100 DOSIS DE AMOR [25] [Sawabona]
Qué importante es la música. ¡Cómo mueve el corazón y los sentidos! Qué importante es amar. Amar sin medida, amar sin reserva, agotando cualquier plazo. No cansarse nunca de amar; sin preguntas, sin dudas, porque amando no se hace mal a nadie; al contrario. Y, amor mío, amar como yo te amo sobrepasa todo límite. A veces quisiera volar, quisiera huir, quisiera morir... Salir, oler, mirar... imaginarte en el hogar, sobre la cama, en cualquier espacio de tu casa, haciendo cosas, leyendo, esperando.... Eso me desespera, me empequeñece, me deja exhausto. Así me voy deteniendo en esos puentes, en esos valles... Y mi mirada sube, busca la tuya en cualquier parte...

Prisioneros de sí mismos


El poder de atracción que para tanta y tanta gente tiene su fortaleza particular, su castillo, el refugio del cual se alejan de la mirada del Otro, de las conversaciones y los debates, de los follones cotidianos, es un poder de cristal, pues se basa en la idea de que mejor el aislamiento que el lazo social, o que ‘donde mejor se está es en casa’.


Pero el precio que se paga es muy alto, es a costa de ser prisioneros de sí mismos. Tomarse preso, auto apresarse, puede tener la forma invisible del pensamiento circular, ese pensar que agota, que no conduce a nada (‘darle muchas vueltas’ es la feliz expresión popular, muy gráfica en ese dar y dar vueltas sin encontrar la salida del laberinto) y que asedia al sujeto paralizándolo y secuestrándolo en su propia mazmorra, hablando muy poco o nada con los otros, salvo las horas de patio, y evitando el contacto. Como Bartleby, el escribiente, la obra de Melville, “preferirían no hacerlo”. En ese relato, para prescindir de Bartleby, su jefe cambia a toda la oficina de lugar, pero el escribiente sigue acudiendo al mismo sitio cada mañana. Bartleby, no hay que olvidarlo porque en el epílogo lo evoca el narrador, había trabajado en un departamento de cartas no reclamadas, (Cartas muertas, Washington) digo esto porque mucha gente, prisionera de sí misma, fabula en su infinito ‘darle vueltas’ la contestación a cartas que nunca se escriben, pero que imagina que los demás le envían. Esta figura de quien se apresa y se excluye toma la forma histérica de la queja dolorosa de no estar a gusto en ningún sitio, de no encontrar un lugar en el mundo. Y esa exclusión también toma la deriva obsesiva del atrincheramiento, de la vida de exilio interior, del gusto por el confinamiento. El llamado ‘síndrome de la Moncloa’ que ha venido aquejando uno a uno a todos los inquilinos del palacio de marras, desde que lo habitara Adolfo Suarez, nos sirve de plataforma ejemplar. Excusando motivos de seguridad, lo que es seguro es que desconocen ser prisioneros de sí mismos, pegados a las encuestas, desconfiados de todos, purgando la pena de gozar del poder, para finalizar sus días confundidos entre lo que son y el guiñol que los representa. Hay muchos vecinos que copian ese particular síndrome. Mujeres que siempre ven la intriga en las otras mujeres, hombres que sólo ven maledicencia en los otros hombres. Y es que, hoy, los primeros prisioneros ya son los niños. Y es que ya no juegan en las calles.

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