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La vieya' el monte | Curiosón

La vieya' el monte

Tiempo atrás (pongamos al menos sesenta años) la vida de las gentes que vivían en Barrillos y sus alrededores era una vida muy dura y de muchas estrechuras. Las familias eran numerosas. Los hombres iban a trabajar al campo de sol a sol: había que labrar la tierra, abonar los campos, sembrar, segar y encerrar la hierba, recoger la mies, podar la hoja, cortar la leña, hacer pared, reparar herramientas, aperos y sebes…Cada día tenía su afán. Otros cruzaban la Majada Vieja para dejar hasta la última gota de sudor bajo la tierra: eran mineros picadores, entibadores, artilleros, vagoneros, camineros… que en jornadas agotadoras se jugaban a cada momento la salud e incluso la vida. La faena de las mujeres ya se sabe, “sus labores”: las infinitas quehaceres de la casa, la crianza de los much@s hij@s, el cuidado de los animales, disponer la ropa, ocupaciones “menores” del campo y para ir conciliando el sueño, remendar alguna prenda, hilar o tricotar, sin olvidar el arte del bordado. Y antes de ir a la cama preparar la mochila del marido, el hombre de la casa que nadie ponía en duda que era el sostén de la familia. Para sus meriendas se guardaba la mayor parte de la matanza, el escaso queso que se podía extraer de la muy escasa leche del ganado y los contados huevos que ponían las gallinas…¿Recuerdan aquello de “cuando seas padre comerás huevos”? Con que l@s niñ@s no pasaran hambre, ya era como para andar satisfechos, y la madre… nunca se cayó en la cuenta de que tuviera necesidades o semejanzas. Siempre sumisa y sacrificada.

Vistas y vividas así las cosas la mitología de los sueños en nuestras tierras no iba coronada ni llevaba barba venerable: vestía pañuelo y delantal y calzaba madreñas. Antes de que llegaran a estos rincones los Reyes Magos o Papá Noel en nuestras montañas inaccesibles a camellos e incomunicadas con Laponia se buscó otra magia no tan brillante y exótica (como corresponde a nuestro carácter sobrio y austero), pero más familiar y cercana: LA VIEYA.

Cuentan los libros antiguos de leyendas que en la cueva de la Sierra vivía escondida una Viejecita misteriosa y mágica. Muchos fueron los que franquearon la estrecha entrada de la cueva de la Cantera con la ilusión de sorprender a la anciana e incluso alguno más atrevido y farolero pretendía hablar con ella. Pero nadie nunca la vio. Sin embargo nuestras gentes muy creyentes y a veces crédulas en demasía seguían diciendo que “haberla, hayla”. Se dice, se cuenta, se narra que en aquellas cavidades la “Güela” tenía un horno que caldeaba con la correosa madera de las encinas superiores. Unos duendes ( hay quien dice que eran “trasgos” ) cada noche se encargaban de recoger la leña y llevársela: cuando llegaban las grandes nevadas, por las mañanas antes de salir el sol, se podía ver los rastros dejados por estos gnomos montañeses. También ellos subían el agua de la Encuajada con unas calabazas peregrinas y a lomos de una burra misteriosa transportaban la harina desde Los Molinos. Justo a la media noche la mágica panadera horneaba sus hogazas de pan amasado con el urmiento que había reservado la noche anterior. Cuando había cielo raso y luna llena, especialmente en invierno, se podía percibir unos hilillos de humo que ascendían desde la Cantera.


Con los primeros cantos del gallo los enanitos comenzaban el reparto. Cada uno tenía asignado un cupo de familias de las que conocía todos sus entresijos y penurias y por supuesto el lugar donde l@s niñ@s cada noche dejaban el fardel o la zurrona de la merienda de su padre. Sabían los geniecillos y sabía la Vieya que tod@s ell@s se dormirían con la ilusión de que al día siguiente habría una hogaza en casa para hacer las sopas de ajo y preparar a la tarde una rebanada untada con tocino sobrante de la ración de mediodía. E incluso, si había suerte, al final de la jornada podrían encontrar en el fondo del fardel o la zurrona de su padre un rebojo con sabor a chorizo, tortilla o queso.

