100 DOSIS DE AMOR [62] [SAWABONA]

No sé si ustedes me leen, si alguno se ha detenido en este mínimo diario, en estas reflexiones que sobre el Amor me vengo haciendo, que no busco el beneplácito ni la crítica y que lo expongo con toda naturalidad, como experiencias vividas o leídas, digo que, si por cualquier motivo ustedes lo siguen, asentirán conmigo que el amor que nos vende la televisión y las revistas es distinto. Luego, hay quien se casa por amor y a los dos años vuela... que son situaciones que necesitan a veces de comprensión porque la convivencia trastoca muchas cosas... Y si hay algo que no entiendo, es que alguien que ha amado de verdad, hable mal de la persona que se ha ido, que ya no está a su lado. Eso no lo entiendo. Se acabó, de acuerdo, pero formó parte de tu vida y no puedes ir dejando regueros de pólvora. Ese no es el Amor al que yo escribo.

El precio de la ilusión


Pagamos por ilusionarnos. Podrá decirse que pagamos mucho, por ejemplo estos días en lotería. Seguramente es excesivo en el caso de algunos. Pero resulta que algunos necesitan ilusionarse más que otros.


La ilusión, es decir lo que pertenece a la esfera de lo imaginario, bebe de promesas, de construcciones fantásticas, de sueños. Pero la vida, Calderón de la Barca lo dejó por escrito, es un sueño, (le hizo decir a Segismundo en el monólogo aquello de qué es la vida, un frenesí, qué es la vida, una ilusión). Los publicistas lo saben muy bien, y quienes viven con niños pequeños también conocen lo importante de tocar en el registro de la ilusión cuando se acerca la Navidad. No entiendo pues esas proclamas incendiarias contra quienes precisan de la ilusión: prueben a robar la ilusión a la gente, prueben a decir que todo es mentira, prueben a explicar que no espere nadie nada, y veremos aparecer lo sombrío de la masa humana apegada a la literalidad. Sin jugar con el lenguaje, sencillamente no hay lenguaje. Ni revoluciones. Ni héroes dispuestos a perder. No discuto que la fantasía no deja de ser un engaño complaciente, o si se quiere una manera de perpetuar un estado infantil de la humanidad, y que el juego, tutelado y animado además por el Estado, no deja de ser el impuesto cruel de los pobres, pero aún mucho peor es sustraer a la gente su derecho a soñar. El irrenunciable derecho a soñar con futuribles, a fabricar cuentos de la lechera, a imaginarse nuevas vidas, a ilusionarse con todo lo bueno de lo humano, (y a escotomizar la maldad cotidiana) es un derecho que sostiene nuestras vidas. Sospecho que quienes están contra la ilusión son los mismos que están contra la poesía, y eso da miedo. A pocos días de finalizar un año, (en realidad otra ilusión que tenemos, la de que pasa el tiempo a sabiendas de que somos nosotros quienes pasamos, razón por la cual es muy saludable perder el tiempo), tiene su lógica ilusionarse con lo que nos deparará 2015, y pagar el precio de abandonar la razón. Ojo con los dogmáticos de la razón, que desconocen el peso de lo imaginario en sus propias vidas. Goya pintó el sueño de la razón produce monstruos. Y lo razonable es soñar.

Habría en tal caso que discutir el modo de hacer más razonable el precio que pagamos por ilusionarnos.  
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