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Pelayo

La Providencia les deparó un nombre godo nombrado Pelayo, hijo de Favila, antiguo duque de Cantabria, y de la sangre real de Rodrigo. Había sido Pelayo conde de los espatarios o sea, de la guardia del último monarca; había peleado heróicamente en la batalla de Guadalete, y la fama de sus proezas, y la gallardía de su persona, y la nobleza de su alcurnia, todo contribuyó a que los asturianos se agruparan en derredor suyo y le aclamaran por jefe y capitán de aquella improvisada milicia religiosa, de aquella grey de fevorosos cristianos, más provistos de entusiasmo y de fe que de armas y materiales para la defensa. Pelayo aceptó, a fue de hombre religioso y de varón esforzado y amante de su patria, el difícil y honroso cargo que le confiaban y dio comienzo a su obra, derramándose aquellas gentes por las comarcas vecinas de Cangas de Onís.


Llegó la noticia del levantamiento de los astures a oídos del walí El Horr, cuando este se disponía a penetrar con sus huestes en la Galia gótica, y no dando gran importancia al levantamiento de Asturias, encargó a su lugarteniente Alkamah la empresa de sujetar a los asturianos.

A la aproximación de la hueste sarracena, no creyendo Pelayo conveniente esperarla en Cangas, se retiró con todo el pueblo hacia el monte Auseba. Las mujeres, viejos y niños, buscaron lo más fragoso de las breñas para cobijarse, mientras los hombres de armas se situaban en las alturas u colinas desde donde mejor pudieran ofender a los enemigos que se atrevieran a penetrar por aquellos desfiladeros.

Enterado Alkamah de la retirada de Pelayo, orgulloso y confiado, hizo avanzar su ejército encajonado por aquella cañada, no pudiendo presentar un frente igual al que oponían los refugiados en la cueva, quedando sus inmensos flancos expuestos a los ataques de los que en las colinas laterales se hallaban emboscados.
Entonces comenzó aquel ataque famoso, cuya celebridad durará tanto como dure la memoria de los hombres.

Cuando Alkamah vio sucumbir a su compañero Suleiman, intentó ganar la falda del monte Auseba y ordenó la retirada. Se levantó en ésto una gran tempestad que vino a aumentar el espanto en los que iban ya de vencida. El estampido de los truenos, cuyo eco retumbaba con fragor por montes y riscos, la lluvia que se desgajaba a torrentes, las peñas y troncos que de todos lados caian sobre los árabes, todo contribuyó a hacer creer que hasta los montes se desplomaban sobre los soldados de Mahoma.
Horrible fue la mortandad: hay quien afirma que no quedó un sólo musulmán que pudiera contar el desastre. De todos modos, el triunfo cristiano fue glorioso y completo. Por mucho tiempo, cuando las crecientes del río descarnaban las faldas de las colinas, se descubrían los huesos y armaduras de los soldados sarracenos. En medio de la vega de Cangas una capilla muestra el sitio en que se atrevió ya Pelayo a atacar en campo raso a sus diezmados enemigos. Aconteció este suceso en el año 99 de la hégira, 718 de Jesucristo (1).

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(1) Para la relación que acabamos de hacer del levantamiento de Asturias, de la proclamación de Pelayo y de la batalla de Covadonga, hemos recogido cuanto hemos hallado en los escritores árabes y cristianos, desnudo de las exageraciones y fábulas, de las invenciones maravillosas y de las extravagantes aserciones con que algunos parecen haberse propuesto embrollas este brillante periodo de nuestra historia...







La Historia General de España de Modesto Lafuente, es considerada el paradigma de la
historiografía nacional del pensamiento liberal del siglo XIX. 

Impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre 1888 y 1890.

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