100 DOSIS DE AMOR [91] Froilán De Lózar [Para Sawabona, el amor de su vida]

Por más amigos y familia que uno tenga, está solo en muchas ocasiones. Sólo y sin saber a dónde dirigir sus pasos. Sólo frente a un mundo agitado, donde crecen cada día los sinsabores, donde te exigen celeridad para acabar lo que estás haciendo y meterte con la misma prisa en otra cosa. Hacer muchas cosas, no importa el resultado. A veces, un beso, una caricia, valen tanto como el resto del tiempo. Es un minuto, es un instante, pero es todo lo que necesitas para enfrentarte a la jornada o a la vida. Y no hay prisa por darlo. Y no hay prisa por desligar las bocas que lo anhelan y se recrean en el acto. Y no hay soledad en el Amor que no te lleve a un sueño. Y no hay sueño en soledad que no te muestre un camino cuando alguien te lo demuestra cada día, a veces con un ligero guiño, a veces con los gestos. Entonces, aquella sensación de soledad desaparece y nace un tierno canto.









La vida con los idiotas


Son plaga. Hay que ver La cena de los idiotas. No se puede dejar de ver esta película francesa, de Francis Veber, define muy bien el perfil del idiota, diferenciándolo de otros esfuerzos clasificadores, mostrando lo verosímil de la existencia de los idiotas, su siempre oportuna inoportunidad.


“Se aplica con enfado a la persona que molesta con lo que dice o hace, por su inoportunidad o indiscreción”, el María Moliner, diccionario donde los haya, nos da la acepción que aquí nos interesa más que la que señala el Diccionario de la Real Academia, la de “persona engreída sin fundamento para ello”. Puestos así, delimitado el concepto, convendrá el lector de esta columna que al idiota se le sufre, que es una figura insufrible. Pero el idiota, y esa es una de sus principales características, no se inmuta. No he conocido a nadie que se reconociera en ese diagnóstico, que expresara abiertamente que lo que a él le sucede es que es eso, es idiota. De suerte que el idiota no sabe que lo es, si bien algo sospecha al constatar que despierta constante y reiteradamente la ira de los que le rodean. No obstante, como buen idiota, al sentirse evitado o contrariado, lo achaca a que los demás no están a su altura, no le entienden, no le corresponden, son malas gentes. Los idiotas pululan por todas partes. Arruinan una conferencia con sus preguntas del coloquio final, o pueden, en una librería desvelar a viva voz el desenlace de un libro. Te los puedes encontrar aportando soluciones a problemas inexistentes, hablando cuando conviene guardar silencio, arreglando con destreza lo que merece seguir roto, haciendo esperar a una cola interminable, desvelando un secreto que causa un cataclismo, o mismamente terciando entre dos para estropearlo aún más. La sutilidad, la finezza, el tacto, son términos que no entran en su diccionario particular. Alguna vez algún niño medianamente inteligente, -por no hablar de los muy inteligentes que directamente se desesperan- me ha contado lo que cuesta desembarazarse de un idiota que impide los juegos, las reuniones, las clases. Y de que hay muchos, y de que no pueden con ellos. En una palabra, la verificación desde la infancia de la superioridad de la estirpe de los idiotas frente a la intelligentsia. No se me ocurre mejor definición de idiota que un remedo de unas líneas de Shakespeare en El rey Lear: no son los primeros que con la mejor intención han logrado lo peor.

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