tierra respirara después de un largo sueño blanco. Aún quedan neveros agarrados a las umbrías, resistiéndose a marchar, pero el sol ya no es el mismo. Calienta distinto. Tiene algo de promesa. Camino entre robles y hayas todavía desnudos, y el suelo cruje bajo mis botas, empapado por el deshielo. El agua corre por todas partes: en los regatos, en los bordes de los senderos, en el murmullo constante del río Pisuerga, que baja alegre, como si celebrara su libertad tras el invierno.

Primavera en la Montaña Palentina

Y entonces, casi sin avisar, aparecen ellos… los lironcitos. Pequeños, humildes, pero valientes. La primera flor amarilla que se atreve a romper la tierra fría. Siempre me detengo al verlos. Es como si la montaña me guiñara un ojo, como diciéndome: “ya estamos de vuelta”. 

Primavera en la Montaña Palentina

Los miro de cerca, agachado, con el silencio alrededor. Sus pétalos abiertos al sol, tan frágiles y tan firmes a la vez. Han nacido donde hace apenas unos días todo era nieve. Y ahí están, anunciando la vida. En ese momento siento algo difícil de explicar. No es solo belleza… es memoria. Es infancia. Es haber corrido por estos mismos prados, con las manos frías y la nariz roja, buscando esas primeras manchas de color entre el blanco que se retiraba. El aire huele distinto. A tierra mojada, a hierba que empieza a despertar, a leña vieja que aún guarda el eco del invierno. Y en lo alto, alguna nube pasa despacio, como si tampoco quisiera romper la calma. Me siento en una piedra, dejo que el sol me toque la cara, y escucho. Porque la primavera aquí no se mira solo… se escucha. Es el agua, es el viento suave, es algún pájaro que se atreve a cantar antes que los demás. Y entre todo eso, los lironcitos siguen ahí, pequeños faros amarillos, recordándome que la vida siempre vuelve. Que por muy largo que sea el invierno, siempre hay un instante en que la montaña decide empezar de nuevo.

Y yo, cada año, tengo la suerte de ser testigo.

EL VÍDEO
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Un rincón en la montaña

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