Así fue en su día; pero los tiempos avanzan que es una barbaridad. La Güela debido a la despoblación se vio afectada por un ERE y a regañadientes recicló su negocio de sueños: seguiría haciendo pan para niñ@s necesitad@s de otros lugares y sólo por Noche Buena atendería a los deseos de l@s infantxs montañesxs. Fue en el primer Magosto de este Milenio cuando la mágica yaya se lo contó a sus enanitos: congregados todos en torno a la hoguera donde asaban las dulces castañas del Bierzo les comunicó sus intenciones para poder sobrevivir en la Historia.

-Afortunadamente -les dijo- a l@s niñ@s de esta Comarca ya no les falta un rebojo de pan y pueden tener otros sueños y deseos. Pero much@s son aún los pequeñ@s de otros pueblos lejanos que suspiran por un trozo de pan para engañar a su estómago. Seguiremos haciendo pan para est@s niñ@s pobres y para l@s nuestr@s afortunad@s repartiremos juguetes. Tod@s merecen ser felices y sonreír. Así que a partir de ahora, queridos pitufos, los de uniforme azul seguiréis con el negociado del pan, y los rojos os reciclaréis como agentes jugueteros. Tened en cuenta vosotros (señaló a los bermellones) que yo soy muy mía y hay cosas que no trago aunque en mi larga vida haya comido de todo: sólo trabajaréis los juguetes ecológicos, didácticos, no sexistas, no violentos, comunitarios y participativos. Me desquician los mecanos, me producen alergia las pantallas y me inquietan los mandos a distancia. Donde esté el cara a cara sobran los Whatsapps.

Desde entonces los duendecillos azules recorren los barrios marginados, los campamentos de refugiados, los lugares en guerra cargados con grandes cestas llenas de panecillos. Faena no les falta y la Vieya’l monte ya está pensando en ampliar plantilla. No puede aguantar esas miradas tristes y perdidas de tant@s niñ@s castigad@s por la maldad de los hombres. Y los geniecillos rojos vuelan de aquí para allá, desde Valencia a China, visitando fábricas de juguetes para recoger catálogos.
 La Güela no está muy contenta que digamos porque en las páginas rosa sólo aparecen muñecas y complementos de hogar y en las azules coches, armas y monstruos agresivos. Y sospecha la buena viejecita que los rosas son para niñas y los azules para niños. Y eso no va con ella, que lleva mucho vivido. Así que ha ordenado a un geniecillo medio loco que entiende de informática que programe un ciberataque que borre los malditos colores de género en los muestrarios de cuantas fábricas jugueteras en el mundo son. Y colorín colorado este cuento de los sexos se ha acabado.

Cuando veáis aparecer el arco iris en esos días de primavera en que llueve y hace sol, recordad que es el “arcu la vieya” o “cinta la vieya” que ha salido de la cueva para saludar al buen tiempo. Dicen que se pasea por La Llana acompañada de un lobo que amansara S. Francisco de Asís y que traicionado por las gentes de Gubbio se refugió en nuestras montañas. La Güela le ha comprado un trineo con el que trasporta los juguetes y reparte los cuévanos del pan siguiendo la Vía Láctea. Es allá por San Lorenzo, en esas noches de lluvia de estrellas cuando se puede sorprender entre la Osa Mayor y la Menor al viejo lobo que va tirando de su trineo. Subid a los canteros por encima de la ermita sobre la media noche y abrid mucho los ojos, que todo puede ocurrir. Ah, no os dejéis en casa la imaginación.



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Nota aclaratoria: 
En la cueva de la Güela sigue sin haber cobertura telefónica o parabólica, ni tampoco HI-FI. Así que tan sólo pueden llegar los mensajes y correos escritos a mano. Hacedlo con buena letra de tamaño grande: tiene la vista cansada. Ojalá no se le canse la imaginación ni el ritmo generoso de su corazón ni menos aún la pasión por l@s niñ@s.




EL CAMINO OLVIDADO
Una serie para Curiosón de Jacinto Prada

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